El viaje de Milei a España: de la Argentina que se levanta a la España que se hunde
Mientras Pedro Sánchez sigue aferrando el poder a base de privilegios, deudas y pactos con quienes son como él, Javier Milei aterriza en Madrid como la prueba viva de que existe otra forma de gobernar. Una forma que no necesita comprar voluntades ni hipotecar el futuro. Una forma que se atreve a decir que el colectivismo empobrece y que la libertad, cuando se aplica de verdad, produce resultados.
Milei no es un visitante más. Es el dirigente que ha convertido en hechos lo que aquí todavía se discute como si fuera una provocación ideológica. Su discurso ante las Naciones Unidas fue una declaración de principios. Denunció sin rodeos a esa burocracia internacional que legitima regímenes fallidos y agendas que solo sirven para limitar la soberanía de las personas. Reivindicó la propiedad privada, la libertad y la responsabilidad individual como derechos que no se negocian. Sin pedir perdón, sin suavizar el lenguaje, con la contundencia que da la razón demostrada y sin rendir tributo a la hipocresía dominante.
Ese discurso no nace de la improvisación. Nace de una convicción clara y demostrable: que la prosperidad surge cuando se deja actuar a quienes crean, invierten y asumen riesgos, y no cuando el Estado pretende dirigir cada decisión económica. Que el conocimiento está disperso entre millones de individuos y que ningún planificador, por muy bienintencionado que se presente, puede sustituir el proceso de descubrimiento que sólo el mercado libre hace posible. Que cada intervención que pretende «corregir» ese proceso termina generando más distorsiones, más privilegios y más pobreza. Éstas no son abstracciones. Son los principios que, aplicados con rigor, han empezado a transformar Argentina.
Los resultados están ahí, a la vista de quien quiera verlos. De una inflación del 211% se ha pasado a tasas mensuales cercanas al 2%. Del déficit crónico se ha pasado al superávit fiscal. Del gasto público desbocado se ha pasado a un recorte real del 30% y podríamos continuar con estadísticas. Millones de personas han salido de la pobreza tras el doloroso pero necesario ajuste. La economía crece por tercer año consecutivo. No se ha logrado repartiendo privilegios ni comprando voluntades, se ha logrado dejando de transferir recursos de los productores a los parásitos del Estado. Se ha logrado devolviendo a los ciudadanos el derecho a decidir sobre el fruto de su esfuerzo.
Frente a esto, ¿qué ofrece el Gobierno de Pedro Sánchez? Un espectáculo de supervivencia política disfrazado de progreso. Un presidente que ha convertido la Moncloa en un búnker de privilegios, que reparte indultos y amnistías a cambio de sillones, que defiende a grupos terroristas, que pacta con quienes insultan a España mientras predica unidad y que ha convertido la deuda pública en su principal herramienta de gobierno. Más de medio billón de euros adicionales de deuda. Impuestos que asfixian a quien trabaja. Una red de clientelismo que premia la lealtad política por encima del mérito y una corrupción que no es anecdótica, sino estructural: la de un sistema que necesita comprar apoyos, silenciar críticas y degradar las instituciones para mantenerse en pie. Ese no es un Gobierno, es un aparato de poder que sobrevive a costa del país.
El socialismo y el intervencionismo que Sánchez practica y defiende siempre terminan igual. Décadas de promesas de igualdad que terminan en escasez. Décadas de «protección» que terminan en dependencia. Décadas de planificación que terminan en corrupción y mediocridad. España lo sabe mejor que nadie. Llevamos años de un Ejecutivo que ha preferido pactar con delincuentes y terroristas antes que defender el principio de igualdad ante la ley. El resultado no es misterioso: una sociedad más dividida, una clase media más precaria, un país empobrecido yuna democracia más degradada.
Milei representa exactamente lo contrario. Representa la idea de que el Estado debe limitarse a garantizar el marco de reglas y no pretender dirigir la vida económica. Representa la idea de que la prosperidad no se reparte: se genera. Representa la idea de que el único colectivo que merece respeto es el de los ciudadanos libres e iguales ante la ley. Su figura se ha convertido en un referente mundial precisamente porque ha tenido el coraje de aplicar estas verdades en un país que había sido destruido por un siglo de colectivismo.
España tiene ahora la oportunidad de mirar ese ejemplo sin prejuicios. No se trata de importar un modelo extranjero.Se trata de recuperar lo que nunca debimos abandonar: el sentido común, la certeza de que la libertad no es un riesgo, sino la condición previa de cualquier progreso verdadero. Que el intervencionismo no es solidaridad, sino la forma más eficaz de generar pobreza y privilegios. Y que cuando un país elige proteger a quien produce en lugar de premiar al rentista político, el futuro deja de ser una amenaza y vuelve a ser una posibilidad real.
Milei no viene a España a pedir nada. Viene a recordar, a mostrar que es posible y a demostrar, con hechos, que la decadencia no es inevitable. Sólo es el resultado de haber elegido, una y otra vez, las ideas equivocadas y a los dirigentes que las encarnan.
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