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Gafas inteligentes: ¿el próximo gran salto tecnológico o una nueva dependencia psicológica?

Las mismas características que pueden generar dependencia también pueden convertirse en herramientas de apoyo

Las gafas inteligentes están a punto de cambiar la relación cotidiana entre las personas y la inteligencia artificial. Hasta ahora, para pedir ayuda a una IA había que sacar el teléfono, abrir una aplicación y formular una pregunta. Con las nuevas gafas, esa barrera desaparece: la tecnología puede acompañarnos durante horas, integrada en un dispositivo que llevamos puesto y que, potencialmente, puede ver lo que vemos, escuchar lo que ocurre a nuestro alrededor y responder en tiempo real.

Esta nueva generación de dispositivos plantea una cuestión que va mucho más allá de la tecnología. Si una inteligencia artificial puede ayudarnos a recordar, interpretar nuestro entorno, orientarnos, traducir conversaciones, proporcionarnos información o incluso sugerirnos qué hacer en determinadas situaciones, ¿podría terminar modificando nuestra manera de pensar y de relacionarnos con el mundo?

La cuestión no es necesariamente si las gafas inteligentes serán «buenas» o «malas» para el cerebro. El debate más interesante está en determinar qué capacidades pueden potenciar y cuáles podríamos empezar a delegar en ellas. Del mismo modo que el teléfono móvil ha reducido la necesidad de memorizar números de teléfono o consultar físicamente un mapa, una IA integrada en unas gafas podría convertirse en una especie de memoria externa permanentemente disponible.

Una segunda memoria siempre disponible

Las posibilidades de asistencia son amplias. Las gafas podrían proporcionar recordatorios, ofrecer instrucciones paso a paso, traducir idiomas, describir elementos del entorno, ayudar a localizar objetos o proporcionar información contextual sobre aquello que la persona está observando. Para determinados colectivos, además, podrían convertirse en una herramienta de apoyo especialmente relevante.

Personas con determinadas discapacidades visuales podrían utilizarlas para obtener descripciones del entorno; las personas mayores podrían beneficiarse de recordatorios y sistemas de orientación, y determinados pacientes podrían recibir asistencia para realizar actividades cotidianas. La investigación científica ya está estudiando aplicaciones de las gafas inteligentes y de las tecnologías de realidad aumentada en ámbitos sanitarios y psicológicos.

El problema aparece cuando una herramienta de apoyo empieza a sustituir de forma habitual una capacidad que antes ejercitábamos nosotros mismos. Si las gafas recuerdan por nosotros, ¿necesitaremos ejercitar tanto nuestra memoria? Si nos indican continuamente dónde ir, ¿disminuirá nuestra capacidad de orientación? Y si una IA interpreta constantemente lo que tenemos delante, ¿podríamos acostumbrarnos a recibir una explicación en lugar de elaborar nuestra propia interpretación?

No significa que necesariamente vaya a ocurrir. La evidencia disponible todavía no permite afirmar que las gafas inteligentes vayan a producir un deterioro cognitivo. Pero sí abre una cuestión que merece ser investigada: qué consecuencias puede tener la delegación permanente de determinadas tareas mentales en una inteligencia artificial.

Del uso al hábito y del hábito a la dependencia

También será necesario diferenciar entre utilizar mucho una tecnología y desarrollar una verdadera adicción. No todo uso frecuente constituye una conducta adictiva. En el caso de las gafas inteligentes, todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que vayan a generar una adicción comparable a otros trastornos relacionados con el comportamiento.

La preocupación puede estar más relacionada inicialmente con la dependencia funcional. Una persona puede acostumbrarse a consultar la inteligencia artificial para cada vez más actividades hasta llegar al punto de sentirse insegura cuando no dispone de ella. La secuencia podría comenzar con una pregunta sencilla, dónde hemos aparcado el coche, y terminar con decisiones mucho más complejas: qué responder a un mensaje, cómo afrontar una conversación o incluso qué decisión tomar ante un problema cotidiano.

Una tecnología que puede cambiar nuestra atención

Otro de los grandes interrogantes tiene que ver con la atención. El teléfono móvil exige, al menos en teoría, una interrupción: hay que sacarlo del bolsillo, mirar la pantalla y consultar la información. Las gafas pueden eliminar buena parte de ese proceso.

La información puede llegar directamente al campo visual o mediante audio mientras seguimos caminando, trabajando o hablando con otra persona. Esa característica puede resultar extremadamente útil, pero también puede introducir una nueva forma de distracción permanente.

Si las gafas pueden proporcionar información de manera continua, existe el riesgo de que nos acostumbremos a estar permanentemente pendientes de estímulos, indicaciones y recomendaciones. La cuestión será determinar si esa asistencia nos permite concentrarnos mejor en determinadas tareas o, por el contrario, fragmenta nuestra atención al introducir una capa constante de información entre nosotros y el entorno.

¿Pueden mejorar nuestra salud mental?

El debate no debería centrarse únicamente en los riesgos. Las mismas características que pueden generar dependencia también pueden convertirse en herramientas de apoyo.

Una persona con dificultades para orientarse podría recibir indicaciones en tiempo real. Alguien que tenga problemas para recordar determinadas tareas podría disponer de recordatorios contextuales. Una persona con discapacidad visual podría obtener información sobre objetos, textos o personas presentes en su entorno. En determinadas intervenciones sanitarias y psicológicas, las gafas inteligentes podrían utilizarse como herramientas complementarias.

Esto plantea una paradoja especialmente interesante. Una tecnología puede aumentar la autonomía de una persona porque le permite hacer cosas que antes no podía hacer por sí misma. Pero esa misma tecnología podría generar dependencia si se convierte en imprescindible incluso cuando ya no es necesaria.

La cuestión, por tanto, no será simplemente si las gafas inteligentes ayudan a las personas, sino si consiguen hacerlo aumentando su autonomía o sustituyendo progresivamente capacidades que todavía podrían desarrollar por sí mismas.

El gran experimento psicológico

Las gafas inteligentes representan, en definitiva, algo más que una nueva categoría de dispositivos electrónicos. Su verdadera novedad está en que pueden convertir la inteligencia artificial en una presencia permanente, integrada en nuestra percepción cotidiana.

La cuestión fundamental no será si la tecnología puede hacer muchas cosas por nosotros. Ya sabemos que puede hacerlo. La cuestión será qué elegimos dejar de hacer nosotros cuando una inteligencia artificial está disponible en todo momento.

Las gafas podrían convertirse en una segunda memoria, una herramienta de accesibilidad, un asistente para determinadas tareas o una ayuda para mejorar nuestra autonomía. Pero también podrían fomentar nuevas formas de dependencia, alterar nuestra atención, modificar la manera en que construimos recuerdos y cambiar nuestras relaciones con otras personas.

El verdadero experimento de las gafas inteligentes, por tanto, no será únicamente tecnológico. Será psicológico y social: descubrir qué ocurre cuando dejamos de estar solos con nuestra propia percepción, memoria y decisiones porque una inteligencia artificial comienza a acompañarnos permanentemente allí donde miremos.