Opinión

El PSOE es Franco

A fuer de ser repetitivo, vuelvo a recordar ese axioma tan utilizado en comunicación política que tuvo su origen en el celebérrimo libro del lingüista Lakoff No pienses en un elefante. Tal aserto se resume así: si no quieres que nadie piense en un tema, sitúalo en el discurso sin cesar, sobre todo si con ello impones un relato que hará daño a tu contrincante político. Esta forma de entender y hacer en política ha sido tradicionalmente usada por los partidos de izquierdas, con especial profusión en España el PSOE, el de antes y el de ahora, que es el mismo, aunque intenten hacernos ver que con Pedro Sánchez ya es otra cosa.

Bajo esa técnica, tan manoseada como efectiva, se prestan los palmeros de carnet que viven a sueldo de Ferraz a convencer a la opinión pública que cuando la izquierda llama al pueblo a manifestarse es democracia, mientras que cuando el pueblo se convoca o es convocado contra la izquierda es fascismo.

Tamaña perversidad semántica y léxica es lo que vine a denominar fentanilo socialista, la droga de consumo que inhalan millones de españoles que votaron en julio sí al privilegio en nombre del progreso y han avalado la destrucción de la democracia en nombre de la democracia misma. Tal confusión mental sólo obedece a esos zombies ideológicos que se mueven por lo que el partido, Gobierno o Estado es capaz de ofrecerles. Cuando no le convocan para alzar su puño del bolsillo y su culo del sofá, quietud y silencio, que su intelecto no se alimenta por sí mismo.

Lo cierto es que al régimen empiezan a temblarle los votos. Por las botas. El dictador que gobierna aún no tiene garantizados los primeros por parte del prófugo que necesita para gobernar, quien, con su negativa, haría caer a todo un partido. Las botas que temen en el PSOE no son las que con malicia alimentan sus esbirros mediáticos en tribunas goebbelsianas, escritas y audiovisuales, sino las de un pueblo que empieza a reaccionar.

La historia está llena de respuestas sociales ante el poder, de revoluciones burguesas y populares que salen a incendiar de indignación las calles cuando entienden que no tienen nada que perder porque están a punto de perderlo todo. Los estrategas de Sánchez -¡señor, sí señor!-, han dado la orden de pasar a la fase dos, esto es, proyectar sus miserias en el contrario, al que acribillan con esas mismas etiquetas con las que implosionarían si se les adjudicasen a ellos.

Cuanto Patxi López, de profesión vividor, atribuye a prácticas nazis manifestarse de forma pacífica delante de un emplazamiento, está en ese mismo momento imitando el fascismo que dice condenar, pues en todo régimen totalitario lo primero que hacen sus muecines es atribuir al adversario político o ideológico las mismas acciones que el régimen practica y predica de continuo.

Por eso hay que apretar. Como dijimos en estas páginas, las concentraciones de rechazo, repulsa y rebeldía deben hacerse frente a las sedes de los que están dando un golpe de Estado para proteger otro. Y a ello está la España que ni se resigna ni quiere que hablen en su nombre los que han decidido vender la nación y la democracia por la calentita y siempre reconfortante poltrona. España no debe hacerse responsable de que el PSOE haya decidido representar el papel que en las dictaduras de corte soviético ejecutaba el llamado Partido, un entramado de servidumbre al servicio de un líder mesiánico que somete todo a su objetivo divino: el poder.

Pero si a los socialistas les molesta que les comparen con Franco, procedamos más que nunca a insistir en la comparación. No se ha vivido en España una voladura del Estado de derecho que merezca la respuesta de la sociedad desde que la dictadura dio paso a la democracia, en ese tránsito perfecto de la ley a la ley. Ahora, la única norma que impera es la que el sanchismo impone de forma constante y sonante, y quien se atreva a protestar por el derribo de todo cimiento democrático y libre es acusado de colaboracionista con el fascismo y de obstáculo para el progreso (su progreso).

Hay que convenir que progresista empieza a significar lo contrario de lo que dicen sus palabras y lo correcto en aquello que sus actos reflejan. Ser progresista es hoy defender de manera reaccionaria el integrismo ideológico, la suma de privilegios frente a la igualdad de derechos y la España xenófoba, clientelar y ultra frente a la nación de ciudadanos libres.
Una vez sientan, Gobierno y diputados, la presión social que obliga a señalar a quienes con su voto abdican de defender la integridad territorial, la democracia y el Estado de derecho, el siguiente paso es organizar políticamente a la oposición en un frente unido constitucional y solicitar a todos los colectivos damnificados por esta deriva iliberal que impulsen una huelga general en sus respectivos sectores.

La alternativa al PSOE no es volver a Franco. El PSOE es Franco. Igual de dictador, igual de intervencionista, igual de controlador, igual de propagandista, igual de liberticida. No hay partido que se asemeje más a Franco y a la Falange, en programa y actitudes, que el PSOE. Y por ello hay que cambiar el marco discursivo impuesto. Repetirles todos los días lo que son y lo que hacen. Hasta que rectifiquen. Sobre todo, si rectifican.