Genética

Introducen un gen ancestral en ratones más antiguo incluso que la propia vida y empiezan a pasar «cosas extrañas» e inexplicables

Un equipo de investigadores ha despertado un gen ancestral que existía incluso antes de que hubiera vida en la Tierra.

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gen ratones
Ratón en laboratorio. (Foto: Getty/Unsplash)
Blanca Espada

Durante años se ha repetido una idea en biología  que tiene que ver con el hecho de que lo que pertenece a las primeras etapas de la vida queda atrás, superado por mecanismos más complejos. Sin embargo, un experimento reciente con ratones está obligando a matizar esa visión, ya que un grupo de científicos ha trabajado con genes extremadamente antiguos, procedentes de organismos que existían mucho antes de que aparecieran los animales, y el resultado no ha sido precisamente el esperado.

La prueba partía de una pregunta bastante directa: ¿siguen siendo útiles esas piezas primitivas del ADN en organismos actuales? No sobre el papel, sino en condiciones reales. Para comprobarlo, los investigadores decidieron introducir estos genes en células de ratón y observar qué ocurría. Lo interesante no es solo que funcionaran, sino cómo lo hicieron y es que lejos de quedar como un elemento residual, el gen fue reconocido por el sistema celular. No hubo rechazo ni bloqueo inmediato sino que se integró en los procesos biológicos hasta el punto de asumir funciones que, en teoría, pertenecen a genes modernos. Ese encaje, que a primera vista puede parecer menor, es precisamente lo que ha llamado la atención dentro de la comunidad científica.

Introducen un gen ancestral en ratones

El trabajo lo han desarrollado equipos de la Universidad Queen Mary de Londres y la Universidad de Hong Kong, centrándose en genes de coanoflagelados. Estos organismos unicelulares son conocidos en biología por su cercanía evolutiva con los animales, lo que los convierte en una especie de «ventana» al pasado.

El paso clave fue sustituir en células de ratón un gen fundamental, el Sox2, por una versión ancestral. Este gen tiene un papel muy concreto: mantener la capacidad de las células madre para transformarse en distintos tipos celulares. Es decir, no estamos hablando de una función secundaria, sino de algo bastante central. Lo que ocurrió después fue, cuanto menos, llamativo. Las células no sólo toleraron el cambio, sino que el gen antiguo empezó a trabajar como si formara parte del sistema desde siempre. Cuando esas células se introdujeron en embriones, acabaron participando en el desarrollo de ratones quiméricos, con rasgos visibles que delataban ese origen híbrido.

No es un gen «muerto» sino que sigue teniendo función

Uno de los puntos que más se están comentando del estudio es precisamente el que estos genes no están «apagados» ni son restos sin utilidad. Siguen siendo funcionales, y no de forma anecdótica, sino cumpliendo tareas relevantes dentro de la célula. En concreto, y en el caso de las proteínas tipo Sox, han demostrado su capacidad para interactuar con el ADN y regular procesos celulares.

Lo que implica para las células madre

Aquí es donde el estudio empieza a tener más recorrido. Las células madre dependen de una serie de mecanismos muy concretos para mantener su capacidad de transformación. Si esos mecanismos tienen raíces tan antiguas, entender cómo funcionaban en su origen puede aportar pistas nuevas. No significa que se haya encontrado una forma de «reiniciar» el cuerpo ni nada parecido. Pero sí que permite explorar cómo se regulan estos procesos desde un punto de vista diferente.

De hecho, algunos investigadores creen que estas versiones ancestrales podrían servir para mejorar técnicas de reprogramación celular. No porque sean más potentes, sino porque funcionan de manera más simple, con menos interferencias acumuladas por la evolución.

Un resultado interesante, pero con límites

También conviene poner freno a ciertas interpretaciones. El experimento funciona en condiciones muy controladas, con sistemas diseñados específicamente para probar estas hipótesis. No es algo que se pueda trasladar sin más a un organismo completo en condiciones normales. Además, no todos los genes analizados respondieron igual. Mientras que algunos pudieron sustituir funciones modernas, otros no lo lograron. Eso indica que la evolución sí ha introducido cambios importantes en determinados puntos. Es decir, hay continuidad, pero no es absoluta. Y entender dónde se mantiene y dónde se rompe esa continuidad es, probablemente, una de las claves de futuras investigaciones.

Mirar atrás para avanzar

Más allá del detalle técnico, el estudio deja una idea interesante y es que parte de lo que somos hoy ya estaba, de alguna forma, en organismos muy simples. No como una versión completa, pero sí como una base sobre la que se ha ido construyendo todo lo demás. Los coanoflagelados, que durante mucho tiempo han sido poco más que una curiosidad para especialistas, empiezan a ganar protagonismo en este tipo de investigaciones. No porque sean extraordinarios, sino porque permiten ver el punto de partida.

A partir de ahí, las aplicaciones son todavía una incógnita. Puede que esto acabe teniendo impacto en la medicina regenerativa, o puede que se quede en un avance importante a nivel teórico, pero lo que sí que está claro es que obliga a revisar algunas ideas que se daban por cerradas.

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