Opinión

Máximo Décimo Meridio tenía razón

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

«¿Y qué es Roma, Máximo?», pregunta el emperador Marco Aurelio, como si fuera un desanimado progresista europeo, a su general en la película Gladiator. Máximo responde sin dudar: «He visto gran parte del resto del mundo. Es brutal, cruel y oscuro. Roma es la luz».

Occidente es la luz. Nos reímos mucho en su día cuando Borrell dijo de Europa que era «un jardín» frente a la selva que es el Tercer Mundo. Pero hay mucho de eso.

El efecto llamada, esa verdad de Perogrullo que intentan negar los que nunca negarían que la publicidad aumenta las ventas, depende de muchos factores: facilidad de entrada, oportunidades de promoción laboral, servicios sociales… Pero el principal es el propio escaparate de lo que somos, las sociedades que hemos construido a lo largo de siglos. Vienen porque aquí la vida funciona.

Muchos creen que bastaría con cortar las paguitas para que todos volvieran a casa. Y, sí, volverían muchos, pero también seguirían llegando miles. No porque prevean hacerse ricas, sino porque aquí abres un grifo y sale agua, hay luz de noche, la policía no suele pedirte coimas: esos pequeños detalles que en sus países de origen son raros. Hablo de países como Burkina Faso, Mali o Sudán. Para este grupo de inmigrantes, llegar a España es llegar a un lugar donde el ciudadano vive la mayor parte del tiempo sin tener que negociar con el caos.

Estas cosas, los europeos las damos por supuestas, porque hemos nacido en el jardín. Nos parecen tan naturales como el aire. Pero son un privilegio, una catedral civilizacional que ha llevado siglos levantar. En el África subsahariana, un apagón puede durar días, un funcionario puede bloquear cualquier trámite hasta recibir un soborno, una carretera asfaltada es una excepción, la incertidumbre forma parte de la rutina y la arbitrariedad acompaña casi cualquier relación con el poder.

Ese es el verdadero efecto llamada. No el dinero. Ni siquiera las ayudas. La posibilidad de vivir en una sociedad donde el orden ha derrotado, al menos en gran medida, al caos.

Y ahí reside la paradoja que casi nadie quiere plantear: esa forma de vida no está garantizada para siempre. Ninguna civilización conserva indefinidamente aquello que deja de proteger. Si incorporamos de manera masiva poblaciones procedentes de sociedades muy distintas sin conseguir que adopten los valores, las costumbres y las reglas de convivencia que hicieron posible Europa, no estaremos exportando nuestro modelo. Estaremos importando, poco a poco, el suyo.