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Una vida rota: la pesadilla de un joven de Palma con discapacidad que cuida sólo de su madre con Alzheimer

“Estoy agotado. Ya no puedo más. He pedido ayuda a todas partes y nadie me da una solución”, relata entre lágrimas el afectado

Vida rota Palma
Julio Bastida

La historia de este joven de Palma parece sacada de una tragedia moderna, pero es real. Tiene reconocida una discapacidad del 45 %, arrastra secuelas permanentes tras más de doce intervenciones quirúrgicas y vive con dolores y limitaciones que le impiden llevar una vida normal. Aun así, se ha convertido en el único sostén de su madre, una mujer de más de 70 años que padece Alzheimer y demencia avanzada, después de que la vivienda de ella quedara ocupada y nadie de su familia quisiera asumir la responsabilidad de cuidarla.

Según relata el afectado, la situación comenzó a deteriorarse cuando una mujer de origen marroquí le alquiló el piso y, al finalizar el contrato, no se quiso marchar. Se convirtió en una inquiokupa. Asegura que esta persona trabaja, tiene ingresos estables y se niega a abandonar la vivienda alegando una situación de vulnerabilidad por tener una hija adolescente. Mientras tanto, la propietaria del inmueble —una anciana enferma y desorientada— acabó literalmente sin poder regresar a su vivienda.

Sin otra alternativa, el hijo decidió acoger a su madre en su domicilio y empadronarla allí. Pero la convivencia se ha convertido en una auténtica pesadilla. “Mi madre ya no reconoce muchas cosas. Se asoma al balcón pidiendo ayuda, se escapa de casa y aparece desorientada por las calles de Palma. Pierde la ropa, olvida dónde está y necesita vigilancia constante. Son cuidados que yo no puedo ofrecerle y que están acabando con mi vida”, explica.

El drama se agrava porque, según denuncia, tiene cuatro hermanos más que podrían hacerse cargo y un marido; ninguno de ellos quiere saber nada de la mujer. “Todos miran hacia otro lado. Todo ha recaído sobre mí, cuando soy precisamente la persona que menos puede asumirlo”, lamenta.

El joven asegura haber acudido a la Fiscalía para exponer el caso y pedir ayuda. También ha solicitado ayuda en hospitales, Servicios Sociales, centros de salud y diferentes organismos públicos, pero afirma que las respuestas han sido insuficientes y que la burocracia avanza con una lentitud desesperante.

A esta carga se suma un problema de adicción al alcohol reconocido por los propios servicios sanitarios. Está siendo tratado por la Unidad de Conductas Adictivas (UCA) y se encuentra pendiente de un ingreso voluntario para iniciar un proceso de desintoxicación. “Estoy en tratamiento psicológico y psiquiátrico. He tenido pensamientos muy malos y he estado a punto de cometer una locura. No quiero llegar a ese extremo, pero siento que estoy completamente abandonado”, confiesa.

Los vecinos han sido testigos en varias ocasiones del deterioro de la anciana. Algunos la han visto pedir ayuda desde el balcón, otros la han encontrado caminando sola y desorientada por la calle. La imagen de esta mujer mayor, enferma y sin posibilidad de volver a su propia casa ha generado indignación entre quienes conocen el caso.

La situación ha alcanzado un punto límite. El joven asegura que ya no tiene fuerzas físicas ni mentales para continuar y lanza un grito desesperado: “Sólo pido que alguien, alguna institución, me ayude y se haga cargo de mi madre y que pueda volver a su casa o a un centro especializado donde puedan cuidarla tal y como se merece. Yo necesito recuperarme y tratar mi enfermedad. Si esto sigue así, no sé qué puede pasar”. Encima, desde Servicios Sociales le dicen que se trate de la alcoholemia y que después se haga cargo de su madre él solo.

Detrás de esta historia hay una combinación devastadora de discapacidad, Alzheimer, demencia, adicción al alcohol, salud mental, inquiokupación, Servicios Sociales y una anciana vulnerable atrapada en medio de un conflicto que parece no tener fin. Una cadena de sufrimiento que, según denuncia la familia, se ha ido agravando mientras las instituciones se pasan la pelota unas a otras y dos personas extremadamente frágiles continúan viviendo al borde del colapso.

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