La estrategia de Zapatero de utilizarlas como escudo arrastra a sus hijas

Editorial hijas Zapatero

Por muy legítima que sea la estrategia de defensa de José Luis Rodríguez Zapatero, parece evidente que su declaración ante el juez no ha despejado, sino todo lo contrario, los indicios delictivos que se ciernen sobre su persona, lo que ha derivado en la imputación de sus dos hijas y su secretaria. La condición de imputadas de las tres es consecuencia de la aplicación rigurosa del sentido jurídico: si Zapatero niega sin aportar prueba alguna los hechos y responde con evasivas a las preguntas del magistrado, Calama no tenía más opción que citarlas a declarar ya como imputadas. Insistimos en que no se trata de desacreditar la defensa del ex presidente del Gobierno, pero parece obvio que Zapatero ha optado por un planteamiento que arrastra de forma plena a sus hijas y su secretaria, jugándose su futuro, y el de ellas, a un discutible todo o nada. Es un riesgo excesivo que convierte a sus hijas en rehenes de su plan.

Y no es que no sean cooperadoras, en la parte que les toca, de los tejemanejes presuntamente delictivos del padre, porque son suficientemente adultas y maduras para saber los riesgos que corrían, pero parece evidente que, a cambio de impulsarles el negocio, Zapatero convirtió a la empresa de sus hijas en parte fundamental de la trama corrupta. Dicho de otro modo: las utilizó como escudo y las expuso —aunque fuera con su consentimiento— a un negro horizonte penal. Y eso, es de suponer, provocará un cargo de conciencia añadido al padre en unos momentos en los que la justicia ha estrechado el cerco sobre su familia al completo. Zapatero podría haberse inculpado, en mayor o menor medida, para salvar a sus hijas, pero no lo ha hecho en absoluto. Cada cual diseña la estrategia de defensa que tenga por conveniente, pero en lo relativo a sus hijas parece absolutamente inconveniente.

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