Urtasun: de ‘Goya’ a ‘Goia’
Cuando uno piensa en Oriol Junqueras o Carles Puigdemont puede pensar que no hay nada peor en la política catalana y que, además, estos elementos nocivos del separatismo han contribuido al evidente deterioro de la política nacional. Pero no es así. Sí que existe una casta política con sede en Barcelona aún más tóxica, la representada por los comunes de Ada Colau, Ernest Urtasun, Jaume Asens o Gerardo Pisarello. Es como el PSC, pero mal. Los socialistas de Illa, aún siendo cómplices y compañeros de viaje del separatismo, se sienten obligados a disimular de vez en cuando, porque todavía tienen votantes que se sienten españoles.
Pero los comunes no se cortan un pelo. Son tan independentistas como ERC o la CUP, a los que consideran sus auténticos compañeros de viaje. El grupo de pelotas que rodea a Ada Colau siente que sus iguales son los que gritan «puta España» con sus camisetas con esteladas y lemas en contra del heteropatriarcado. Es una pseudoizquierda antiobrerista que bebe kombucha mientras desprecia al obrero que se desloma en la Seat para producir unos automóviles que Colau quiere desterrar de la faz de la tierra. Fue Janet Sanz, la entonces número 2 de los comunes en el Ayuntamiento de Barcelona, la que dijo que había que aprovechar la pandemia para acabar con las fábricas de vehículos y reconvertir a sus trabajadores a dedicarse a la «movilidad sostenible». Y lo hizo porque así piensan los comunes. Y si la casta de los comunes condena con este tipo de ocurrencias a miles de obreros a comer césped, les da igual. A ellos nunca les faltará un chollo en cualquiera de las administraciones.
De ahí que Colau se haya dedicado a predicar el «decrecimiento económico» en Barcelona. Y bien que lo ha conseguido, deteriorando el sector turístico, el comercial, el hostelero y facilitando el aumento de la delincuencia hasta convertir a la capital catalana en una meca del choriceo internacional. Con la complicidad del PSC, porque recordemos que la concejalía de Seguridad estaba en manos de los socialistas cuando Barcelona batió todos los récords de inseguridad. Pero volvamos a los comunes: tienen lo peor del populismo y del independentismo. De ahí que el proyecto del ministro de Cultura, Ernest Urtasun, de revisar históricamente» los museos nacionales para «superar un marco colonial» no sea una ocurrencia, sino una idea muy arraigada dentro del separatismo roji-rosa-cuqui de los comunes.
De la misma manera que el separatismo usa el falso «expolio fiscal» al que «España somete a Cataluña», Urtasun es el apóstol del «expolio fiscal». La cuestión es vender en Cataluña sigue «robando» a España. Aún veremos como Los fusilamientos del tres de mayo acabará decorando el despacho de Pere Aragonès, ya que Francesc de Goia era un súbdito de la Corona catalano-aragonesa. Por esa misma razón La carga de los mamelucos en la puerta del Sol se puede reinterpretar como el precedente de un nuevo 15-M de las clases populares contra el neoliberalismo de Isabel Díaz Ayuso, y puede acabar decorando el Centro Okupa de Can Vies, el emblema de la política de vivienda de los ocho años de Ada Colau como alcaldesa de Barcelona.
No es coña, ni intento provocarles una sonrisa. Si no paramos democráticamente a Ernest Urtasun este hombre desmembrará las colecciones nacionales, convertirá a los museos más importantes de nuestro país en un estercolero al servicio del wokismo separatista y acabará con el patrimonio cultural que tantos siglos nos ha costado crear a los españoles. Nos hemos de oponer con toda la fuerza de la razón.
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