Malnacidos y mentirosos
No vale todo en política. Utilizar a los muertos para ganar adeptos a una determinada iniciativa o movimiento —en este caso independentista— es de las acciones más ruines y miserables que pueden desarrollar los representantes públicos. Este tipo de inmundicia ética y moral ha inundado el contexto institucional en Cataluña tras los atentados de Barcelona y Cambrils. Una realidad que hubiera dejado al mismísimo Maquiavelo en mero aprendiz de manipulador. Independentistas de todos los signos no han dudado en hacer de la sangre y el terror un pretexto para tratar de legitimar su verbena golpista del próximo 1 de octubre. En esta campaña de la infamia, con un nivel propagandístico a la altura de los peores regímenes totalitarios, la mentira ha marcado el contenido de unas declaraciones que poco a poco han aumentado su grosor hasta llegar a un nivel insoportable. El catedrático de la Universidad Pompeu Fabra Ferran Requejo ha traspasado todos los límites al acusar al Gobierno de permitir los atentados para que los Mossos fracasen.
Una falacia carente de todo crédito que sigue la senda kamikaze del jefe de prensa de Diplocat. Martí Escruch ya aseguró esta misma semana que «el Estado prefiere poner en peligro vidas humanas antes que la unidad de España». Esas graves acusaciones no sólo atacan al Ejecutivo sino a las admirables Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que, junto con los Mossos, han hecho todo lo posible por mitigar en lo posible la tragedia. Este clima de falacias y ataques infundados nos hace más débiles y vulnerables como país ante un enemigo común que debería unirnos como nunca. Lejos de eso, los pirómanos políticos que campan al otro lado del Ebro siguen incendiando nuestro día a día en vez de colaborar para que la prevención suponga un escollo cada vez más insalvable para los asesinos de la yihad.
Afortunadamente, tenemos un jefe de Estado que siempre está a la altura de las circunstancias. Felipe VI acudirá a la manifestación de Barcelona a pesar de las abyectas coacciones —rozando incluso la categoría de amenaza— que ha recibido por parte de los integrantes de la CUP. Podemos, por su parte, ha echado leña al fuego. Su delegación en Barcelona ha pedido que el Rey no asista a la marcha. Deseo que, obviamente, no ha encontrado amparo. El Monarca estará en la ciudad condal como máxima figura representativa de esa España que sí cree en la unidad y en la solidaridad del Estado frente a la barbarie.
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