Opinión

El fracaso de los Bolcho-Boys

Uno de los más excelsos lemas de campaña de los padres de la familia Brady podemita para su primer envite electoral consistía en aquello de “asaltar los cielos”. Confieso que entonces, y más allá de mis dudas sobre su capacidad, me pareció esperanzadora aquella beata declaración de intenciones de la muchachada de la yihad republicana y anticlerical. ¿Arrepentimiento? ¿Se trataba de una súbita conversión al ejercicio monacal? ¿A una vida llena de entrega a los demás? Un milagro obrado sobre proetarras rezagados y enchufados en el Senado, jubiletas de la Falange para los platós de la Sexta, antisistemas subvencionados por el sistema, okupas cobrando dietas de señoría, y primogénitos de los papás Black… ¡Oh, no, merde! ¡Lo que los Bolchos-Boys querían en realidad era acercarse al altísimo para ver si le podían escrachar!

Un poco más tarde, y al percatarse de que tan elevada tarea no era apta para la indigencia intelectual, se conformaron con otra emergencia social mucho más asequible y terrenal: cepillarse al compa Errejón, que les pillaba más cerca que Dios. Mientras, los problemas de ‘La Gente’ podían esperar. La estocada con el piolet no cuadraba porque agonizar sobre la mesa del Consejo Político de cara a Vistalegre II era incompatible con ese rollo de la fraternidad, el apuñalamiento civilizado de Iglesias y Espinar. Ese mantra cursi usado insistentemente en cada proceso de purga como el que se cargó al errejonista José Manuel López, portavoz de Podemos en la Asamblea de Madrid mientras éste se metía en la boca el último mazapán. #IñigoAsíNo. Es el momento de la fraternidad hacia fuera y hacia adentro “repetía la troupe de Iglesias y Montero. Como si un Hare Krishna les hubiera recetado de golpe todo el prozac del boticario.

Como si fuera la postura preferida del Kamasutra soviético de Merkúrov practicada por este par tan acostumbrados a convertir un proyecto político en su condominio carnal. Ay, cómo me duele la gesta revolucionaria podemita convertida en un lupanar para ligar en el que, para seguir el bodrio, encima hay que aprender a distinguir a las dos villanas del serial. Irene Montero y Rita Maestre, dos damas inicialmente prometedoras y que solitas plantaban cara al Ku Klux Klan de la igualdad, a las fuerzas convergentes del capitalismo, al fiambre de Franco, y a la amenazante ofensiva del TTIP y lo transnacional. Ahora son como dos cuñadas conservadoras que se pasan el día hablando de que su niño es el mejor porque es el primero que ha aprendido a dejar de cagarse en el pañal. Las mujeres de Podemos que, según Irene Montero “no son el entorno de ningún hombre y que hacen política en pie de igualdad” sin renunciar a la jefatura del gabinete del tío que duerme sobre la almohada de al lado. Tía, o sea, me parto.

Podemos ya no es Revolución. Es la claudicación de funcionarios sin exámenes y sin oposición. Podemos es decir “Obama vete a tomar por culo” mientras cuelgas la foto de su carta en TW con la ilusión de una groupie porque “somos un partido muy plural”. Podemos es cuñadas peleándose por la herencia del marido políticamente muerto. Podemos es feminismo como escudo de todas las mediocridades. Podemos son mercantilistas de los derechos humanos que definen el Holocausto como “problema burocrático”. Podemos es la hazaña imposible de dar aún más asco a los comunistas que a los liberales. Podemos se ha convertido en el ciclado inflado por esteroides que, una vez desinflado, ha transmutado en el adefesio mamario de este patio.