A que no hay pelotas

Tómenselo por el lado bueno. El eventual regreso de Puigdemont tras la decisión del TJUE tiene dos aspectos positivos. El primero es que confirma que el procés ha acabado en nada. Lo único que han conseguido es la amnistía. Para este viaje no hacían falta alforjas.
Ustedes no se acordarán. Pero estos que ahora dicen que es una «victoria» son los mismos que prometieron la república catalana a los 18 meses en julio del 2015. Durante un acto solemne en el Museo de Historia de Cataluña. Yo estaba cubriendo tan magno acontecimiento.
Fue la primera -y hasta ahora última- coalición entre CDC y ERC. La bautizaron con el nombre de Junts pel Sí. No confundir con Junts per Catalunya. Los postconvergentes se apropiaron luego de la marca. En la foto salían, de izquierda a derecha: Oriol Junqueras, la desaparecida Muriel Casals (1945-2016), Raül Romeva -que iba de número uno- Carme Forcadell y Artur Mas.
El programa electoral preveía un gobierno de unidad; la declaración de independencia, elecciones constituyentes, una nueva Constitución y el correspondiente referéndum para aprobarla. Iba a ser coser y cantar. Un camino de rosas. Pan comido. La UE nos acogería, además, con los brazos abiertos. El Estado tampoco haría nada. Se quedaría con los brazos cruzados. Teniendo en cuenta, por otra parte, que el Estado no es solo el Gobierno. Es también la policía y la Guardia Civil, jueces y fiscales, el CNI, las embajadas, el BOE y el control del DOGC si hace falta vía 155.
Iban tan de sobraos, que el reloj empezaba a contar la misma noche electoral: el 27 de septiembre del 2015. Ni siquiera cuando fuera elegido el nuevo presidente de la Generalitat. Luego, como saben, la cosa se complicó. La CUP vetó a Mas y tuvieron que poner a Puigdemont, que no fue elegido hasta el 10 de enero del 2016.
Artur Mas había convocado las elecciones dos semanas después de la Diada para calentar al personal. ¡Pero las anunció a mediados de enero de ese año! Fue la precampaña electoral más larga de la historia. Los que no iban en las listas empezaron a buscarse trabajo antes de hora. Y los que iban, a dar codazos, para ir en un sitio de salida.
En resumen, la amnistía es la constatación del fracaso. Digan lo que digan. Incluso como sociedad. Por supuesto, de esa clase político-mediática que nos empujó al precipicio. Digo mediática porque muchos colegas de profesión -sobre todo estrellas como Jordi Basté o Mònica Terribas- se apuntaron a ciegas. Eran de los que echaban leña al fuego. El periodismo es contar las cosas como son.
Por eso, aunque digan que lo volverán a hacer, lo dudo mucho. A pesar de las muchas facilidades que ha puesto Sánchez con la supresión de la sedición, la reforma de la malversación, los indultos y la ley de amnistía. No hay cojones. Querían una independencia gratis total. Sin sacrificios personales. Cómo jugar a la Play.
Hay otro detalle importante. Cataluña ha cambiado. Carles Puigdemont lleva casi diez años en un casoplón en Waterloo rodeado de zonas verdes. De hecho, volverá en el peor momento para su partido. Sí, lo pasearán por TV3 y el último pueblo para exprimirlo como una naranja. A ver si enderezan las sombrías expectativas electorales. Pero ya no es el presidente «legítimo», que decían. Ni siquiera el «presidente en el exilio». De hecho, en la Generalitat, ahora hay un socialista. Ni siquiera es indepe.
En el último barómetro de la Generalitat, la principal preocupación de los catalanes era el acceso a la vivienda. Luego la inmigración y la inseguridad ciudadana, que va en muchos casos ligada a la primera. Las relaciones Cataluña-España -es decir: la independencia- iba en última posición con solo un 2%.
No solo eso, sino que, según el mismo sondeo, en las elecciones al Parlament, Junts perdería más de la mitad de sus escaños: de 35 a 15 o 16. Quedarían por detrás del partido de la alcaldesa de Ripoll, que subiría de dos a 23 o 25. En las elecciones generales la cosa no pintaba mucho mejor. Los adelantaría Vox, que pasaría de dos escaños a seis o siete. Mientras que ellos bajarían de siete a cuatro o cinco. Lejos, por ejemplo, de los 16 que consiguió Duran i Lleida en las elecciones del 2011. En la época del peix al cove.
Insisto, es una encuesta, y siempre digo que no creo en las encuestas, pero el barómetro del Ayuntamiento de Barcelona de la misma semana marcaba la misma tendencia. En este caso, caerían de primera fuerza política a sexta. Encajonados entre el PP y Vox. Con apenas un 2,5% de intención de voto tras haber obtenido el 13,5%.
Soy incapaz de ponerme en la cabeza de Puigdemont porque no soy psiquiatra. Pero cuesta de creer que, con estas perspectivas, se presente de candidato para encabezar el cuarto grupo parlamentario de la cámara. Más vale que se dedique a la petanca o a la familia, que tantos años fuera también pasan factura.