Opinión

Otegi el rockstar

Estaba todo listo en el Parlament para que Otegi fuera recibido con los honores de un “hombre de paz”, porque aquellos que podían disputarle el privilegio y los galones llevaban tiempo enterrados con un tiro en la nuca. Debió ser realmente extenuante enterrar selectivamente a aquellos 856 aspirantes. Así que, tras los méritos acumulados por el abertzale, no hay nada extraño en que un etarra ascendido a “hombre de paz” aproveche su oportunidad tras haber cumplido seis años de condena por pertenencia a banda armada. Como tampoco lo hay en que una manada de terroristas históricos de Terra Lliure que habitan las CUP, una ERC con 21 diputados en Junts pel Sí y una Asamblea Nacional Catalana trufada de antiguos Escamots, sean las groupies entusiastas del rockstar batasuno. Porque cualquier imbécil subsidiado por el independentismo elegiría una cita con Otegi o un concierto de Los Chikos del Maíz antes que apoyar a las víctimas de ETA o irse a ver a Bruce Springsteen el pasado martes en Anoeta. Quizás la siguiente escalada en su pomposa estupidez será pedir a WhatsApp un Otegi-Emoji.

Y disculpen mi incontinencia verbal, pero es que tampoco resulta extraño que los 30 burgueses de Convergencia i Unió integrados en el Parlament no tengan más tarea que la de calentar la cama de proetarras y benefactores del lobby independentista, procurándoles el gozo con el exquisito celo de una prostituta, cuyo oficio es, y salvo en esta excepción, infinitamente más digno. No obstante, conviene recalcar que sus líderes, David Fernández, Anna Gabriel e incluso el propio Pablo Iglesias, no fueron los neófitos convertidos en primer lugar al Otegismo, y mucho menos sus eruditos, porque, como dice la recién elegida Premio Nobel de literatura Svedana Aleksiévich, los verdaderos responsables del triunfo del mal no son sus ciegos ejecutores antidemócratas, sino los clarividentes que sirven al bien.

Y al bien y a la paz decía servir Rodríguez Zapatero cuando, con suma exquisitez en la profesión del oprobio a las víctimas y a nuestra sociedad, protagonizó el primer blanqueo dantesco de la historia de nuestra democracia a un etarra en un plató de televisión, frente a Pedro Piqueras y ante millones de españoles, en 2007: “Arnaldo ha hecho un discurso por la paz y por abrir una etapa distinta en Euskadi”. Y fue tan obsceno que incluso incluyó el tuteo. Le siguieron las loas de Otegi a Jesús Eguiguren, expresidente del Partido Socialista de Euskadi y compañero de sopas de Josu Ternera, a Patxi López, ex presidente del Congreso de los Diputados, y al propio Zapatero, en justiprecio a la pátina de demócrata proporcionada por el ex presidente justo cinco años antes de convertir a los terroristas en funcionarios con el favor de siete jueces con carnet socialista que estrenaron una modalidad distinta de “puerta giratoria”: la que permitía que aquellos que habían intentado volar por los aires las instituciones democráticas durante décadas pudieran vivir profesionalmente de ellas.

Otegi no ha pedido perdón a las víctimas. Jamás. Ni ha querido en forma alguna curar sus heridas mientras ven como la defensa de la dignidad de sus familiares es un prurito en el trasero de nuestros políticos. Como una corriente demodé. Como dejar atrás las hombreras y los pantalones chipie acampanados para enfundarnos en lo que se lleva para molar en los nuevos tiempos. En el merchandising etarra asimilado por nosotros mismos. El que habla de conflicto, guerra, paz y presos políticos. Como si Múgica, el profesor Broseta o el resto de las 900 víctimas hubieran podido defenderse con una estilográfica, un periódico o un paraguas. Como si a muchos de nosotros todavía nos importara. Eso es lo extraño.