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Mito bajo sospecha: los pesticidas durante el embarazo no parecen aumentar los rasgos del autismo

Para intentar responderla, el equipo de NYU Langone Health analizó datos de parejas de madres e hijos y midió la presencia de pesticidas

La exposición a determinados pesticidas durante el embarazo no parece estar relacionada con la aparición de problemas de comunicación social ni con otros rasgos asociados al autismo, según un nuevo estudio realizado por investigadores de NYU Langone Health, de la Universidad de Nueva York.

La posible relación entre la exposición prenatal a pesticidas y el desarrollo neurológico ha sido objeto de preocupación durante años. En particular, los pesticidas organofosforados, utilizados en agricultura y diseñados para interferir en el sistema nervioso de los insectos, se han relacionado en investigaciones anteriores con algunos problemas del neurodesarrollo, como un menor coeficiente intelectual, dificultades cognitivas y trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH).

Sin embargo, quedaba una pregunta abierta: ¿podría la exposición a estos productos durante el embarazo estar también relacionada con rasgos asociados al trastorno del espectro autista?

Los investigadores encontraron que casi todas las madres presentaban niveles detectables de estos pesticidas. Sin embargo, al analizar posteriormente a sus hijos, no observaron una asociación significativa entre la exposición prenatal a estos compuestos y los rasgos relacionados con el autismo, incluidos los problemas de comunicación social.

El resultado introduce un matiz importante en el debate: que una sustancia se haya relacionado con determinados efectos sobre el neurodesarrollo no significa necesariamente que exista una relación con el autismo. En este caso, los investigadores no encontraron evidencias que apoyaran esa conexión en la población estudiada.

Niveles de exposición relativamente bajos

«Si bien sabemos que los plaguicidas organofosforados pueden dañar el cerebro en desarrollo, no fueron un factor determinante en las características observadas en el autismo a los niveles de exposición relativamente bajos que observamos», afirma la autora principal del estudio, la doctora Haleigh Cavalier.

«Estos resultados no deben interpretarse como una garantía de que dichos plaguicidas sean seguros —precisa—, ni tampoco descartan riesgos relacionados con el autismo a niveles de exposición más altos o en grupos más vulnerables».

La doctora Cavalier, estudiante de doctorado en los Departamentos de Salud Pública y Pediatría de NYU Langone Health durante el estudio, señala que, fuera de los entornos agrícolas o laborales, la mayoría de los estadounidenses entran en contacto con los insecticidas principalmente al consumir productos frescos.

Una posible explicación de los resultados podría ser que los beneficios para la salud de una dieta rica en frutas y verduras compensen parcialmente el impacto potencial de estos químicos en el desarrollo cerebral.

Los científicos han identificado varios marcadores genéticos vinculados a rasgos relacionados con el autismo, pero los factores ambientales que podrían influir siguen siendo objeto de intenso debate. Pequeños estudios sobre la exposición prenatal a pesticidas organofosforados han arrojado resultados inconsistentes: algunas investigaciones encontraron una conexión, mientras que otras no.

Según los autores, la nueva evaluación, publicada en línea en la revista ‘JAMA Pediatrics’, es la más grande y diversa de su tipo hasta la fecha que examina si los insecticidas podrían contribuir al autismo.

Para este estudio, el equipo de investigación analizó datos de 3.339 parejas madre-hijo inscritas en 20 centros médicos del Programa de Influencias Ambientales en los Resultados de Salud Infantil (ECHO) de los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. Este amplio estudio a nivel nacional permitió tener en cuenta numerosos factores ambientales, sociales y biológicos que pueden influir en la salud infantil, factores que estudios anteriores, de menor escala, no podían considerar.

Para evaluar la exposición prenatal a los insecticidas, los investigadores midieron los niveles de metabolitos (los componentes en los que se descomponen las sustancias químicas en el organismo) en muestras de orina recogidas durante cada embarazo. Los análisis revelaron que el 99 % de las madres presentaban niveles detectables de plaguicidas organofosforados en la orina.

Posteriormente, buscaron asociaciones entre los niveles de estos metabolitos y las puntuaciones de los niños en la Escala de Responsividad Social, un cuestionario de 65 ítems diseñado para identificar problemas de comunicación social y rasgos relacionados con el autismo.

Al evaluar estas dificultades en una escala, la herramienta permitió identificar a participantes que no habían sido diagnosticados formalmente con autismo, pero que presentaban muchos de sus rasgos comunes, como evitar el contacto visual, tener dificultades para comprender las emociones de los demás y necesitar seguir ciertas rutinas. Los participantes fueron evaluados cuando tenían, en promedio, entre 5 y 7 años.

«Nuestros resultados demuestran que aún queda mucho por aprender sobre el autismo -destaca el doctor Akhgar Ghassabian, autor principal del estudio-. Una investigación minuciosa y a largo plazo puede ayudar a esclarecer qué factores ambientales son los más importantes para que las comunidades y los responsables políticos puedan tomar decisiones mejor fundamentadas».