Aquellas horas finales de Miguel Ángel Blanco
¿Existió alguna vez el espíritu de Ermua? Sí, por unas horas. Hasta que a aquel –Arzalluz, PNV- que recogía las nueces del árbol que agitaban los terroristas le entró el temor a que el asesinato de un joven e inocente concejal del PP, Miguel Ángel Blanco, acabara con el proceso abominable de terror que estaba hundiendo el País Vasco.
Han pasado 25 años, un cuarto de siglo en el que ha ocurrido de todo. Lo más sangrante, imposible no referirnos a la sangre cuando hablamos de la banda terrorista ETA, que los herederos políticos de los que le inyectaron las balas en la nuca a aquel muchacho cogobiernen España. Jamás lo hubiéramos imaginado. Primero fue Zapatero –el también amigo de los criminales caribeños- y luego, Sánchez. Ni condenan, ni se arrepienten; simplemente, se descojonan y chulean.
Cierto es que una sociedad con Alzheimer acreditado como la española, en su gran mayoría, ni sabe quién fue el chaval tranquilo y tímido que acudía a su trabajo, tocaba en una banda de música local y cometió el gran pecado democrático de presentarse a concejal por el Partido Popular. Sus padres sufrieron varios calvarios. Murieron viendo cómo los asesinos se burlaban de un cadáver y observando cómo su hija, Marimar, tiene que toparse con los coleguillas de los pistoleros. Escribo sobre Miguel Ángel, pero también recuerdo a Gregorio Ordóñez, compañero mío en la Universidad de Navarra, o a Javier Ybarra, mi primer editor periodístico.
La responsabilidad histórica de José Luis Rodríguez Zapatero, primer y gran blanqueador del terrorista Otegi (“hombre de paz”), es enorme. Sobre todo, es ineludible. Por mucho que se empeñe esa responsabilidad ni caduca ni prescribe. Aún mayor, si cabe, es la de Pedro Sánchez. Por su cinismo, falta absoluta de escrúpulos e incapacidad para distinguir el bien del mal. No ha tenido inconveniente en entregar a Bildu, por cinco votos, la pluma y el tintero para que reescriban, espuriamente y a su antojo, el relato de una traición. La Historia no absolverá ni a unos ni a otros.
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