La psicología dice que los niños nacidos en los años 60 tienen hoy una mayor tolerancia a la frustración y mejor ética laboral
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Crecer en los años sesenta y setenta no fue fácil. Había menos supervisión parental y un contexto económico ajustado a nivel general, en una sociedad que no creía en el confort emocional como un derecho básico. Décadas después, un estudio del Instituto de Políticas del King’s College de Londres y el Instituto Orygen de Australia, publicado en febrero de 2024, documentó algo que los psicólogos llevan tiempo señalando.
Las generaciones que se criaron en esa época muestran patrones de respuesta frente a la adversidad notablemente diferentes a los de las generaciones más jóvenes. La investigación, realizada sobre más de 4.500 adultos en Reino Unido y Australia, ofrece datos concretos sobre cómo cada generación percibe y gestiona el concepto de resiliencia.
Los nacidos en los años 60 y 70 y su relación con la tolerancia a la frustración
El estudio del Instituto de Políticas del King’s College de Londres encuestó a 2.516 adultos en Reino Unido entre el 1 y el 7 de diciembre de 2023, con muestras representativas por edad. El hallazgo más llamativo tiene que ver con cómo cada generación interpreta el deterioro de la salud mental juvenil.
La generación X (un 18%) y los baby boomers (un 17%) tienen el doble de probabilidad que los millennials y la generación Z (ambos en torno al 9%) de atribuir los problemas de salud mental en jóvenes a una menor resiliencia.
Bobby Duffy, director del Instituto de Políticas del King’s College de Londres y responsable del estudio, apunta a que esa brecha refleja experiencias vitales radicalmente distintas. Quienes crecieron con mayor autonomía, sin estructuras de apoyo emocional sistemático y en entornos que recompensaban la persistencia, desarrollaron un umbral de tolerancia a la frustración que hoy resulta inusual.
¿Por qué las condiciones de los años 60 y 70 forjaron una ética laboral distinta?
Los psicólogos que estudian el desarrollo infantil explican que en las décadas de los sesenta y setenta, los niños pasaban más tiempo sin supervisión adulta, resolvían conflictos sin mediación externa y se enfrentaban a contextos de escasez o incertidumbre que hoy serían impensables en muchos hogares occidentales. Ese conjunto de condiciones, pese a no ser ideal desde muchos ángulos, funcionaba como un entrenamiento para gestionar la frustración.
Además, las estructuras escolares y laborales de la época recompensaban la lealtad, el esfuerzo y la consistencia por encima del reconocimiento inmediato. Esta lógica es muy distinta a la del entorno actual, donde la retroalimentación instantánea se ha convertido en norma.
Lynn Zakeri, trabajadora social clínica licenciada, explica que la resistencia y la resiliencia no son exactamente lo mismo. «Muchos boomers aprendieron a tolerar la angustia en lugar de examinarla o abordarla», señaló para Newsweek. Es decir, parte de esa dureza generacional puede también leerse como una menor capacidad para el procesamiento emocional y no solo como fortaleza.
¿Qué significa esto para entender a las generaciones actuales?
El estudio del King’s College de Londres no concluye que una generación sea mejor que otra. Lo que muestra es que las condiciones de crianza dejan una huella psicológica duradera y que esa huella moldea tanto la ética laboral como la gestión de la adversidad.
Sin embargo, el debate no está cerrado. Un 50% de millennials, Gen X y boomers coincide en que los problemas de salud mental siempre existieron en los jóvenes, pero antes no se identificaban como tales. Lo que cambia es el contexto que los genera y las herramientas disponibles para gestionarlos. La tolerancia a la frustración, en ese sentido, no es solo un rasgo generacional, sino un producto de su tiempo.