Sánchez no tiene vida privada
Siempre se ha discutido en la España que todo lo discute sobre la presunta vida privada de los cargos públicos. Un debate tan viejo como el de la obligatoriedad o no de obedecer leyes injustas. ¿Qué prima en conflictos morales, jurídicos o semánticos así? ¿El ejercicio de la responsabilidad pública, con la consiguiente transparencia de todas las acciones y movimientos consecuentes con el cargo, o el derecho a la privacidad, inherente a todo ciudadano, ocupe el sillón que ocupe?
En esa línea debilitada por la praxis corrupta y continuada de unas élites que protegen sus privilegios al mismo tiempo que pagan a sus escribas mediáticos para que defiendan los suyos, la publicación en exclusiva por este periódico de la graduación en Bristol de la hija del presidente del Gobierno ha causado revuelo entre el zurderío patrio, revuelto porque han tocado al muñidor de su alpiste, el moral y del otro. Y se han puesto tan dignos como sus cuentas corrientes.
No hay tema o ámbito donde la doble vara de medición ética de la izquierda no salga a relucir. Ya sabemos que los compradores de rodilleras, esos que un día te hacen ciento doce portadas a un presidente del PP por unos trajes, y al otro te justifican acosos y persecuciones a políticas «fachas» como Cifuentes, Barberá (que en paz descanse) o Villacís, imparten cada día la asignatura de buenismo y superioridad moral con la que justifican sus incoherencias personales e intelectuales, que viene a ser lo mismo para quien nació con la impunidad como divisa y la mentira como patrimonio. En su padrenuestro marxista, lo que vale para sí mismos, porque son de izquierdas, no vale para el resto, fascistas irredentos. Y viceversa.
Argumentan las palmeras del periodismo párvulo y liebres migrañosas que no es de interés público dónde, cómo, cuánto y por qué la hija de Sánchez ha obtenido su título en una de las universidades más conocidas y caras de todo el sistema educativo británico. Olvidan, en su masajeo diario al líder, que la privacidad de su Sanchidad queda en segundo plano cuando, para desplazarse a tan académico acto, usó tres aviones pagados por el contribuyente, desplazó a ochenta personas y no escatimó en gastos y en despilfarrar todos los recursos del Estado para ello. Ahí acaba la supuesta privacidad del jeta climático, cuya huella ecológica de contaminación, sólo con el uso del Falcón, equivale a estar conduciendo un coche durante casi mil años. Pero es del PSOE y de izquierdas, así que, circulen.
En un intento tan burdo como desesperado, los activistas de felpudo intentan humanizar al tipo que menos ha empatizado con el dolor ajeno y más con el poder que amasa y amansa. El autócrata que negó el auxilio a las víctimas de la dana en Valencia y después salió corriendo cuando estas quisieron ponerle en su sitio, que gobierna de manera ilegítima e ilegal, sin presupuestos ni Parlamento, sin apoyos pero con delirios, y que ha hecho del desfalco y el delito público una constante en su vida, pretenden elevarle a padre del año con fotos robadas de su álbum más íntimo, elegido cuidadosamente por Moncloa a gusto de la opinión sincronizada, y todo por acudir a que su primogénita recoja su título, es decir, lo que hacen miles de padres cada año en España, solo que la gran mayoría de los progenitores no pueden permitirse el coste de mandar a sus hijos a estudiar a Inglaterra. Y no pueden porque el señor presidente, que sí puede, les vacía los bolsillos cada año para pagarse los aviones, coches, escoltas y lo que haga falta para uso y disfrute personal.
Como ser socialista es tener poco y dar mucho, envían a la niña a una escuela cuya matrícula y manutención anual representan el sueldo del líder del PSOE. Y todos los españoles, asfixiados a impuestos por ese matrimonio tan dedicado, tienen que creerse que esos fondos han salido del esforzado sueldo de papá Pedro y mamá fanraiser Begoña. «Claro que sí, hulio». Pero no les juzguemos, porque entramos en su intimidad, dicen los guardianes de las esencias pelotas. La vida íntima de Sánchez y señora empieza en su dormitorio y acaba cuando decide movilizar aviones y personal sin fin para viajar a un acto privado, un lujo ya normalizado que le pagamos el resto de ciudadanos, también los que vomitan cada día toda la bilis que Pedro y padre les obliga a esputar contra la democracia.