España, la Reconquista del Imperio futbolístico
Que sí, que España ha ganado el Mundial de fútbol, que hemos derrotado a Argentina en la final. Que las calles son un estallido de júbilo, una exaltación de patriotismo y que sólo la cuadrilla de bobos habituales no está celebrando a esta hora que España ya luce su segunda estrella en el pecho. Lo que era un sueño se ha hecho realidad.
La Selección nacional —un equipo, en el sentido más literal del término— le ha regalado a España una de esas hazañas que tienen lo mismo de épica que de innata humanidad, porque la pasta de la que están hechos los de Luis de la Fuente es una mezcla perfecta de plenitud técnica, bonhomía y sacrificio, la fórmula magistral del éxito. Y la pizarra de De la Fuente es mágica, un prodigio que eleva al seleccionador nacional a la categoría de superhéroe, sin capa, que ni falta que le hace. Un reducido grupo de españoles orgullosos de serlo ha ganado por segunda vez en su historia el Mundial de fútbol, la competición deportiva más prestigiosa del planeta, y le ha insuflado a una nación descangallada —tomamos prestado, sin acritud, el lunfardo argentino— un chute descomunal de autoestima. Esta España sí que va como un cohete y no la que nos venden los mercachifles.
En suma, que en cuestión de un mes hemos pasado de abrazarnos a un sueño a despertarnos abrazados del sueño, unidos en un estallido de fervor patriótico que rompe muros y barreras territoriales e ideológicas. Qué grande es ser español y, sobre todo, qué grande es sentirse español. Claro que para ello es necesario que el superhéroe sin capa, con sus dos docenas de soldados, haya vuelto a reconquistar el imperio futbolístico. Que sí, que hemos ganado a Argentina, que somos campeones del mundo y que, al mirar al cielo -hagan la prueba-, brillan dos estrellas con los colores de la bandera de España.