San Felón de Moncloa
Desde que Marruecos intervino el móvil de medio gobierno español, incluyendo como elemento de chantaje principal el teléfono del autócrata que lo dirige, la política del sanchismo se basó en una constante enmienda a los intereses nacionales, priorizando aquí y en Bruselas lo que Rabat dispone. Se trata del peor ejercicio de vasallaje jamás visto desde el reparto territorial de Europa que el Tratado de Viena proclamó ante los vestigios caducos del imperio napoleónico.
Hace ya ocho años que tomaron corruptamente el poder, y Sánchez y sus camaradas de la Rosa Nostra no sólo han bordeado y hasta conculcado numerosos preceptos de la Constitución en su ominosa década de mandato, sino que, tras los últimos acontecimientos ocurridos en nuestras fronteras africanas, han incurrido en la violación de otros dos artículos del Código Penal, en concreto el 482 y 484, que hacen referencia a la pena de prisión por facilitar al enemigo la entrada en España o la toma de una plaza, amén de falsear o inutilizar información clasificada como secreta con el propósito de favorecer a una potencia extranjera con intención de perjudicar la seguridad y defensa nacional. Es decir, lo que Sánchez, arrodillado por su infectado móvil, ha permitido a Mohamed VI.
En cualquier país democrático, con instituciones sanas y que no bordeen el Estado fallido, cada uno de los integrantes del actual consejo de ministros (más los inquilinos anteriores) sería juzgado, condenado y no indultado. Aquí no sucederá, porque el muro construido por Sánchez hace que la mitad de la nación, quien le vota y quien la odia, admire y tolere sus infamias y tropelías como Comendador de los Creyentes, lobotomizados por la propaganda o adoctrinados por la subvención. En su almíbar orwelliano, se sientan ante el No-Do de José Pablo y sus buleros para aplaudir a quien entrega la nación que gobierna a sus peores enemigos, una España hoy huérfana de aliados internacionales solventes y expulsada de todo foro político y económico de importancia.
El gobierno socialista ha facilitado una invasión a sabiendas de sus consecuencias, que ya sufren las arcas públicas y las calles del país. Incapaces de frenar la enésima declaración de guerra de Marruecos, San Felón de Moncloa y su bufón de Exteriores, Sacarino Albares, pretenden desviar la atención prohibiendo a los ciudadanos italianos la entrada en España, en réplica cutre a lo que antes hizo Meloni, si bien la premier transalpina argumentó bien la posición diplomática (invasión de ciudadanos marroquíes por las porosas fronteras españolas) y Sánchez sólo expone un esperpéntico arrebato de tirano malcriado.
Su política antioccidente nos sitúa como un paria mundial, sometido al aplauso de grupos terroristas, socios separatistas y aliados de repúblicas cocoteras, destinos a los que se irá Sánchez con Begoña y su hermano, el asesino de Mozart, a disfrutar de su fortuna y patrimonio, obtenidos a base de corruptelas y prostíbulos, mientras España se deshace entre moros subsidiados, políticos comprados y una élite económica tan cobarde como cómplice. A menos, claro, que la justicia lo impida y la oposición no se acompleje. Sólo falta ver al pueblo gritar de nuevo «¡Vivan las cadenas!» para que la farsa se haga comedia.
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