Opinión

La verdadera ‘Michelle’ es Europa

En teoría, Michelle, la canción con la que Israel compite en el Eurovisión 2026, interpretada por Noam Bettan, habla de un amor tóxico. Una relación marcada por la dependencia emocional, la oscuridad y la imposibilidad de soltar aquello que lastima.

Pero quizá la verdadera pregunta no es quién ama a Michelle.

La verdadera pregunta es: ¿quién es Michelle?

Porque detrás de la balada trilingüe, hebreo, francés e inglés, parece esconderse algo mucho más profundo: la compleja, dolorosa y contradictoria relación entre Europa y el pueblo judío.

«Michelle, this is toxic love…».

La frase central de la canción funciona casi como una confesión histórica. Israel ama a Europa. Los judíos europeos amaron profundamente a Europa. Creyeron en la Ilustración, en la modernidad, en la cultura, en la ciencia, en la promesa universalista del progreso. «Tu étais ma lumière»… tú eras mi luz. Y sin embargo, esa misma Europa terminó convirtiéndose en el continente del exterminio.

¿Cómo pasó el continente de Voltaire, Beethoven y la razón ilustrada a industrializar el asesinato de seis millones de judíos?

¿Cómo la ciencia, la burocracia y la tecnología se mecanizaron para administrar el genocidio?

Allí aparece la dimensión más poderosa de Michelle: no como canción romántica, sino como metáfora civilizatoria.

Israel nació precisamente de esa fractura. Fue fundado por judíos que entendieron que amaban Europa, pero necesitaban escapar de ella. Escapar de los pogromos, del antisemitismo estructural, de la Shoá (Segunda Guerra Mundial). Regresar a la tierra de Israel no fue solo un proyecto nacional: fue también un divorcio traumático con un continente admirado y temido al mismo tiempo.

Y quizá por eso la canción duele.

Porque Europa sigue apareciendo como «la reina de los problemas», la «estrella sin gloria», Kochevet bli Tehilah. Un espacio que continúa fallándole al pueblo judío. Antes fueron los pogromos. Luego Auschwitz. Hoy, para muchos israelíes, el sentimiento vuelve bajo nuevas formas: boicots, demonización, dobles estándares y una hostilidad obsesiva hacia el Estado judío en espacios políticos, culturales y universitarios europeos.

Por eso resulta imposible separar Michelle del clima emocional israelí posterior a la guerra. Aunque oficialmente no tenga contenido político, en la Israel de 2026 casi nada puede escapar a la dimensión existencial.
Cuando el coro pide: «Give me some hope back», «Devuélveme algo de esperanza», muchos israelíes no escuchan únicamente una súplica amorosa. Escuchan el agotamiento psicológico de un país que siente que debe justificar permanentemente su propia existencia ante un continente que todavía lo juzga con parámetros que no aplica a nadie más.

Y allí aparece otra línea esencial de la canción: «Danse avec les maux» («Bailamos con las heridas»).

Es quizá la definición más precisa de la identidad israelí contemporánea: negarse a vivir como víctima, pero sin olvidar jamás.

Israel dejó atrás el viejo mundo abusivo. Construyó un Estado moderno, democrático, tecnológicamente avanzado y profundamente resiliente. Pero emocionalmente nunca terminó de romper con Europa.

Je te laisse partir, mais je t’aime.

Te dejo ir, pero te amo.

Ese es el drama.

Por eso, cuando Noam Bettan suba al escenario de Eurovisión 2026, posiblemente entre abucheos y protestas, no estará llevando solo una canción. Llevará siglos de historia sobre los hombros. La historia tóxica de amor entre los judíos y un continente que aún admiran, aunque no deje de romperles el corazón.

En 2004, el periodista español Sebastián Vivar Rodríguez escribió una frase que se volvió inolvidable:

«Europa murió en Auschwitz».

No hablaba solo de la muerte de millones de judíos. Hablaba de la fractura moral irreversible de Europa consigo misma.

Tal vez por eso, si Michelle triunfa en esta edición, el verdadero mensaje irá mucho más allá de Eurovisión.

Sería, simbólicamente, un tikún: una reparación.

No para Israel.

Para Europa y sus propios valores.

(*) Nicole Mischel Morely es periodista sefardí israelí.