El truco de los expertos para cuidar tus joyas en verano: «Que sean lo último que te pones»
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Pasa a veces que empiezas el verano con las joyas perfectas y, a medida que suceden los días de playa y los meses de sol, estas van perdiendo su brillo. Van en detrimento y se deterioran, perdiendo el brillo, el color, la fuerza o la luz y, al final, terminan pareciendo distintas de las que tenías o adquiriste en su momento. Por si todavía hay alguna duda, esto no es algo que debería pasar en materiales de buena calidad, pero que puede ocurrir cuando no cuidas tus joyas de la forma en que deberías. Para evitar que esto suceda y que tus collares, pulseras y pendientes se pierdan por culpa de un mal uso, atiende a las recomendaciones que nos han dado los expertos para saber cómo cuidar cada material después de un verano intenso.
¿Qué es lo que más estropea la joyería en verano?
Sabemos que el verano es una estación del año destinada a evitar preocupaciones, a relajarnos e incluso, en cierta medida, a dejar de lado el cuidado que deberíamos aplicar a elementos del día a día como las joyas. Queda ideal hacer match con el bikini y el collar de la temporada y disfrutar de cada joya en cualquier escenario, pero nunca debe ignorarse que el verano es una de las épocas más exigentes para las joyas. El agua del mar, el cloro, el sudor y las cremas solares pueden hacer que pierdan brillo y acumulen residuos.
Desde el taller de Carrera y Carrera apuntan que, cuando termina el verano, los casos más comunes que se encuentran son joyas dañadas «debido a la sal y la arena que entra en los mecanismos dañándolos, y joyas apagadas, que suelen recuperar toda su belleza con una buena limpieza y mantenimiento». Pilar Lobato, fundadora de Joyas Antiguas Sardinero, recomienda «retirar siempre los collares antes de bañarse y evitar su exposición directa al sol durante largos periodos de tiempo». También apunta que «es importante limpiarlos suavemente después de cada uso con un paño adecuado y guardarlos por separado para evitar roces. Una joya bien cuidada no sólo conserva su belleza, sino también su valor y su historia a lo largo del tiempo».
¿Cómo saber si tu joya se está deteriorando?
«Lo primero que suele notar el cliente es una pérdida de brillo», apuntan desde el taller de Carrera y Carrera. «Muchas veces la joya parece más apagada o menos luminosa de lo habitual». En las superficies de oro pulido, esto se aprecia como una disminución del reflejo de la luz, mientras que en los acabados mates realizados mediante chorro de arena, el uso diario puede suavizar ligeramente la textura con el paso del tiempo, especialmente en aquellas zonas que están más expuestas al roce. En cuanto a las piedras preciosas, «la mayoría de las veces el problema no es la piedra en sí».
¿Cómo afecta a los diferentes materiales?
Los efectos del verano sobre una joya dependen tanto del material con el que está fabricada como del agente al que se exponga. Algunos factores, como el sol, el cloro o la sal, pueden afectar de forma distinta a metales y gemas. En cuanto a los factores que aparecen en el verano, Pilar Lobato señala que «la exposición prolongada al sol puede alterar el color y el brillo de determinadas gemas, especialmente en materiales sensibles como las perlas, los corales, las turquesas o los camafeos». Por su parte, «el cloro de las piscinas y la sal del mar pueden deteriorar los metales preciosos, debilitar engastes y afectar a materiales orgánicos muy utilizados en joyería», añade.
Respecto a los materiales, desde Carrera y Carrera apuntan que el oro y las piedras preciosas son los que más resisten, pero eso no les excluye de necesitar cuidados especiales. Aun así, incluso las piezas más fuertes necesitan cuidados básicos. Pilar Lobato apunta que los materiales más sensibles suelen ser las perlas, los corales, las turquesas, el ámbar, el azabache y otras gemas de origen orgánico o poroso, «ya que pueden perder brillo, resecarse, decolorarse o incluso agrietarse con el paso del tiempo. En el caso de las perlas, por ejemplo, el cloro y los productos químicos pueden dañar el nácar de forma irreversible».
Desde Carrera y Carrera explican cómo, en el caso del oro blanco, «la sal que queda sobre la piel y la joya puede actuar como un abrasivo muy fino y, con el roce diario, favorecer la aparición de pequeños arañazos», explican. También hay materiales más delicados, como la madreperla, «que son especialmente sensibles al agua salada, los productos químicos y la exposición prolongada al sol».
Por su parte, Pilar Lobato añade que «en las perlas, por ejemplo, el nácar puede perder brillo y adquirir un aspecto mate o apagado. Los corales y las turquesas pueden decolorarse, resecarse y volverse más frágiles debido a la exposición continuada al sol, al cloro o a determinados productos químicos».
¿Cómo evitar que se deterioren?
En Carrera y Carrera apuntan que necesitan cuidados básicos: «Limpiar la joya de vez en cuando con un paño suave, guardarla individualmente para evitar roces y aclararla con agua dulce si ha estado expuesta al mar o a la piscina». Con las perlas, el coral, el ámbar o la turquesa, Pilar Lobato destaca que es importante «limpiarlos únicamente con un paño suave, seco o apenas humedecido, sin utilizar limpiadores químicos ni sistemas de ultrasonidos. Estas gemas son especialmente sensibles y requieren un trato cuidadoso para conservar su brillo y color naturales».
Los collares deben guardarse por separado, preferiblemente en estuches o bolsas de tela suave, para evitar rozaduras y arañazos. En el caso de las perlas, además, «conviene que no permanezcan durante largos periodos en ambientes excesivamente secos, ya que necesitan cierta humedad ambiental para mantener la calidad de su nácar».
Para las joyas antiguas, la experta recomienda realizar revisiones periódicas de cierres, engastes e hilos de ensartado. «Muchas veces una pieza parece estar en perfecto estado, pero un pequeño desgaste invisible puede terminar provocando la pérdida de una gema o una rotura inesperada», apunta.
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