Votar a Colau: más Cataluña, menos España

Votar a Colau: más Cataluña, menos España
Diego Buenosvinos

Veo, desde hace algún tiempo, cómo hay momentos en los que la política española deja de parecer una actividad pública y empieza a recordar a una comedia de enredo escrita por sus propios personajes, sin corrector de estilo y con el sentido del ridículo de vacaciones. Hoy les quiero hablar de ese nuevo conglomerado político que es Frente Amplio y cuyo nombre, dicho sea de paso, ya me parece absurdo. Pero, bueno, esta gente debe saber mucho de política, de plazas de sol y, como hemos visto, de barcazas hacia Palestina y Cuba.

Pero vayamos al meollo del asunto y de dónde nace este moderno Camarote de los Hermanos Marx. El portavoz de ERC, Gabriel Rufián, quiso ensayar el papel de aglutinador de la izquierda española, ese viejo sueño de quien aspira a dirigir una familia sin conseguir que sus miembros se pongan de acuerdo ni siquiera sobre el apellido. Pero entre el liderazgo estatal y la prioridad nacionalista existe una frontera que no se cruza con discursos ingeniosos ni con una buena colección de intervenciones virales.

Y es que, cuando la política catalana ocupa el centro de gravedad, la ambición española corre el riesgo de convertirse en una sucursal de la causa particular. Y ahora, según el anuncio de colaboración entre Podemos y ERC, Rufián quiere asegurarse otro lote de años sentado en el Congreso, para superar psicológicamente aquello de los 18 meses y regreso a Cataluña.

En el otro extremo del sainete aparece Ada Colau. La exalcaldesa de Barcelona, que ha reconocido que su regreso a la primera línea no estaba previsto, acepta ponerse al frente de un proyecto que aspira a gobernar España. Pero ese Frente Amplio no sé si lo hará o no desde Cataluña. La política tiene estas cosas: uno puede pasar de considerar improbable su vuelta a convertirse, en cuestión de días, en la solución histórica, aunque hasta anteayer no supiera muy bien cómo llamarse.

Colau regresa, además, con el bagaje de su etapa municipal en la que se puede cuestionar el balance de su gestión y señalar las heridas que dejaron determinadas políticas en Barcelona. Lo que no admite discusión es que una candidatura nacional no empieza de cero: arrastra una trayectoria, unas decisiones y la obligación de explicar qué aprendió de ellas.

Y aquí llega la pirueta más interesante: una coalición que reúne a Sumar, Comuns, Más Madrid e Izquierda Unida busca una cabeza visible y, al mismo tiempo, pide a Podemos que se incorpore a la unidad. La unidad, ese concepto solemne que suele aparecer cuando empiezan las discusiones por los puestos. Todos quieren sumar, naturalmente, porque, como dice Colau, debe pagar la renta de su piso. Lo difícil es decidir quién suma a quién, quién encabeza, quién cede y quién descubre, en el último minuto, quién renuncia a qué.

El episodio contiene una paradoja que merece algo más que un eslogan: figuras con proyectos territoriales y prioridades políticas muy distintas aspiran a representar un espacio estatal que todavía intenta ordenar sus propias piezas. En el caso de Colau, sus posiciones sobre el modelo territorial y la cuestión nacional forman parte del debate que deberá afrontar si pretende pedir el voto en toda España. No basta con anunciar una candidatura; hay que explicar qué país se propone gobernar y cómo piensa conciliar las diferencias de quienes la sostienen. Pero señores, no se engañen, la prioridad es Cataluña.

Porque España no es una sala de espera en la que cada partido aguarda su turno para colocar al candidato de su preferencia. Tampoco es una plataforma de lanzamiento para ambiciones personales ni una suma aritmética de siglas que, por separado, no terminan de encontrar su sitio. Gobernar un país exige algo más que reunirse, redactar un comunicado y proclamar que ha llegado la hora de la unidad.

Entre tanto, la izquierda vuelve a ofrecer una de sus estampas más familiares: todos hablan de futuro, todos invocan a la gente y todos parecen convencidos de que el problema de la política española se resolvería si, por fin, fueran ellos quienes ocuparan la cabecera de la mesa. La pregunta no es quién se sienta en ella. Es para qué. Y, con Ada Colau, para nada: con servicio nulo a España, zancadillas al país que parió su ‘nación’, y más como Rufián; espectáculo desde la tribuna.

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