Opinión

El príncipe inglés en el harén de Epstein

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Ya no son sólo disculpas ni proclamaciones de inocencia del estilo de: «Reconozco que conocía a Jeffrey Epstein desde hace veinte años, hacía negocios con él, fui invitado en su avión a su isla quince veces, pero nunca vi nada sospechoso». La Policía británica ha detenido a Andrés, hermano del rey de Inglaterra, en su residencia privada y el día de su cumpleaños, por una investigación de mala conducta en cargo público, originada por los archivos del pederasta Jeffrey Epstein.

Aparte de pruebas (fotos y correos) que muestran al lujurioso Andrés con mujeres en posiciones comprometedoras, éste podría haber entregado a Epstein informes confidenciales, que es el motivo de su arresto.

Andrés ya fue desposeído de sus títulos en 2025 y ahora puede enfrentarse a un juicio. Ésta sería la manera en que la casa real británica tratase de salir de semejante embrollo, de manera parecida a como la casa real española trató de recuperarse del descrédito causado por la vida privada de Juan Carlos I con la abdicación de éste.

El primer ministro británico, el socialista Keir Starmer, declaró que «nadie está por encima de la ley». Otro intento de esquivar responsabilidades, porque el ciudadano británico con vínculos más profundos con Epstein es Peter Mandelson, ex ministro, ex comisario de la UE y ex embajador del Reino Unido en Washington, cargo para el que le nombró Starmer el año pasado, cuando ya se conocía su peculiar amistad con el pederasta.

Mandelson persuadió al entonces primer ministro Tony Blair para que recibiera a Epstein; estuvo en su piso de París, con mujeres jóvenes (alegó que no sabía nada de los gustos de su anfitrión porque es homosexual); y le filtró documentos internos del Consejo de Ministros británico.

El asesor íntimo de Starmer y jefe de gabinete de su oficina, Morgan McSweeney, dejó su puesto a principios de mes por haber recomendado a Mandelson como embajador. El escándalo está creciendo tanto que ya dentro del Partido Laborista se habla de una dimisión del primer ministro.

Si un español se informase sólo por la prensa y las televisiones de los grupos de comunicación, creería que en los archivos de Epstein sólo están Andrés Mountbatten-Windsor, su antigua esposa, Sarah Ferguson (fue con sus hijas a la casa de Epstein cuando concluyó su suave prisión domiciliaria), Mette-Marit Tjessem, princesa por su matrimonio con el heredero de la corona de Noruega, Elon Musk, Donald Trump y algún que otro juerguista.

La verdad es que aparecen cientos de nombres de la política, las finanzas, la universidad o el cine, y de Estados Unidos, Europa, Canadá y otros países. Porque el vicio y la avaricia no son monopolio de los occidentales. Por ejemplo, modelos que servían de gancho para secuestrar a adolescentes que soñaban con la fama y ricos sin los cuales toda teoría de la conspiración queda incompleta, como los Rothschild y Bill Gates. Muchos correos contienen comentarios de Epstein con amigos y con profesores y médicos sobre eugenesia, manipulación de ADN y creación de una «raza superior» y planes para aprovecharse de guerras en curso.

Las adolescentes y jóvenes, incluso niñas, con las que los huéspedes de Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell se divertían, no eran sólo un premio, o un cebo, sino también una trampa. El financiero y su socia y alcahuete (hija del multimillonario dueño de varios medios de comunicación Robert Maxwell) disponían así de medios de chantaje para usar en su beneficio, el de sus amigos o el de sus protectores, porque cuesta creer que semejante red de depravados y pederastas no llamara la atención de ningún servicio de información.

En Estados Unidos, donde al final han coincidido republicanos y demócratas en desclasificar los documentos, éstos apenas han producido todavía más que disculpas públicas, como las de la esposa de Noam Chomsky en nombre de éste o del político israelí Ehud Barak, y algunas dimisiones, como la de Kathy Ruemmler, directora jurídica de Goldman Sachs, que antes fue asesora legal de la Casa Blanca durante la presidencia de Barack Obama.

Se señala al FBI por no haber investigado el rancho Zorro, en Nuevo México, propiedad de Epstein, donde, aparte de ser escenario de orgías, podría haber servido para enterrar cuerpos de mujeres asesinadas. Las autoridades federales no han realizado allí ninguna investigación. De continuar la presión, quizás lo hagan, así como podrían difundir el resto de los correos que quedan, aunque la ministra de Justicia de Trump, Pam Bondi, ha afirmado que no hay nada de interés.

A la vez que se detenía al hermano del rey de Inglaterra, se conocía la condena a prisión perpetua del ex presidente de Corea del Sur Yoon Suk Yeol, juzgado por intentar un golpe de estado en diciembre de 2024. Previamente, habían sido juzgados varios ministros y altos cargos de su Gobierno. Hasta su esposa, Kim Keon Hee, también está en prisión, cumpliendo una condena de un año y ocho meses por recibir regalos de la secta fundada por Sun Myung Moon.

El martes 17, el Congreso peruano destituyó al presidente interino José Jeri por sospechas de tráfico de influencias. En Perú, todos los presidentes desde 1990 han sido juzgados, o destituidos o encarcelados por diversos cargos, desde golpes de estado, como Alberto Fujimori, ya muerto, y Pedro Castillo, a sobornos y lavado de dinero, salvo Alan García, que se suicidó antes de ser detenido.

España, por el contrario, resiste esta ola de, como dirían los tertulianos de izquierdas y los catalanistas, «judicialización de la política». La partitocracia, cuya columna vertebral es el PSOE, ha conseguido blindar a sus dirigentes, de manera que ministros como Óscar Puente y Teresa Ribera, por cuya gestión han muerto docenas de españoles, y Grande-Marlaska, que tenía como alto cargo a un violador, siguen impunes, rodeados por jenízaros dispuestos a inmolarse por ellos. No es para estar orgullosos de «la democracia que nos hemos dado».