¿Quién inventó la televisión mecánica?
Viajando en el metro; terminando el papeleo de la oficina; atasco en la M-30; última noticia por redactar con un pensamiento rondando la mente: «¿Qué echan esta noche en la televisión?». Una necesidad creada por la sociedad moderna que no perturbaba el pensamiento de nuestros antepasados, cada vez, más lejanos. Una rutina inamovible en nuestro guión diario que tiene un origen más allá de nuestros padres.
Hace 90 años (quizá más) a un físico escocés se le ocurría trastear en el ático de su casa con un aparato que parecía ser capaz de reproducir de forma simbiótica verbo y movimiento. Excesos de cafeína, noches en vela y tardes de sudor resultaron en la televisión mecánica. Un hito histórico que se atrevió a presentar un 26 de enero de 1926 a un elenco honorífico de Royal Institución británica y, como no, un compañero del gremio periodístico.
Accionó la palanca en un movimiento rudimentario y apareció en los colores blanco y rojo la minúscula cabeza de la marioneta Bill. Tal maniobra artística desembocó en caras de asombro por parte del respetable inglés: había inventado la televisión mecánica. Los diarios se hicieron eco al día siguiente de aquel disco giratorio que provocaba un matrimonio nunca visto: imagen y sonido.
Televisión mecánica a televisión comercial
Como buen pionero, no se conformó con dejar el proyecto en pañales: intentó enseñarle a andar. La implementación resulto un hito y, formalizado su invento, estrenada su compañía Baird Television Development Company, se lanzó a transmitir una señal de televisión entre Glasgow y Londres. El proyecto gateaba hasta que, como todo en la vida moderna, aterrizó en Estados Unidos. Allí se realizó la primera transmisión transoceánica entre Londres y Nueva York.
Las imágenes tenían la misma calidad que un producto de supermercado chino, pero para ser un inicio en los años que eran, era más que magnífico. El resto, es historia. Apareció la BBC tres años después y en 1936 ya se hacían con el dominio de la televisión emitiendo de forma regular. Leslie Mitchell, bigote afilado, seriedad al micrófono, y ese acento inconfundible iniciaron una nueva era con el ingenio del estadounidense: «Buenas tardes, damas y caballeros. Es un placer para mí poder presentaros la magia de la televisión».
La magia no ha dejado de fluir, informar, divertir, desvirtuar y, en estos últimos tiempos, rozar la prostitución intelectual. La televisión, el dispositivo más utilizado en todo el mundo, un axioma básico en casi todo hogar, fue concebido, como una buena canción, en la soledad de un ático de Londres. Gracias, John Logie Baird.
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