Conmoción en la comunidad geóloga: analizan la arena de la playa del desembarco de Normandía y confirman que uno de cada 25 gramos es metralla
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Han pasado más de ocho décadas desde el desembarco de Normandía, en Francia, y la playa de Omaha aún conserva un rastro físico de aquella histórica operación militar, según una investigación realizada por los geólogos Earle McBride, de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos), y Dane Picard, de la Universidad de Utah (Estados Unidos).
El hallazgo se produjo en un viaje de investigación realizado por Francia en 1988. Durante la expedición, los dos geólogos recogieron una pequeña muestra de arena junto al monumento conmemorativo de Omaha Beach y la conservaron durante años. Tiempo después decidieron examinarla mediante un microscopio electrónico y se toparon con un hallazgo inesperado: diminutos fragmentos metálicos mezclados con granos de cuarzo y restos de conchas.
El hallazgo excepcional sobre el Desembarco de Normandía
Tras analizar las partículas, los científicos comprobaron que se trataba de metralla procedente de las bombas, proyectiles y munición que se utilizan durante el desembarco aliado del 6 de junio de 1944. Algunas piezas alcanzaban cerca de un milímetro de diámetro, mientras que las más pequeñas apenas llegaban a unas centésimas de milímetro. Además de esos restos metálicos, se identificaron microscópicas esferas de hierro y vidrio originadas por las elevadísimas temperaturas de las explosiones, capaces de fundir el metal y modificar la composición de la propia arena.
Los autores del trabajo, publicado en 2011 en The Sedimentary Record, subrayan que ese 4% corresponde únicamente a la muestra examinada. El movimiento continuo de las corrientes marinas, el oleaje y las tormentas redistribuye la arena de forma constante, por lo que la presencia de metralla puede variar en función del punto de recogida y del momento en que se realice el muestreo.
«Resultaron ser metralla de la invasión de la Segunda Guerra Mundial. Tras un examen más detenido, también vio cuentas de hierro y vidrio que habían resultado del intenso calor desatado por las explosiones en el aire y la arena. Por supuesto no resulta sorprendente que se agregara metralla a la arena de la playa de Omaha en el momento de la batalla, pero sí lo es que haya sobrevivido más de 40 años y sin duda todavía esté allí hoy», explican desde la Universidad de Texas en Austin.
Mares del Norte y Báltico
«Aproximadamente 1,6 millones de toneladas de municiones sin explotar yacen en el fondo de los mares del Norte y Báltico, tan solo en aguas territoriales alemanas. Esto representa un peligro considerable, ya que sus proyectiles se están oxidando o descomponiendo lentamente. Por consiguiente, resulta cada vez más difícil localizar, recuperar y eliminar estos proyectiles, la mayoría de los cuales fueron hundidos tras la Segunda Guerra Mundial como parte del desarme de Alemania.
Investigaciones recientes han demostrado que las sustancias derivadas de los explosivos, algunas de ellas cancerígenas y mutagénicas, ya se están acumulando en organismos marinos como mejillones y peces. Esto representa una grave amenaza para el medio ambiente marino. Además, los expertos creen que, en el futuro, estas sustancias nocivas podrían ingresar a la cadena alimentaria humana», detalla el Ministerio Federal de Medio Ambiente, Acción Climática, Conservación de la Naturaleza y Seguridad Nuclear (BMUKN) del Gobierno alemán.
Noruega
La presencia de metralla en la arena de Omaha Beach no es el único ejemplo de cómo los conflictos bélicos dejan una huella duradera en el medio natural. En 2018, una investigación publicada en Anthropocene demostró que un enfrentamiento de la Segunda Guerra Mundial dejó huellas visibles en los bosques del norte de Noruega.
Durante los veranos de 2016 y 2017, un equipo de científicos, entre ellos Claudia Hartl, examinó diversos ejemplares de anillos de crecimiento de árboles en bosques situados cerca de Kåfjord, en Noruega. En ese lugar permaneció oculto el acorazado alemán Tirpitz durante 1944 gracias al uso de pantallas de humo y al camuflaje proporcionado por el entorno forestal. Sin embargo, la Royal Navy y la aviación aliada lograron localizar su posición y lanzaron un ataque contra el emblemático buque del régimen nazi.
Los resultados mostraron que el humo artificial utilizado para proteger al acorazado causó importantes daños ambientales al liberar compuestos tóxicos como ácido clorosulfónico, zinc y hexacloroetano. En las zonas más cercanas al fondeadero, el 60 % de los pinos presentó anillos de crecimiento ausentes en 1945, un indicio de una intensa defoliación cuya recuperación se prolongó durante unos doce años. El impacto fue menor a medida que aumentaba la distancia: a unos tres kilómetros, alrededor del 50 % de los árboles se vio afectado, mientras que a seis kilómetros apenas se detectaron casos.
Los investigadores comprobaron que el efecto del humo no sólo redujo de forma drástica el crecimiento de los árboles, sino que también alteró la estructura de edades del bosque al provocar «una interrupción en la producción de nuevas células debido a condiciones de crecimiento extremadamente desfavorables». Como consecuencia, los árboles no generan nuevas células y, al observar sus anillos, parece que hubieran perdido un año de crecimiento. El estudio demuestra cómo un episodio bélico puntual puede dejar consecuencias ecológicas profundas y persistentes en los ecosistemas forestales.