Las escuelas catalanas son un polvorín
Por si no fuera poco, las escuelas catalanas son un polvorín. Ya estamos por debajo de todos los informes conocidos y por conocer -el Pisa, el Pirls, el Timss- que ahora tienen que poner mossos de paisano en más de una decena de institutos. Cuarenta años diciendo que era un «modelo de éxito» para acabar así.
Los profesores están en pie de guerra. En septiembre del 2017 no tuvieron ningún reparo en ir a Palau para entregar simbólicamente las llaves de 700 escuelas públicas a Puigdemont con el objeto de celebrar el referéndum. Pese a que las escuelas no son suyas, son de todos.
La consejera de Educación, Esther Niubò, ha pedido en efecto a la Policía de la Generalitat que le eche una mano. Se trata de centros de L’Hospitalet de Llobregat, Vic, Tárrega, El Prat y Sabadell. Además de en las comarcas del Valle de Arán y la Alta Ribagorza, ya en el Pirineo.
En TV3 se empeñan en no vincularlo con la inmigración. Incluso aseguran que no son necesariamente escuelas de «alta complejidad», que es el eufemismo que utilizan en estos casos. Pero, claro, nadie se lo cree.
Además, todo el mundo ha puesto el grito en el cielo. No solo la propia cadena pública, sino también La Vanguardia. El pasado martes dedicaba nada menos que dos páginas al asunto. Consideran que es una invasión policial. Mientras que lo que necesitan son mediadores y buen rollo.
En el Parlament, lo mismo. ¡Hasta Junts está en contra! La presidenta del grupo parlamentario, Mónica Sales, afirmó en la sesión de control del miércoles que «en las escuelas falta autoridad; sí, la de los maestros, no la de los policías». Josep Maria Jové, de Esquerra, lo comparó con el «ascenso del fascismo». «En las escuelas ha de haber más maestros y libros; y no policías y porras», añadió. Por su parte; Jéssica Albiach, de los Comunes, manifestó que «la policía tiene que estar persiguiendo delincuentes y lo que está pasando es que se está estigmatizando algunos centros educativos».
Aunque, como siempre, la que se llevó la palma fue la de la CUP. En este caso, la diputada Pilar Castillejo, la misma que se fue a la flotilla de Ada Colau. Lo que no le impidió cobrar el sueldo íntegro a pesar de tan prolongada ausencia. «Ustedes están asumiendo un marco mental y una manera de hacer que es propia de la extrema derecha», aseguró. Por momentos, temí que resucitara Franco.
Si yo fuera la titular del departamento, retiraría inmediatamente la propuesta. Pero luego, si pasa algo, que no se quejen. Me viene a la cabeza, por ejemplo, lo que ocurrió en el instituto Joan Fuster de Barcelona en el 2015. Cuando un alumno de 13 años entró en clase con una ballesta y mató a un profesor sustituto.
Como estaba por debajo de la edad penal, al chaval en cuestión no le pasó nada excepto cambiarlo de centro. Ahora ya es adulto y debe hacer vida normal. Al profesor creo que le acabaron dedicando una calle en Lleida, ciudad de la que era oriundo. En el comunicado que hizo entonces CCOO para convocar actos en su memoria explicaron que «murió realizando un acto educativo». No murió, lo mataron.
O, más recientemente, el del profesor francés Samuel Paty (2020). Asesinado en una escuela próxima a París tras impartir una clase sobre libertad de expresión con las caricaturas de Mahoma. El autor fue un joven musulmán de 18 años debidamente radicalizado. Actuó solo, pero no estaba solo. Le señalaron hasta a la víctima.
Supongo que en la reacción de lo que pomposamente se llama «comunidad educativa» está también el papel que jugaron los Mossos y el resto de cuerpos de seguridad incautando urnas el 1 de octubre del 2017. Aunque, todo hay que decirlo, los primeros con muy poco entusiasmo. Solo para cubrir el expediente.
No en vano los maestros fueron unos de los pilares del procés. Querían hacer una revolución —declarar la independencia— con maestros, tractores, funcionarios de la Generalitat y periodistas de TV3. Eso sí, luego los consejeros se quedaron en Palau. Hasta que salieron todos por patas. Incluido el presi.
En las imágenes retransmitidas por TV3 con tanto ahínco estos días, he visto a profesores con cartelitos en los que se leía la siguiente frase: «Fuera las fuerzas de ocupación». Como en los mejores tiempos del citado proceso.
Porque, en resumidas cuentas, esto de poner mossos de paisano en las escuelas… ¿Es un capricho? ¿Una tendencia? ¿Una moda? ¿O realmente hay problemas de seguridad?
Un profesor jubilado, al que conozco, me ha dejado escrito esto en mi muro de Facebook: «La moda ahora es ir con arma blanca a los centros. Los creadores del trend y los más adictos son de origen magrebí». Vamos a tener un disgusto un día de estos. Pero aquí todavía vamos con un lirio en la mano.
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