Jésica, meritocracia sentimental y amor en B
«¿Usted no hizo nada en dos años?», pregunta flemático el juez. «No», responde ella. La claridad desarma cualquier intento de interpretación. No hay eufemismo posible. No es un supuesto discutible, ni una función difusa. Es la nada fascinante en toda su extensión. Una nada con nómina, que ya quisiera para sí cualquier filósofo existencialista.
Hay personajes que no son protagonistas, pero sin los cuales la trama no se entiende. Tras varios días, han desfilado por el juicio la exmujer de Koldo, la de Adif y una presidenta autonómica, por escrito, entre otros. Han saltado los chalets sin dueño, los «cariños» y los whatsapps que nadie recuerda haber escrito, donde la imagen mental que sigue girando es la de Jésica, peluca, gafas… A veces los secundarios tienen más recorrido que toda la cartelera, aunque no hagan nada en un piso con vistas, que es donde la nada se lleva mucho mejor.
El caso ofrece algo ultraliterario y no es el sexo ni la corrupción, sino la fantasía costumbrista del ascenso social. La desprotegida que vive con su abuela en Navalcarnero, vende lo que puede y estudia (pa’ dentista); un ministro cenicienta que viene de maestrillo y se promete (a sí mismo) viajes y fantasías protagonizadas por langostas y jóvenes accesibles; un portero de provincias que se ve manejando demasiado rápido lo que parece llover sobre sus manos toscas, del cielo.
Y el piso más hortera, caro y mal pagado llega para la Caperucita (que se ve primera dama), su ego apaleado y su gato, con vistas al gran cortijo madrileño y 2.700 euros al mes. «Nuestra casita de novios». Y toda la ternura del desastre: llamar «casita» a un lugar pagado con el mismísimo, y nuestras mascarillas. No es la corrupción en sí, pero es su consecuencia más humana, más reconocible y corrosiva.
Lo hermoso, poéticamente hablando, es el punto exacto donde el BOE se convierte en cama, incluso cuando el (contrato) amor expiró. Jésica dice que la (colaboración) relación se fue a la mierda cuando entendió que Ábalos nunca se divorciaría. ¿No se fiaba de ella? ¿No estaba suficientemente enamorado? Ella, que ya ha nadado en aguas muy frías, acepta el final, pero se queda el piso por la fuerza, «por la decepción amorosa», añade. No es una cláusula penal, es una indemnización por ruptura en especie.
Luego está la parte prosaica, que es la que le interesa al Supremo, pero a nosotros no. La UCO sabe que no era el ministro encoñado quien aflojaba, sino Aldama y su troupe, «chistorras» y «lechugas».
En España hemos pasado la historia diciendo «me invita él». Lo del caso Koldo no es que un hombre pague el piso de su amante, eso lo conocía ya Galdós, sino que el recibo lo carguen a la cuenta del Covid.
Otros personajes intentan competir con nuestra Jesi en glamour y drama. La ex mujer de Koldo, disfrazada; Pardo de Vera, requemada (que sólo «pasó un currículum»). Y Armengol con su pelota de playa… Jésica es más visible porque humaniza la trama, y llora, en un entorno artificial, donde todo está lubricado por el dinero.
Y esa mezcla de ingenuidad con jeta de la chica de Navalcarnero mirando por la ventana de Plaza de España, captura el espíritu del caso: dentista, azafata de imagen, relación «particular». El juicio acabará dictando sentencias penales donde ella es una sentencia estética sobre cómo se vive el amor alrededor del poder, mientras debajo del parqué crujen las facturas públicas. Jésica no es un accesorio, es un síntoma.