Opinión
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«Claves geoeconómicas del colapso de Irán»

"Los impactos de esta crisis amenazan la estabilidad política del régimen teocrático iraní y su posición en Oriente Medio"

La geoeconomía de Persia, corazón occidental de un vasto imperio que abarcaba la Ruta de la Seda, ha sido moldeada por su posición estratégica en el centro de Eurasia. Desde la antigüedad, Persia controlaba el flujo del intercambio de los bienes más preciado entre Oriente y Occidente, aprovechando su árido altiplano y su proximidad a las fuentes de energía en el Golfo Pérsico y el Mar Caspio.

Esta privilegiada ubicación no solo facilitaba el comercio de la seda, de las especias y los metales preciosos, sino que también posicionaba a Persia como un puente entre las diferentes civilizaciones, influyendo en su desarrollo económico, tanto a través de las alianzas como de los conflictos geopolíticos.

En el contexto moderno, Irán heredó ese papel geoeconómico, con su paisaje árido y montañoso que impacta directamente sobre su economía, limitando su capacidad agrícola a cambio de potenciar su sector energético. El Golfo Pérsico representa el eje central de la geoeconomía iraní.

En la era contemporánea, la República Islámica de Irán ha aprovechado su posición para influir en los mercados energéticos mundiales, exportando crudo a pesar de estar sometida a importantes sanciones internacionales. Ha buscado expandir su papel en iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda (BRI) china, ocupando una posición central en dicha Iniciativa por su ubicación, tanto por ser un cruce entre Asia Central, Oriente Medio y Europa, como por sus importantes reservas energéticas, 21% del petróleo y 17% del gas mundial.

Durante el año 2016, China e Irán firmaron un plan de cooperación con un horizonte a 25 años, con importantes proyectos de transporte, energía, telecomunicaciones, industria y defensa para atraer las inversiones al país. Desde entonces China, ha financiado varios proyectos estratégicos en Irán, como el ferrocarril de alta velocidad Teherán-Qom-Isfahán, el complejo industrial Chery para el ensamblaje de vehículos y la infraestructura portuaria de Chabahar.

Esta iniciativa representó para Irán una oportunidad para reducir su aislamiento en el mundo ante las sanciones occidentales, para la reconstrucción y el reposicionamiento geoeconómico, así como para la integración en las nuevas redes comerciales globales con el acceso a las nuevas tecnologías incluyendo la inteligencia artificial, algo que hubiera requerido de la pericia de una gestión pública cuidadosa para evitar las vulnerabilidades, algo que nunca se realizó.

A cambio China obtiene crudo barato, una media de 1,94 millones de barriles al día del crudo iraní en noviembre de 2025, marcando el record de los últimos 27 meses, lo que supone más del 23 % de las compras totales chinas. China es prácticamente el único comprador del petróleo iraní vía Malasia o Indonesia al que destina el 90 % de su producción con unos descuentos de entorno al 10 % sobre el precio del Brent.

Un país de 93 millones de habitantes, casi dependiente en exclusiva del petróleo lo expone a vulnerabilidades geoeconómicas, conflictos regionales y a una competencia energética, lo que afecta tanto a su estabilidad económica como a las tensas relaciones con sus vecinos Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Estas vulnerabilidades han potenciado una inflación galopante que supera ya el 70%, además de hacer que su moneda, el rial, haya colapsado.

Ya ha perdido un 200% frente al dólar, con una depreciación masiva donde el cambio oficial de 42.000 riales de Irán por un dólar, se cambia en realidad por más de un millón y medio de riales por dólar en el mercado libre. Además, Irán ha reportado grandes recortes en sectores clave como la agricultura, la industria y la construcción.

Esta policrisis ha provocado unas protestas masivas en los centros urbanos, impulsadas por los comerciantes del Gran Bazar de Teherán en el Distrito 12, quienes ayudaron a iniciarlas con una carga simbólica muy fuerte, debido a la palpable desesperación económica y la escasez de los alimentos esenciales cuyos precios se han disparado para una población que ve como ya no puede vivir con dignidad. El aceite para cocinar ha subido hasta un 300 %, el arroz un 164 %, los huevos un 125%, el pan, el pollo y la carne roja un 100 % y la leche un 75 %.

El origen de esta crisis es múltiple y se debe tanto a las sanciones internacionales, que limitan el acceso de Irán a los mercados globales y a la tecnología, como a la crisis energética, a la escasez de agua por la sequía y por una nefasta política hidrológica y a una gestión pública corrupta muy ineficiente que ha agravado la inflación y el desempleo. La población iraní hoy se encuentra sin seguridad, sin libertad y sin oportunidades económicas bajo el yugo de una teocracia sanguinaria que dispara munición real a los manifestantes y que no sabe solucionar una crisis económica muy profunda.

Los impactos de esta crisis amenazan la estabilidad política del régimen teocrático iraní y su posición geoeconómica en Oriente Medio. Las protestas, alimentadas por la frustración en los centros de las ciudades, podrían escalar hacia una inestabilidad regional, afectando a las rutas de comercio y a las alianzas con potencias como China y Rusia.

Desde la perspectiva de la geoeconomía de la conducta, el actual colapso económico de Irán se explica como resultado de varias decisiones irracionales impulsadas por los sesgos del liderazgo político y de la población.

Los líderes iraníes, afectados por un sesgo de sobre confianza, persistieron en sus políticas agresivas, tanto por su costoso y provocador programa nuclear como por su apoyo desestabilizador a los diferentes grupos terroristas regionales protagonistas del crimen organizado que le ha costado millones de dólares, subestimando el impacto provocado por las sanciones internacionales.

Además, en la última década se ha incrementado la dependencia de las finanzas iranís de los ingresos provenientes del crudo, cuyo precio cayó drásticamente durante el pasado año 2025, combinado con una guerra de doce días contra Israel que culminó con una serie de devastadores bombardeos conjuntos con el ejército de los EE.UU. que precipitó, como hemos visto, la devaluación de su débil moneda.

En este marco, la geoeconomía del comportamiento destaca cómo los sesgos no solo aislaron económicamente a Irán, sino que además transformaron las herramientas geopolíticas en unos efectivos catalizadores de la profunda crisis interna, erosionando además la legitimidad del régimen teocrático.

Un aspecto clave es el sesgo de aversión a las pérdidas en la élite gobernante, que priorizó el mantenimiento del poder a corto plazo sobre las reformas estructurales necesarias. La corrupción endémica y la mala gestión, agravadas por un elevado gasto en los numerosos conflictos extranjeros, llevaron a una inflación superior al 49% con un crecimiento económico negativo en 2025 de casi un – 2%.

Los dirigentes teocráticos, temiendo las pérdidas políticas inmediatas, ignoraron todas las señales, la crisis energética y el colapso de la moneda, eliminando los imprescindibles subsidios a las familias, en un intento fallido de equilibrar el presupuesto público iraní. Unas medidas radicales, que ampliaron la miseria, con millones de ciudadanos luchando por acceder a los bienes más básicos, intensificando además las tensiones geopolíticas como la huida militar hacia delante propia de las dictaduras, alertando a países como los EE.UU. e Israel que utilizaron las sanciones como los instrumentos geoeconómicos perfectos para castigar los comportamientos amenazadores del programa nuclear.

En el ámbito interno, la conducta colectiva de la población iraní se ve influida por el efecto de anclaje, recordando los años pasados de relativa estabilidad, generando una frustración exponencial ante la actual realidad de unos datos de desempleo juvenil superior al 23 % con la escasez de lo básico, incluida el agua.

Las protestas estallaron el pasado 28 de diciembre de 2025, inicialmente por el aumento de los precios, y están evolucionando rápidamente hacia demandas políticas de una mayor libertad, reflejando cómo el dolor económico—ampliado por los sesgos como la mentalidad de rebaño en las manifestaciones—actúa como una mecha en un contexto geoeconómico volátil. Lo que se inició como manifestaciones pacíficas contra el aumento de los precios y la devaluación del rial, rápidamente se han extendido a decenas de ciudades, desde Teherán hasta Mashhad.

El gobierno iraní había realizado unas reformas presupuestarias que, en lugar de aliviar la situación, habían agravado las tensiones económicas de las familias, al eliminar subsidios esenciales, dejando a millones de ciudadanos en una precaria situación económica. El rechazo parlamentario a un proyecto de presupuesto que proponía recortes adicionales fue el detonante clave, desatando una ola de ira acumulada por años de penurias.

La geoeconomía de la conducta explica este giro al destacar cómo factores externos, como las sanciones reimpuestas por la ONU tras los ataques a las instalaciones nucleares, interactúan con las respuestas emocionales internas, convirtiendo las áreas urbanas más pobladas en los focos de la revuelta, debilitándose la escasa cohesión social existente tras años del abuso gubernamental.

El colapso iraní resalta el sesgo de reciprocidad en las interacciones geoeconómicas, donde países como los EE.UU. responden a las acciones de Irán con una serie de medidas punitivas eficaces que buscan alterar los comportamientos, pero que a menudo generan ciclos de escalada.

La reciente humillación militar de 2025, combinada con la caída del precio del petróleo a 60 dólares por barril—muy lejos de los 165 dólares necesarios para lograr equilibrar el presupuesto de Irán—, ilustra cómo los actores internacionales han utilizado la geoeconomía como un arma geopolítica eficaz, motivados por la percepción de una amenaza nuclear real.

Desde esta perspectiva, los líderes teocráticos iraníes, atrapados en un sesgo de confirmación que, valida su narrativa antioccidental, no anticiparon el impacto acumulativo, lo que ha generado una policrisis con manifestaciones, huelgas mineras y apagones generalizados. Las protestas iniciales evolucionaron rápidamente de simples quejas económicas a un desafío directo al poder establecido, con cánticos como «muerte al dictador» con referencias al regreso de la monarquía vigente hasta 1979.

La geoeconomía del comportamiento señala que el camino hacia la recuperación, requería superar estos sesgos mediante unas decisiones políticas racionales, como las negociaciones diplomáticas para aliviar las sanciones, pero el régimen iraní, influido por un sesgo de statu quo, se ha resistido siempre a los cambios profundos.

El gobierno teocrático ha respondido con una gran represión y una fuerza despiadada, añadiendo un cerrojazo informativo, apagones de luz e internet para limitar la coordinación de los manifestantes, el despliegue de las fuerzas de seguridad y, eventualmente, la intervención del ejército. Las actuales revueltas, con una masacre de varios centenares de muertos y miles de arrestos, marcan un punto de inflexión y un momento de esperanza donde la insurrección social, conducta colectiva, puede forzar unos ajustes políticos y económicos.

La situación actual de Teherán es de aislamiento total, con su liderazgo bajo la protección máxima (Jamaran), con los cielos completamente cerrados, sin aviación civil y los ojos vigilando el espacio (Semnán).

Esta escalada ha transformado las revueltas sociales en las mayores celebradas en Irán desde el año 2022, atrayendo la atención internacional con el anuncio de una posible intervención militar por parte de los Estados Unidos como las que se están sucediendo en Siria.

Si los ajustes no se producen, los acontecimientos podrían llevar a un cambio de régimen, alterando el equilibrio geopolítico en Oriente Medio y demostrando cómo los sesgos conductuales amplifican las crisis económicas en los entornos globalizados como el que nos ocupa. Oriente Medio se está convirtiendo en una región más multipolar y geoestratégicamente más compleja, donde las ambiciones económicas y tecnológicas avanzan junto a la persistencia de los riesgos de seguridad.

Las políticas exteriores de las potencias regionales guiadas cada vez más por el pragmatismo, aunque sean parte de sus identidades históricas y narrativas internas. Y es más que probable que las potencias regionales aprovechen cada oportunidad para reducir su dependencia excesiva de potencias ajenas a la región.

Molon labe

José Luis Moreno, economista ha sido director de Economía en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de Madrid. Analista económico y empresarial.