Giro inaudito en la ciencia: descubren que los humanos tienen un «séptimo sentido»
Un estudio revela que somos capaces de percibir objetos sin haberlos tocado
Los humanos podrían tener 33 sentidos y hay teorías que lo avalan
¿Por qué se dice que tenemos 7 sentidos y no 5?
Siempre se ha dicho que los humanos tienen un sexto sentido más allá de los cinco que nos enseñan desde niños, pero ¿y si la ciencia hubiera ido más lejos y, además de la propiocepción, existiera otra capacidad o séptimo sentido que nunca habíamos sabido nombrar? Esa idea, que durante mucho tiempo quedó relegada a la intuición o a simples coincidencias, ha vuelto a escena tras un estudio experimental que apunta a que podemos detectar objetos sin llegar a tocarlos.
El hallazgo no plantea nada misterioso ni esotérico, sino que en realidad, a salido a raíz de un experimento muy simple, a partir personas que introducen un dedo en arena y consiguen detenerlo antes de tocar un objeto enterrado. Lo llamativo es que esta anticipación, lejos de ser casual, sigue patrones medibles y encaja con modelos físicos sobre cómo se comportan los materiales granulares. De pronto, esa sensación de que algo está ahí delante, que todos hemos experimentado alguna vez, adquiere una explicación más sólida. Los investigadores responsables del trabajo, procedentes de la Queen Mary University of London y la University College London, plantean que el tacto podría tener un alcance mayor del que creíamos. No sería un séptimo sentido o un nuevo sentido el sentido estricto de la palabra, pero sí una ampliación llamativa de cómo funciona la percepción humana en entornos donde la vista deja de ser útil.
El posible séptimo sentido de los humanos que ha descubierto la ciencia
Todos hemos notado alguna vez que la mano se detiene sola al buscar algo bajo arena o arroz. Hasta ahora se atribuía a pequeños movimientos involuntarios o al simple azar. Sin embargo, la investigación llevada a cabo demuestra que al mover el dedo por la arena se genera una zona de presión y, cuando un objeto está dentro de ese espacio, la resistencia cambia muy sutilmente. La piel lo detecta y el cerebro interpreta esa variación como una advertencia anticipada.
El experimento consistió en pedir a 12 participantes que movieran el dedo índice lentamente en una caja llena de arena seca. En algunos ensayos había un cubo enterrado, en otros no. Lo sorprendente fue que, sin llegar al contacto físico, las personas acertaron en torno al 70% de las veces y a casi siete centímetros de distancia. Una cifra que no es cualquier cosa ya que coincide con el límite teórico que predicen los modelos físicos sobre cómo se transmite la fuerza en materiales granulares.
Qué ocurre realmente en la mano
La clave está en cómo procesa el tacto la información durante el movimiento. No hace falta un receptor nuevo; basta con la sensibilidad habitual de la piel unida a la capacidad del cerebro para detectar patrones. Cuando un objeto enterrado se encuentra cerca, la arena se comporta de forma distinta y esa diferencia, aunque mínima, llega a la yema del dedo en forma de variaciones de presión.
El estudio lo describe como una ampliación del tacto, no como un sentido diferente. Igual que la vista capta más que color y forma o el oído percibe algo más que sonido, el tacto puede ir más allá del contacto directo cuando el entorno físico lo permite.
Comparación con robots
Para entender mejor los mecanismos, los científicos replicaron el experimento con un dedo robótico equipado con sensores avanzados. El sistema artificial detectaba cambios a distancias parecidas, pero fallaba mucho más. Mientras que las personas distinguían bastante bien entre una señal real y el ruido propio de la arena, el robot tendía a equivocarse, lo que demuestra que la sensibilidad de la piel no es suficiente y que el cerebro aporta un nivel de interpretación que la tecnología todavía no consigue reproducir.
¿Un séptimo sentido o una redefinición del tacto?
El concepto de séptimo sentido es llamativo, pero en ciencia conviene ser prudentes. Los propios autores del estudio aclaran que no han descubierto un sentido completamente nuevo, sino una habilidad táctil que no había sido documentada con esta claridad. En otras palabras, lo que cambia no es el número de sentidos que tenemos, sino los límites que atribuimos al tacto.
La imagen clásica del tacto como un sentido que empieza sólo cuando algo toca la piel queda algo desfasada. Los datos sugieren que, en determinados materiales, la percepción puede anticiparse unos centímetros al contacto. Esa zona intermedia entre sentir y tocar abre una puerta a nuevas preguntas sobre cómo interactuamos realmente con nuestro entorno.
Aunque el estudio es revelador, también deja claro que todavía sabemos poco. La muestra de participantes es pequeña y el experimento se realizó en un entorno muy controlado. No está claro si esta capacidad varía con la edad, con la experiencia manual, con el entrenamiento o con otros materiales distintos a la arena. Tampoco se sabe si puede mejorarse con práctica o si está limitada por las propias leyes físicas. Aun así, la idea central es poderosa: el cuerpo humano capta más información de la que solemos pensar y la integra de forma silenciosa, casi automática.
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