Opinión
AZUL Y ROSA | MI SEMANA EN OKDIARIO

Ya sé lo que es morir de repente

  • Jaime Peñafiel
  • Periodista político y del corazón. Experto en noticias sobre la aristocracia y la familia real. Ex redactor jefe de la revista ¡Hola! y fundador del diario El Independendiente y La Revista. Escribo sobre la Casa Real.

El 29 de enero siempre figurará en mi biografía como «el día de mi muerte». La sensación más importante de que me estaba muriendo fue sentir que el soporte vital de los sentidos los iba perdiendo incapaz de utilizarlos ante la separación del espíritu del cuerpo físico y que mi cerebro liberaba sustancias químicas que me ayudaban a sentirme en paz mientras me desplomaba sobre el asfalto de la madrileña calle Montera, con la sensación de calma y tranquilidad.

Era un día en el que yo había desarrollado mucha actividad profesional preparando mis colaboraciones, interrumpiéndolas para asistir a la presentación de la importante obra Juan Carlos I. La construcción de un rey (1938-1981), de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, en el número 13 de la icónica Gran Vía madrileña donde se encuentra la dirección del histórico Casino Militar, actual Centro Cultural de los Ejércitos, un imponente edificio diseñado por Eduardo Sánchez Eznarriaga e inaugurado en 1916 para actividades culturales, sociales, conciertos y presentaciones de libros. Entre ellos, la interesante obra editada por Ymelda Navajo, la más importante editora europea, alma y vida de La Esfera de los Libros.

Finalizada la presentación ese día 29, me dirigí Gran Vía arriba hacia la carrera de San Jerónimo, bajando por Montera donde se encuentra Lhardy, ese mítico restaurante centenario, abierto en 1832, a medio camino entre la Puerta del Sol y la Plaza de Canalejas, donde yo tenía una importante reunión de trabajo. El nombre del restaurante lo tomó el propietario Emilio Huguenin Lhardy de su propio apellido. Era el primer gran restaurante moderno en España, frecuentado por personajes de la talla de Isabel II, Alfonso XII, Espartero, Pérez Galdós, entre otros. En su salón japonés se decidió el nombramiento de Alcalá Zamora como presidente de la República.

Era de noche sobre la Puerta del Sol y adyacentes, muy concurridas a esa hora postrera del día. La carencia de la lluvia de pasadas jornadas y la buena temperatura permitían que la gente abarrotara calles y terrazas. Con el libro del rey, dedicado por su autor, en una mano y una caja de trufas que yo había comprado en Lhardy para Carmen, mi mujer, en la otra, me dirigí desde la Carrera de San Jerónimo hacia Montera, una populosa calle, famosa durante muchos años por su faceta más oscura, la de la prostitución hoy erradicada y que forma parte de la vida y la historia de los madrileños desde hace siglos.

Cuando desde la Puerta del Sol accedí a la famosa calle, no por la acera concurridísima sino por la calzada, convertida en peatonal y cuando ya divisaba el Templete del Metro de la Red de San Luis que separa Montera de Gran Vía, construido a principios del siglo XX por el arquitecto Antonio Palacios, me quedé, de repente, inesperadamente, clavado en el asfalto. Como si estar inmóvil, sin vida y sin sentido fuera a causa de un fallo de mi corazón en esa zona que, a juicio del compañero Ángel Antonio Herrera, «es el eje cardiaco de Madrid» que de esa forma se manifestaba, impidiéndome mover ni un solo pie aunque lo intentaba. Hasta que perdí la verticalidad y, creo, me desvanecí de frente contra el asfalto. Sin causa aparente. Y lo más curioso es que ni veía ni oía a la multitud de gente que, subiendo y bajando, pasaban a mi lado intentando no pisarme.

Después de una caída es muy común que la persona sufra una lesión que tiende a ser más grave cuanto más avanzada es la edad. (Yo cumpliré ¡¡¡94!!!). Confieso que no sentía nada. Sólo que me había «muerto» de repente. Aunque sin síntomas previos, sin dolor torácico o dificultades respiratorias. Sólo que la vida se había ido poco a poco mientras yo permanecía tirado boca abajo inmóvil y silencioso sobre el «eje cardiaco» de la calle Montera que, al parecer, había dejado de latir.

Dicen los médicos que las personas que están a punto de morir, el oído es el último sentido que pierden. Pero yo, que estaba rodeado por decenas de personas, algunas muy jóvenes, no oía ni veía nada. Era como si ya no estuviera en este mundo. Lo que sí notaba, lo que sí percibía es que mi cerebro liberaba sustancias químicas que me ayudaban a sentirme en paz, advirtiendo que los sentidos se iban disipando ante el soporte vital consciente de que me estaba muriendo, de que me había muerto de repente. Lamento no conocer los nombres de las personas, que con sus brazos, me arrancaron del asfalto para devolverme a la vida. Aunque sí vislumbré sus rostros, tan jóvenes eran como los de los ángeles del otro mundo y que me devolvieron a éste del que creía me había marchado. ¡Nunca os olvidaré! Si leéis esta columna, poneros en contacto conmigo.

Chsss…

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