Pánico entre los científicos: hemos entrado en la etapa del síndrome de Kessler y vamos a retroceder 100 años


En los últimos años, la humanidad ha aumentado exponencialmente su actividad en el espacio, especialmente en la órbita baja terrestre. Esta región, que se encuentra a menos de 2.000 kilómetros de altitud, se ha convertido en un verdadero campo de tráfico espacial, con miles de satélites activos, estaciones espaciales y millones de fragmentos de basura orbitando a velocidades asombrosas. Aunque esta revolución tecnológica ha traído consigo grandes beneficios también ha abierto la puerta a una amenaza silenciosa pero muy real: el llamado síndrome de Kessler.
Este fenómeno, propuesto por el astrofísico de la NASA Donald J. Kessler en 1978, plantea un escenario en el que la acumulación de objetos en órbita podría desencadenar una reacción en cadena de colisiones. El resultado sería una nube creciente de escombros que pondría en riesgo no sólo las misiones espaciales, sino también la infraestructura tecnológica que sustenta servicios esenciales en la Tierra. Según varios expertos, ya estaríamos atravesando la primera etapa de este proceso, y si no se toman medidas urgentes, el acceso al espacio podría volverse inviable durante siglos.
Síndrome de Kessler
Los primeros indicios de esta situación se remontan a incidentes como el ocurrido en noviembre de 2024, cuando un fragmento de desecho espacial obligó a la Estación Espacial Internacional (EEI) a realizar una maniobra de emergencia. Aunque el trozo de basura pasó a «sólo» cuatro kilómetros de la órbita de la estación, el riesgo era tal que los astronautas se prepararon para una evacuación. Este tipo de eventos no es aislado: la EEI ha tenido que esquivar restos espaciales en numerosas ocasiones desde el año 2000.
El problema no radica únicamente en el tamaño de los objetos. De hecho, muchos de los fragmentos más peligrosos son demasiado pequeños para ser detectados con los sistemas actuales, pero suficientemente rápidos como para causar daños catastróficos. Incluso una partícula del tamaño de una gota de pintura puede atravesar estructuras metálicas a las velocidades orbitales, que superan los 27.000 kilómetros por hora.
Desde el inicio de la era espacial en 1957, se han producido más de 650 incidentes que generaron fragmentación: colisiones, explosiones y pruebas armamentísticas en el espacio. Uno de los ejemplos más conocidos tuvo lugar en 2009, cuando el satélite militar ruso Kosmos 2251 colisionó con el satélite de comunicaciones Iridium 33, propiedad de una empresa estadounidense. Esta colisión produjo casi 2.000 fragmentos grandes y miles más pequeños, todos con el potencial de generar nuevas colisiones.
Desde entonces, crecimiento del tráfico espacial se ha acelerado de manera impresionante. En los últimos cuatro años, la cantidad de objetos lanzados al espacio se ha duplicado. Con empresas como SpaceX desplegando enormes constelaciones de satélites para ofrecer Internet global, la saturación de la órbita baja es ya una realidad. Actualmente, se estima que hay más de 47.000 objetos rastreables orbitando la Tierra, sin contar los millones de fragmentos menores.
La dificultad para rastrear todos estos elementos ha encendido las alarmas entre los expertos. Muchos operadores de satélites reciben a diario decenas de alertas por posibles colisiones, lo que los obliga a modificar las trayectorias constantemente. Sin embargo, esto no siempre es posible ni efectivo, debido a las limitaciones en la precisión de los datos disponibles.
Medidas urgentes
La amenaza del síndrome de Kessler también implica un riesgo económico mayúsculo. Muchos de los satélites en órbita geoestacionaria, situados a más de 35.000 kilómetros de altura, tienen un valor superior a los 250 millones de dólares. Esta región es especialmente vulnerable, ya que los objetos allí pueden permanecer durante siglos antes de caer a la Tierra, lo que haría casi imposible cualquier intento de limpieza o mitigación.
Frente a este panorama, diversos organismos e instituciones trabajan en soluciones. Una de ellas es el desarrollo de tecnologías para retirar basura del espacio. La Agencia Espacial Europea, por ejemplo, ha probado con éxito un sistema de velas de arrastre que acelera la caída de satélites fuera de servicio, haciendo que se desintegren en la atmósfera. Sin embargo, estas soluciones son caras y todavía están lejos de ser aplicables a gran escala.
Otra vía es la regulación internacional. Aunque existen algunas normativas, como las recomendaciones del Comité de la ONU sobre el Uso Pacífico del Espacio Ultraterrestre, carecen de mecanismos de cumplimiento real. Algunos expertos creen que la solución podría pasar por legislaciones nacionales más estrictas que regulen las actividades espaciales de empresas y gobiernos.
Sin embargo, algunos científicos se muestran escépticos sobre la utilidad del término «síndrome de Kessler», ya que puede dar la impresión de un evento puntual y dramático, cuando en realidad se trata de un proceso gradual. La acumulación de basura espacial no tiene un punto de no retorno claramente definido, pero su progresión es evidente y preocupante.
En definitiva, lo que hoy parece una preocupación lejana podría convertirse en una barrera infranqueable para la exploración espacial y el funcionamiento de muchas tecnologías terrestres. El tiempo para prevenir el colapso orbital se reduce con cada nuevo lanzamiento y con cada nuevo fragmento que queda flotando sin control en la órbita terrestre.
Temas:
- Ciencia
- Científicos