Turismo interior

Parece Marte, pero está en Aragón y los turistas aún no lo tienen en el radar: el paisaje que deja a los geólogos con la boca abierta

Aragón
Aguarales de Valpalmas. Foto: Diego Delso en Wikimedia Commons.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Aragón esconde parajes que parecen ajenos a la Tierra. Por ejemplo, a pocos kilómetros de Zaragoza, en la comarca de las Cinco Villas, se alza un paisaje de cárcavas, columnas de piedra y tonalidades ocres que sorprende a primera vista. El lugar ha despertado la curiosidad de fotógrafos y viajeros, pero también de la comunidad científica.

Y es que en el último siglo, geólogos de distintas universidades han recorrido sus senderos para analizar un fenómeno natural que ha tardado miles de años en formarse y que convierte este rincón de Aragón en una rareza dentro del paisaje ibérico.

Los Aguarales de Valpalmas, el rincón aragonés con aspecto marciano

Nuestro protagonista en esta ocasión es Aguarales de Valpalmas, un enclave todavía poco transitado por el turismo convencional pese a su singularidad. Esta formación geológica se sitúa junto al municipio de Valpalmas, en plena provincia de Zaragoza.

El terreno, esculpido por la erosión durante milenios, presenta cárcavas, pináculos y hundimientos que en geología reciben el nombre de badlands.

El resultado visual recuerda tanto a los paisajes desérticos de otros planetas que muchos viajeros lo comparan directamente con Marte.

Los tonos rojizos y ocres del terreno, combinados con la ausencia casi total de vegetación, generan una estampa que parece sacada de una fotografía enviada por una sonda espacial.

Sin embargo, este paisaje forma parte de Aragón desde hace millones de años y su origen tiene una explicación puramente terrestre.

¿Cómo se formó el singular paisaje de Aguarales de Valpalmas?

El fenómeno que ha dado forma a los Aguarales se conoce como piping o sufusión. Se trata de un proceso de erosión en el que el agua, tanto superficial como subterránea, disuelve materiales poco resistentes (arcillas, arenas y yesos) y crea auténticas tuberías bajo tierra por donde se filtra el sedimento.

Los sedimentos que componen el terreno se depositaron hace 25 millones de años, durante la formación de la depresión del Ebro. Sin embargo, las formas actuales (columnas, pináculos y las conocidas como chimeneas de hadas) se han esculpido en los últimos 10.000 años, ya en el Holoceno.

El clima semiárido de la zona, con lluvias torrenciales pero escasas, ha sido determinante para que la erosión avance con esta rapidez geológica.

Algunas de las formaciones han adoptado siluetas curiosas que la imaginación popular ha bautizado con nombres propios, como una roca con forma de gato o esfinge que corona uno de los senderos.

Cómo visitar los Aguarales de Valpalmas

El acceso se realiza desde la carretera que une Valpalmas con Piedratajada, a través de una pista de tierra en buen estado apta para cualquier vehículo. El aparcamiento, gratuito, tiene capacidad para unos diez coches y cuenta con una zona de descanso a la sombra.

  • Recorrido superior: bordea el paraje desde lo alto con vistas panorámicas (unos 25 minutos).
  • Recorrido inferior: desciende hasta el interior de las formaciones para observarlas de cerca (otros 25 minutos).
  • Duración total: algo más de una hora si se completan ambas rutas con calma.

La dificultad es baja, ya que los senderos cuentan con escalones y señalización clara. Eso sí, conviene llevar gorra y protector solar, porque no hay sombra en todo el recorrido.

El atardecer es el momento más recomendable para fotografiar el lugar, cuando la luz rasante intensifica los tonos ocres del terreno.

Un fuerte imán para geólogos y fotógrafos

Por su singularidad, este rincón de Aragón se ha convertido en un destino habitual para expediciones universitarias y aficionados a la geología, que encuentran aquí un ejemplo de libro sobre procesos de erosión poco frecuentes en la Península.

¡Es más! Su parecido, a menor escala, con la Capadocia turca, le ha valido el sobrenombre de la Capadocia aragonesa.

Por último y no menos importante, entre las cárcavas también habita una fauna discreta: abejarucos, colirrojos, lagartos ocelados y culebras bastardas se cruzan a veces con los visitantes que recorren los senderos al amanecer, cuando el paraje está completamente vacío.

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