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Los coches eléctricos ya se han consolidado como una alternativa real dentro del sector del automóvil, especialmente en entornos urbanos y trayectos de media distancia. Su implantación se apoya en que la energía empleada procede de fuentes renovables. Sin embargo, la infraestructura necesaria para cargar coches eléctricos sigue marcando el ritmo de su adopción.
Y es que el tiempo de recarga continúa siendo una de las variables más determinantes. A diferencia del repostaje tradicional, el proceso eléctrico depende de múltiples factores técnicos que van desde la potencia disponible hasta la gestión térmica. Tanto para fabricantes como para centros de investigación, encontrar una solución a esta cuestión es primordial.
¿Cuál es la nueva vía que propone la NASA para cargar coches eléctricos en menos tiempo?
La NASA ha desarrollado, para aplicaciones espaciales, un sistema capaz de gestionar cantidades de calor muy superiores a las habituales en la Tierra. Este avance se apoya en un principio físico conocido como «ebullición de flujo subenfriado», diseñado para funcionar en condiciones de microgravedad.
Gracias a este enfoque, que se encuentra más detallado en una publicación oficial de la NASA, es posible transportar corrientes eléctricas mucho más elevadas sin que los cables alcancen temperaturas críticas.
Los ensayos han demostrado que se pueden manejar hasta 1.400 amperios de forma estable y, en condiciones controladas, superar los 2.400 amperios. Este salto técnico permitiría reducir de forma drástica el tiempo necesario para cargar coches eléctricos.
La investigación ha sido adaptada al ámbito civil por la Universidad Purdue, que ha desarrollado un prototipo capaz de disipar más de 24 kilovatios de calor. El resultado es un cable más ligero y eficiente, preparado para niveles de potencia inéditos en la infraestructura actual.
El problema actual con los coches eléctricos
La comparación con los motores de combustión resulta inevitable. Durante décadas, el éxito del coche tradicional se ha basado, entre otras razones, en la rapidez del repostaje. Frente a ello, cargar coches eléctricos puede llevar desde unos minutos hasta varias horas, según el sistema utilizado. Esta diferencia ha condicionado la percepción social del vehículo eléctrico.
El principal límite no está solo en la batería, sino en los propios sistemas de carga. A medida que se incrementa la potencia, aumenta también el calor generado en los cables. Este fenómeno obliga a emplear conductores más gruesos y sistemas de refrigeración complejos.
La mayoría de cargadores rápidos operan en torno a los 350 amperios, una cifra que marca un umbral técnico difícil de superar con las soluciones actuales.
¿Qué es la ebullición de flujo subenfriado y por qué importa para este hallazgo?
El concepto puede parecer complejo, pero su funcionamiento es comparable a un proceso cotidiano. Cuando un líquido frío entra en contacto con una superficie muy caliente, comienzan a formarse pequeñas burbujas antes de que el líquido alcance su punto de ebullición. Estas burbujas absorben calor y lo transportan lejos de la superficie.
En un sistema cerrado y en movimiento, como el interior de un cable refrigerado, este fenómeno permite eliminar calor de manera casi instantánea. Aplicado a la carga eléctrica, evita el sobrecalentamiento incluso con corrientes muy elevadas.
Así, cargar coches eléctricos deja de estar limitado por el grosor del cable o la necesidad de complejos sistemas externos de refrigeración.
De las misiones espaciales a cargar coches eléctricos en la Tierra: ¿Será posible?
Por ahora, esta tecnología está pensada para sistemas críticos en futuras misiones a la Luna o Marte, donde el control térmico resulta esencial. No obstante, su posible aplicación en la Tierra plantea un cambio relevante para la movilidad eléctrica.
Antes de que pueda implantarse de forma generalizada, será necesario adaptar otros elementos del sistema, como las baterías que sean ultrarrápidas, las estaciones de carga y los protocolos de seguridad.
Aun así, la posibilidad de cargar coches eléctricos en tiempos similares a los de un repostaje convencional deja de ser una hipótesis lejana. Si ese escenario se materializa, el origen de la solución estará así en una tecnología desarrollada para explorar el espacio.
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