José Mercé: «La marca España es el flamenco»
Figura esencial del flamenco, Mercé ha llevado el cante jondo a escenarios que antes parecían inalcanzables
José Mercé llega andando al hotel de Pozuelo, puntual, sonriente, con esa expresión serena que parece no abandonarlo nunca. Es la misma sonrisa que tenía la última vez que lo entrevisté, hace ya unos años, cuando nos reímos tanto como hoy. Hablar con él es siempre un regalo: por su cercanía, por su memoria prodigiosa, por su defensa del arte sin etiquetas.
La ciudad de Pozuelo de Alarcón (Madrid) lo acaba de nombrar hijo adoptivo. Un reconocimiento más en una trayectoria repleta de honores, como hijo predilecto de Andalucía, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (Gobierno de España, diciembre de 2024) y múltiples premios de la SGAE, AIE y Ondas.
Figura esencial del flamenco, Mercé ha llevado el cante jondo a escenarios que antes parecían inalcanzables. Fue el primer gitano que actuó en el Teatro Real. Lo hizo con Aire, el disco de flamenco más vendido del mundo. Un dato clave para el artículo: su álbum Del Amanecer… (1998), producido por Vicente Amigo, alcanzó disco de platino en España, y junto a otros éxitos como Aire y Lío, ha sobrepasado el millón de discos vendidos. De hecho, Air” obtuvo doble disco de platino y fue nominado al Latin Grammy.
La conversación se enreda con los recuerdos. Me cuenta cómo llegó a Madrid en 1968, con sólo 13 años. Ya entonces no era un principiante: había grabado su primer disco con doce. Descendiente de una de las sagas flamencas más antiguas —nieto de Paco la Luz, sobrino del legendario Manuel Soto—, José tenía el duende en la sangre. Uno casi puede imaginarlo cantando en el vientre de su madre.
Recuerda con humor cómo su tío negoció con Felipe, el dueño de Torrebermeja: le pidió 500 pesetas, el doble de lo que ganaba cualquier artista bueno. Felipe se las dio. «Y le habría dado más», remata José. Cuenta, entre risas, que su tío bajaba las escaleras dándose cabezazos contra la pared de la emoción.
Después vino la compañía de Antonio Gades. «so me hizo crecer como artista», dice. «Con Gades aprendí la disciplina del escenario». Aquella etapa fue clave: le dio rigor, tablas, y lo convirtió en un cantaor versátil, completo. Luego vinieron las mezclas, los cruces de caminos, la fusión sin complejos. Blues, jazz, flamenco. Le llovieron críticas de los puristas. Como a Morente. A Enrique lo vio llorar.
José Mercé siguió cantando. Y viajando. Me habla de Japón, donde vivió una temporada con su familia. «Disfruté muchísimo», dice. No le ve sucesor claro: no hay voces que desgarren, que hagan temblar el alma. «Será cosa del ozono», añade con esa risa suya tan simpática.
Ahora, entre concierto y concierto, rinde homenaje a su paisano Manuel Alejandro, el hombre que —según él— ha escrito «las mejores letras de amor que han existido». Ambos crecieron en la calle de la Merced, en Jerez. El 27 de junio estará en Son Servera (Mallorca), el 28 en Zamora, el 11 de julio en Ceuta y el 22 de agosto en Bétera (Valencia). Un tour intenso, pero él lo vive como lo que es: una fiesta, un reencuentro con el público, una entrega constante.
Charlamos también de cine, de la antología del cante flamenco que prepara con mimo, de su pasión por el Real Madrid, de la boda de los Reyes a la que asistió, de su gratitud al Rey, y hasta de Lo que el viento se llevó, película fetiche en su casa. «Nos encantan los nombres de las protagonistas», confiesa entre risas. En la entrevista descubrirán por qué.
José Mercé es, por encima de todo, un hombre que ha vivido para el arte. Un símbolo del flamenco, sí, pero también de la superación, del respeto a la tradición y de la valentía para romperla. Y, sobre todo, es una voz. Una voz que no solo canta: emociona, estremece, abre caminos.
A Mercé aún le queda mucho por hacer. Y seguro que llegará —como hoy— andando, sonriendo, y cantando como siempre. Con el alma.
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