Psicología

Los expertos en psicología coinciden: las personas que siempre se quejan de todo no son pesadas, en realidad pueden tener un problema de rumiación cognitiva

personas que siempre se quejan de todo
Blanca Espada

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«Todo me sale mal», «siempre tengo mala suerte» o «nadie me entiende». Son frases que aparecen en muchas conversaciones cotidianas y que, en un momento puntual, pueden parecer normales. Todos hemos pasado por rachas malas en las que no tenemos un buen estado de ánimo y cuesta ver el lado positivo de las cosas. Sin embargo, cuando este tipo de discurso se repite de forma constante y se convierte casi en la forma habitual de interpretar lo que ocurre, deja de ser una simple mala racha y tiene otro motivo, tal y como explica la psicología.

Lo habitual, en estos casos, es que el entorno etiquete rápidamente a esa persona como negativa, pesimista o directamente solemos decir que es un «quejica». Es una reacción casi automática, pero los psicólogos llevan tiempo advirtiendo de que esta forma de verlo puede ser demasiado simplista. No siempre hay una intención consciente de quejarse por todo. En muchos casos, lo que hay detrás es una manera concreta de pensar y de procesar la realidad que acaba empujando a esa persona hacia ese tipo de discurso. De hecho, cuando se analiza con algo más de calma, se observa que esa queja constante no surge de la nada sino que suele ir acompañada de otros factores emocionales y cognitivos que la refuerzan. Por eso, reducirlo todo a una cuestión de actitud puede ser injusto e incluso contraproducente por lo que hay entender qué hay detrás de modo que podamos ver el problema con más matices y, sobre todo, a no quedarse sóloen la superficie.

Las personas que siempre se quejan pueden tener un pueden un problema de rumiación cognitiva

Uno de los conceptos clave para entender este comportamiento es el de rumiación cognitiva que explicado de forma sencilla, tiene que ver con el hecho de darle vueltas una y otra vez a los mismos pensamientos sin llegar a ninguna conclusión útil. No es pensar para resolver, sino pensar sin avanzar, algo que podría interpretarse como estar atrapado en un bucle del que cuesta salir.

Este tipo de pensamiento tiene un efecto bastante claro y es que el malestar se alarga. En lugar de ir perdiendo fuerza con el tiempo, las preocupaciones se mantienen vivas porque la persona vuelve constantemente a ellas. A veces incluso se agrandan, porque al analizarlas una y otra vez se pierde perspectiva. Es ahí donde muchas de esas ideas acaban saliendo hacia fuera en forma de queja continua.

Además, hay un detalle importante. Quien está metido en ese bucle no suele ser del todo consciente de ello. Desde fuera puede parecer repetitivo o exagerado, pero desde dentro se vive como algo real y difícil de cortar. Por eso no basta con decir «no pienses en eso» o «no te quejes tanto». El mecanismo es bastante más complejo.

La sensación de que nada depende de uno mismo

Otro elemento que suele aparecer en estos casos es la percepción de falta de control. Es lo que en psicología se relaciona con la victimización, aunque no siempre en el sentido más evidente del término. No se trata necesariamente de hacerse la víctima de forma consciente, sino de sentir que lo que ocurre viene determinado por factores externos.

Cuando alguien interpreta la realidad de esa manera, es fácil que aparezca una sensación de impotencia. Si todo depende de la suerte, de los demás o de las circunstancias, el margen de acción propio parece muy limitado. Y cuando uno siente que no puede hacer gran cosa, la queja se convierte en una salida bastante habitual. El problema según la psicología es que este enfoque tiende a reforzarse con el tiempo y cuanto más se repite, más se consolida la idea de que las cosas no están bajo control. Y eso dificulta todavía más que la persona busque alternativas o intente cambiar la situación. Es un círculo que se retroalimenta.

Baja tolerancia a la frustración y reacciones más intensas

A todo esto se suma otro factor que no siempre se tiene en cuenta y que tiene que ver con la tolerancia a la frustración. No todas las personas reaccionan igual ante los contratiempos. Hay quienes encajan mejor los cambios de planes o los pequeños problemas del día a día, y otros a los que les cuesta más y en estos últimos casos, situaciones que podrían parecer menores adquieren más peso emocional. Un retraso, un desacuerdo o un error puntual pueden generar una reacción más intensa de lo habitual. Esto no significa que la persona esté exagerando de forma consciente, sino que su forma de procesar esas situaciones es diferente.

Este rasgo suele estar relacionado con una mayor sensibilidad al estrés. Es decir, el umbral a partir del cual algo se percibe como problemático es más bajo. Como consecuencia, las emociones negativas aparecen con más frecuencia y eso se traduce, muchas veces, en una mayor tendencia a verbalizar el malestar.

Un impacto que también se nota en el entorno

Aunque el foco suele ponerse en la persona que se queja, los expertos insisten en que este patrón no se queda sólo en lo individual. Con el tiempo, también afecta al entorno y las relaciones personales pueden resentirse cuando la comunicación gira casi siempre en torno a lo negativo. De este modo, no es tanto una cuestión de rechazar a alguien por cómo es, sino de desgaste. Mantener conversaciones en las que predominan las quejas puede resultar difícil a largo plazo, sobre todo si no hay espacio para otras perspectivas o para buscar soluciones. Poco a poco, esto puede generar distancia o incomodidad.

Además, centrarse de forma constante en lo que va mal limita la capacidad de ver alternativas. El problema no es sólo el malestar en sí, sino que se queda estancado. Por eso, los especialistas coinciden en que no se trata de etiquetar ni de simplificar, sino de entender que detrás de esa queja constante puede haber un patrón psicológico que merece atención y, en muchos casos, ayuda profesional.

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