Sánchez saca a pasear la momia del PSOE guerracivilista
La farsa en que Pedro Sánchez ha convertido sus mandatos deja en el aire una gran pregunta: ¿se puede gobernar un país como Koldo cuando era portero de noche? Koldo, «un ejemplo para la militancia», según Sánchez, no fue sólo el conductor en la singular road movie que se montó al salir trasquilado de Ferraz. Recuerden que entonces había intentado robar las votaciones en su partido con aquella urna de cartón. Sánchez pudo elegir un final para su escapada como el de Thelma & Louise, pero decidió que lo que tenía que caer al abismo no era él, sino España.
En aquel viaje iniciático del Peugeot, Sánchez se vio trasladado a otra dimensión con aquellas chupas de cuero marrón que lucían él y sus compañeros. Desde entonces, todos los marrones le resbalan, desde la pandemia a la Dana, del volcán de La Palma al accidente ferroviario de Adamuz, de los guardias civiles asesinados en Barbate por el narco a la invasión de Ceuta, del apagón a la inflación desbocada.
Koldo tampoco fue únicamente el conseguidor de amaños de contratos públicos, mordidas y mujeres estabuladas como ganado en un catálogo para José Luis Ábalos. El ex ministro de Transportes, mano derecha del «puto amo», hoy cumple una condena de más de 24 años de cárcel, cinco más que su asesor.
Sí, Koldo fue todo eso. ¿Pero ha podido ser también el auténtico inspirador de las legislaturas de Sánchez? Empezando por el hecho de que Sánchez también cree que en “su” democracia hay derecho de admisión.
Bajo la lucecita de La Moncloa se han urdido todo tipo de tejemanejes para mantener el negocio a cualquier precio, desde la ley de amnistía a las cloacas, pasando por la utilización del fiscal general como ariete contra una rival política.
El Gobierno «progresista» también se ha dado desaforadamente al botellón legislativo, pero de garrafón, con lo que ha agravado los problemas en vez de solucionarlos. Más de mil violadores salieron a la calle o vieron sus condenas rebajadas con la ley del sólo sí es sí. El mercado del alquiler se ha jibarizado en toda España con la ley de vivienda.
La llamada ley de nietos, suspendida cautelarmente por el Supremo, ha dejado la duda de si llegaría también a beneficiar a los descendientes de los partidarios de Juana la Beltraneja e incluso a los del caudillo Viriato. Es posible que puedan aparecer nuevos electores hasta en las simas de Atapuerca. Tanto se iban a desgastar las máquinas de la Fábrica de la Moneda imprimiendo pasaportes que tuvieron que comprar unas nuevas.
Después de degradar la democracia parlamentaria con sus ardides totalitarios, Sánchez ha descubierto que para mantener el negocio hay que extenderlo ahora a la calle. No se contenta con un edificio de Muface como su familia política. Por eso ha hecho acampada en la Puerta del Sol con la obediente sumisión del delegado del Gobierno, el fervoroso admirador de Bildu, para seguir tensando la cuerda del enfrentamiento civil.
Sánchez dijo que pasaría a los anales por desenterrar a Franco, y por lo que será recordado es por haber desenterrado la vieja momia del partido bolchevique que fue el PSOE de los años 30.
En 1978, a la par que Carrillo proponía al PCE que abandonara el término «leninismo», Felipe González se mostró partidario de que el PSOE renunciara al marxismo. La resistencia del partido le obligó entonces a dimitir. No fue hasta 1979, una vez aprobada la Constitución, cuando González consiguió que el PSOE abrazara el socialismo democrático.
Lo que dejan sus mandatos es la inquietante revelación de que el doctor Sánchezstein ha logrado revivir la atávica atracción del socialismo español por los mismos principios marxistas que invocaron tiranos como Castro, Ceaucescu o Kim Il-sung para justificar e imponer sus dictaduras.
Ya confesó Sánchez que su modelo era Largo Caballero, el Lenin español, del que algunos exégetas vienen a convencernos hoy de que su amenaza continua de encender la guerra fratricida no era más que una fórmula retórica. Como fórmula retórica no sé, pero como profecía autocumplida fue todo un éxito, aunque un desastre para España.
Veremos si Sánchez está dispuesto finalmente a abrir el baúl de los recuerdos más tenebrosos de su partido. La revolución sangrienta que en octubre de 1934 montaron los socialistas contra el orden democrático de la Segunda República, fue por no aceptar los resultados electorales que dieron la victoria a las derechas en noviembre de 1933. Desde el mea culpa de Indalecio Prieto no se ha vuelto a oír en el PSOE, que yo recuerde, ninguna otra autocrítica por ello.
No sé si existe una conjunción astral inapelable, al modo de la que proclamaba Leire Pajín sobre aquella joya llamada Zapatero, pero nada impide descartar que Sánchez despierte de nuevo la maldición de un PSOE capaz de todo para no perder el poder. Lo más inquietante es pensar que el partido le seguiría ciegamente en un periplo tan funesto.
Como Juana la Loca con los despojos de su marido, Sánchez paseará por toda España durante la campaña electoral la momia de aquel PSOE guerracivilista que tuvo buena parte de responsabilidad en el fracaso del régimen republicano, la contienda civil y la dictadura.
Ya lo hizo en su reciente mitin en Ponferrada, dividiendo a los españoles en «nietos de los exiliados del franquismo» y «nietos del franquismo», como si él no perteneciera a estos últimos, pues su abuelo materno Mateo Pérez-Castejón, desertor de las filas republicanas, terminó siendo condecorado tres veces en la Guerra Civil por su ardor guerrero como voluntario en la Legión de Franco.
Ante esta apuesta cainita, esta invocación a los fantasmas de las dos Españas, la apelación de Alberto Núñez Feijóo a la España que se construye a diario con el esfuerzo y el sacrificio de todos, ha supuesto un vendaval de aire fresco en este inicio de precampaña.
Compartir metas e ilusiones comunes es la mejor fórmula para animar a los españoles a superar una deriva excluyente y sectaria que levanta muros entre ellos. Un mensaje esperanzador el del líder del Partido Popular, lleno de vitalidad y optimismo, que en nada se parece a lo que Sánchez propone a sus alicaídos seguidores.
A la cabeza de su funesta comitiva, con la que intenta reavivar los despojos del peor PSOE de la historia, a Sánchez se le está poniendo cara de Funeralísimo, como llamaba Rafael Alberti al dictador Franco en sus memorias.
Es de esperar que esta sea la última procesión del Funeralísimo Sánchez, y que se vaya a tomar viento democráticamente con toda su parafernalia de agusanamiento, incompetencia y podredumbre, fiel retrato de lo que ha dejado a su paso su gobierno corrupto, inútil y carroñero.