La gestión no gana campañas, pero cuesta vidas
En el PP siempre han gustado presumir en campaña electoral de ser buenos gestores. Es un mantra que repiten en Génova desde que Aznar convenciera a Anguita sobre su programa de gestión, más beneficioso para los intereses de España que la pinza que provocaría la continuidad corrupta de los gobiernos de González. Desde entonces, no hay elección que no marque la gestión como punto de partida del reseteo total que necesita el país cuando pasa el socialismo Nerón por las administraciones.
Una vez más, y ante las tragedias ferroviarias provocadas por la corrupción, incompetencia y negligencia del Gobierno de Sánchez, Feijóo alza la voz de la gestión pública como aval de confianza ante una ciudadanía que nada entre la abulia, la indignación y la violencia. Y aunque la gestión nunca ganó unas elecciones nacionales, desde que Quinto Tulio Cicerón escribiera su ‘Breviario de campaña electoral’, todo ha sido pura gestión… de las emociones, de los sentidos y de los estados de ánimo, lo que ha llevado a vendedores de crecepelo y gurús tintados a imponer, en su ego esquizofrénico, un modelo de Estado basado en controlar a la opinión pública a base de relatos milongueros y narrativas de parvulario. Un formato de comunicación política que ya sólo compran los que se dejan vender.
Por esa razón, la izquierda gobierna más que la derecha: no le importan los hechos, sino cómo la gente percibe esos hechos. Lo relevante no es la verdad, sino que lo que se cuente sea verosímil. Y como saben del alcance de sus políticas destructivas y nocivas en materia de educación, conocen las consecuencias de diseñar ciudadanos acríticos y sin capacidad de pensamiento y reflexión. Ahora les dicen a su tropa recostada que el sistema ferroviario es privado y que la culpa de las tragedias de Adamuz y Urda obedece a ello. Y las cacatúas zurdas, votantes y servidores de la prensa, replican la falsedad en una nueva demostración de estupidez soberana y subvencionada.
La diferencia entre los modelos de Estado es significativa, pero más cuando se trata de controlar la narrativa que escucharán los votantes. La izquierda te dice: no importa que los colegios se caigan a pedazos, que los hospitales colapsen y las listas de espera sean interminables, o que la burocracia funcionaria acabe con la paciencia del más calmado. Porque, a pesar de nuestra incompetencia, tu puesto y subsidio están garantizados. Y si ejercitas el activismo a mi favor, te caerán aumentos de sueldos y liberación sindical. La derecha aún no ha sabido desmontar ese relato, tan trilero como efectivo, que lleva a millones de personas a creer que votar por intenciones les traerá más beneficios que hacerlo por resultados.
La España destruida por Sánchez exige y necesita gestión: cualquiera que sea, será mejor que la que hemos tenido. Porque no hemos tenido ninguna. Y en esa búsqueda del modelo más favorable, hay que exigir al gobierno que venga a desmontar primero la arquitectura parasitaria que ha depredado las arcas públicas y al ejército de inútiles que está matando ciudadanos por su voraz apego a la negligencia.
La mejor gestión de PP y Vox no será sólo poner al Estado de una vez por todas al servicio del ciudadano y no a los pies de la cúpula del partido. Tampoco que al frente de las diferentes instituciones y organizaciones públicas se encuentren el talento y la experiencia en vez de la ideología y el amiguismo. Eso se espera, se exige y se demanda. La mejor gestión será acabar con el predominio moral, económico, cultural y social de la mayor farsa de la humanidad con la mejor propaganda de la historia: el socialismo.