Y la derecha dejó de poner la otra mejilla

Eduardo Inda derecha

Hasta Perogrullo llegaría a la conclusión de que el delegado del Gobierno en Andalucía, Pedro Fernández, y el subdelegado en Granada, José Antonio Montilla, sabían perfectamente lo que hacían el jueves cuando permitieron que una panda de piojosos autodenominados «antifas» se concentrara ilegalmente a escasos 20 metros del escenario donde Santiago Abascal protagonizaba un mitin de la precampaña de las elecciones andaluzas. El líder nacional de Vox estaba en la Plaza de las Pasiegas, a los pies de la majestuosa catedral iliberitana, y esa gentuza con pinta de no haber pasado por la ducha en semanas en la aledaña calle Pie de la Torre. A tiro de piedra y nunca mejor dicho.

A Abascal se le acabó la paciencia y no precisamente cuando certificó que los gritos de los guarros ensordecerían sus proclamas y las de Manuel Gavira, candidato a la Presidencia de la Junta, sino al avisarle que estaban lanzando pintura roja contra ciudadanos que simple y llanamente estaban ejerciendo el artículo 21 de la Constitución. El de manifestación debería ser un bien jurídico especialmente protegido no sólo por su condición de derecho fundamental sino por que en este país estuvo proscrito durante casi 40 años. Algo que se nos olvida con demasiada frecuencia.

El despliegue policial era de chichinabo. Guareciendo las vallas que dividían una concentración de la otra había tantos policías locales como UIP, los antiguamente llamados antidisturbios. Con eso queda dicho todo. Esencialmente porque no conozco un solo anfifa pacífico, son gentuza de la peor calaña que se dedica a dar palizas a quienes no piensan como ellos, a quienes lucen pulseras rojigualdas y naturalmente a quienes militan en partidos de derechas. A mí no me van a decir ni a contar que los periodistas diestros figuramos también en su lista negra. Más de una vez se me han encarado en la vía pública. Al respecto conviene no olvidar que en 2017 el anfifa chileno Rodrigo Lanza golpeó hasta la muerte a un hombre en Zaragoza por osar llevar unos tirantes con la bandera de España y una década antes había dejado tetrapléjico de una pedrada a un agente de la Guardia Urbana de Barcelona. Son terroristas. Punto.

Fernández y Montilla, este último catedrático de Derecho Constitucional —manda huevos—, no son los ideólogos de la cosa. Son pobres hombres que actúan cual peones de una estrategia concebida en Moncloa e implementada por un Fernando Grande-Marlaska cuya miseria moral aumenta exponencialmente cada día que pasa. El presidente de Vox tenía más razón que un santo cuando advertía que cualquier comparecencia pública del marido de la tetraprocesada está blindada hasta la náusea, no menos de 200 metros y en ocasiones hasta medio kilómetro, y no por miedo a que la agredan sino simple y llanamente para evitar esos abucheos que se han convertido en moneda de uso corriente cada vez que pisa la calle. España no le quiere, él lo sabe y pone las medidas oportunas para que al menos no se note demasiado. Acercarse a Sánchez es más díficil que hacerlo a Trump o Netanyahu.

No conozco un solo anfifa pacífico, son gentuza de la peor calaña que se dedica a dar palizas a quienes no piensan como ellos

El diabólico objetivo de Moncloa es doble: por un lado, meter el miedo en el cuerpo a los ciudadanos que votan opciones de derecha, bien la liberal que encarna el PP, bien la conservadora que representa Vox. Que les quede claro que ser seguidor de estos partidos no sale gratis. Que te puede costar una pedrada o que te rompan la crisma de un puñetazo o un batazo. El círculo malicioso es casi perfecto porque cuando dejan a los anfifas, a los podemitas, a los etarras o a los independentistas catalanes —la misma mierda al fin y al cabo— atacar un acto de Vox saben perfectamente que los de Abascal subirán en las encuestas por la incontrovertible realidad de que el martirologio da muchos votos y no quita ninguno. Y más Vox es normalmente menos PP. En Palacio son malos pero no lerdos. La izquierda es tan perversa como buenecita, elegante e idiota es nuestra derecha, fíjense pues si son perversos.

Llueve sobre mojado. Se repite la historia. Rara es la semana en la que no contemplamos cómo se ataca alguna de las carpas que el partido verde instala en plazas de toda España. La virulencia contra la formación de Bambú es especialmente bestia en Cataluña y en el País Vasco con la agresión del padre de Lamine Yamal, el pendenciero y descerebrado Mounir Nasraoui, al chiringuito que las huestes abascalianas habían instalado en Mataró como ejemplo más famoso. Y la excepción que confirma la regla la constituye el mitin de Vox que no es violentamente ultrajado. De mi memoria no se han borrado esas terroríficas escenas en Sestao en 2020 que recordaron a los peores años del plomo etarra y que acabaron con una lluvia de objetos que no dejó tuerta a la diputada Rocío de Meer porque Dios no quiso. El pedrusco impactó en su ceja izquierda.

Rara es la semana en la que no contemplamos cómo se ataca alguna de las carpas que el partido verde instala en plazas de toda España

Pero el epítome de cuanto afirmo se desencadenó el 7 de abril de 2021 en la Plaza de la Constitución de Puente de Vallecas, rebautizada como «Plaza Roja» por el terrorismo antifa, cuando una turbamulta molió a ladrillazos y pedradas el acto que compartían Abascal y Rocío Monasterio, candidata a la Presidencia de la Comunidad de Madrid en las autonómicas de aquel año. Hubo heridos a gogó: 14 policías y varios seguidores de Vox. A uno de ellos, un chaval de veintipocos años, le reventaron literalmente la cabeza. 

Dos de los agresores ejercían de escoltas privados del delincuente de Pablo Iglesias, uno de ellos hermano del tristemente célebre Pirrakas, un boxeador de tres al cuarto con numerosos antecedentes penales por tentativa de homicidio y pertenencia a organización criminal. Este tipejo, acompañado de otros dos matones, quemó hace dos décadas con bengalas la cara a un militante del partido ultra Alianza Nacional, que se pasó varios días en coma y quedó desfigurado de por vida. Gentuza que campa a sus anchas gracias a este Gobierno maldito que hace la vista gorda sistemáticamente. Cómo serán las cosas que el Ministerio del Interior autorizó por omisión una situación aberrante: El Pirrakas acompañando a la Guardia Civil en la custodia del casoplón de Iglesias y Montero en Galapagar.

Crucemos los dedos para que Sánchez sea desalojado democráticamente más pronto que tarde. Es un auténtico peligro público

Los diestros siempre ponen las víctimas. Salvo en la Transición, donde grupos de extrema derecha hacían de las suyas, con la matanza de los abogados de Atocha como paradigma más siniestro, no se conoce un solo episodio de ataques de formaciones liberal o conservadoras a adversarios políticos. Que alguien me diga o me cuente un caso en el que un pepero o un voxero haya reventado un mitin del PSOE, Sumar, Podemos, la CUP, ERC, PNV o Bildu. Y no será porque estos últimos no hayan contraído merecimientos para ello, más que nada, porque son ETA. Y el número de zurdos que han recibido una mano de palos de miembros del PP, de Vox o en su día Ciudadanos es igual a cero. Por no hablar de los asesinatos de ETA: los de Génova 13 han sufrido más víctimas mortales que nadie, exactamente 14. Delirante resultó el viernes escuchar a la izquierda mediática, encabezada por un tío que es tonto desde que sus padres eran novios, Antonio Maestre, alias Miguel Lacambra, echar la culpa a la víctima y defender a sus victimarios.

Abascal dejó de poner la otra mejilla el jueves. Aplicó su doctrina de los 18 pasos. Si no hay al menos esa distancia entre su acto y la protesta izquierdista de turno, que desgraciadamente es lo habitual, no se levanta el telón. La diferencia es que esta vez acudió él personalmente a desalojar a esos intolerantes con los que hay que ser intolerante. Sus escoltas hicieron a porrazos —pocos dieron— el trabajo que una capitidisminuida y kryptonizada Policía Nacional no pudo acometer. Si los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que son quienes ostentan el monopolio de la violencia legítima, no te defienden no te queda otra que hacerlo tú. Y los piojosos granadinos acabaron poniendo pies en polvorosa. Lo que en el fondo anhela Sánchez es el enfrentamiento civil para justificar medidas más duras como la ilegalización de Vox en particular y para continuar estigmatizando a la derecha en general. Debería andarse con tiento porque el germen de la Guerra Civil se puso el día en el que el Ministerio de la Gobernación se desentendió de la seguridad ciudadana dejando campar a sus anchas a las milicias republicanas. Crucemos los dedos para que no se repita la historia y para que Sánchez sea desalojado democráticamente más pronto que tarde. Es un auténtico peligro público.

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