Retos, duelos y desafíos
En mitad de la plaza, con todos los testigos posibles, un hombre reta a otro a calzón quitado. Sus palabras se expanden como un sonda sin límites. Como una ola que golpea mar a dentro. Borja Jiménez y Andrés Roca Rey.
Fueron poco más de unos segundos. La duda. El revuelo. La espera. Y ante semejante reto –descarado, directo– el silencio. Pero siendo el silencio la palabra sin voz, recuerdo como resonó hasta en las gradas más altas.
Sin retos no hay progreso. Sin duelos no existe el liderazgo. Sin desafíos no brota la seguridad en uno mismo. De ahí que comprensiblemente, hoy en día, todos estén mal vistos, sean incómodos e incluso censurables.
Porque en todos ellos hay una intención de presumir de hombría, de pretender sobresalir por la valía, mostrar que uno es mejor que el otro a plena luz. De frente. Sin artificios. Uno a uno. Cuerpo a cuerpo. Porque el reto responde a la naturaleza del hombre. Es -o más bien era– la base de sus relaciones sociales.
Las peleas de gallos son el alter ego de dos machos en la lidia. Como lo son, en cierta manera, el boxeo, las justas de versos, el recorte y los encierros, el toreo… Expresiones culturales que reflejan de manera evidente lo que late en el corazón del hombre con naturaleza guerrera que expone, por medio del juego, su –y la– verdad.
‘Retar’ proviene de reputare. Reta quien desafía a competir en cualquier terreno. ‘Retar’ y ‘reputación’ comparten la raíz latina, porque quien reta compromete la reputación del retado y del retador. El reto, por así decir, tiene la capacidad de hackear ipso facto el orden establecido. El reto siembra el caos en el corral de los gallos. Y digamos que el reto tiene un aura mágica: en el momento en que se pronuncia se convida al otro, que solo tiene dos opciones: aceptarlo –por su honor– o rechazarlo –y perderlo–.
Por eso, el toreo sin el galleo sencillamente no es. Lo que se vivió en el albero de Las Ventas este pasado jueves entre Borja Jiménez y Andrés Roca Rey, hacía mucho que no se veía. El sevillano, uno de los triunfadores de la pasada temporada, retó al peruano, considerado por los cronistas como uno de los mejores toreros del momento.
«Quiero decir algo, ahora que he visto la imagen. Andrés Roca Rey como máximo protagonista de este cartel [de San Isidro] quiero invitar a que toree conmigo la corrida de Vitorinos [de la feria de Otoño], ya que es el protagonista de Madrid». Estas fueron las palabras literales de Borja Jiménez con las que le llamó al duellum –el combate entre dos–.
Con esta provocación, el de Espartinas honró la estirpe. Desafió al orden establecido por medio de la ley de duelo. Y no sólo interpeló a Roca Rey, sino al resto de toreros recordándoles que el galleo es un arte que basamenta el principio de la tauromaquia. Sin gallos, no habría toros ni mucho menos podrían existir los toreros. «¿Y ahora qué?», nos preguntamos. Pues eso, ¿ahora qué, maestro?
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