Opinión

La amnistía jamás será una oportunidad

La nueva presidenta de la empresa editora de OKDIARIO publica su primer artículo en este periódico.

Una vez dilapidadas España, la Constitución, el imperio de la ley y con ella la democracia hay algo incluso más grave que el sentimiento de frustración y desidia que impregna a cada español que tenga un poco de respeto por su patria y otro poco de rechazo a la única extrema derecha que hay en nuestro país, que no es otra que Junts.

Lo peor de la humillación de hoy es que habrá sectores en la derecha española que dentro de no mucho defenderán en privado, para después empezar a teorizar tímidamente en público, que la amnistía puede ser una oportunidad para acabar con el eje identitario y volver al eje ideológico: es decir, asumir que una vez acabado el procés el PP podrá volver a 1996 para pactar investiduras con el PNV y la antigua Convergencia como si ser de derechas les fuera a importar más que ser independentistas.

Aunque a algunas de las mentes pensantes del panorama nacional les sorprenda, con el cambio de milenio y de moneda también cambió España. El delito más grave que cometía Pujol era robar el 3% de adjudicaciones a los empresarios catalanes y su reivindicación más extrema era un pacto fiscal. ¿Asumible? En un país en el que el presidente del Gobierno es el secretario general de una formación política condenada por robar el dinero de los parados para gastarlo en prostitutas y cocaína, quizás ser exigentes en la lucha contra la corrupción es un tanto hipócrita. El PNV, por su parte, ese partido cuyos diputados y senadores hace no tanto aplaudían en pie al Rey de España el día de su proclamación, entonces se limitaba a chantajear al dirigente de turno con un cuponazo cada vez mayor.

Esos partidos nacionalistas de derechas que añoran los nostálgicos del Majestic ya no existen. Ni van a volver a existir. Al clan Pujol lo ha sustituido un delincuente prófugo de la justicia que en un universo normal habría sido condenado a más de 20 años de prisión por rebelión. A Josu Jon Imaz lo mató políticamente un Euzkadi Buru Batzar que prohíbe al lehendakari cumplir con su rol institucional asistiendo a la jura de la Constitución de la princesa de Asturias. A la burguesía catalana y vasca que votaba a sus partidos mayoritarios por conveniencia económica y un cierto sentimiento de orgullo regional que algún trasnochado podía llamar nacional, ahora lo ha sustituido una turba que odia más a España de lo que ama a su propia economía local. ¿O acaso alguien cree que Puigdemont va a volver a ser presidente de la Generalitat de Cataluña por su ambicioso plan de bajada de impuestos?

Con la amnistía no acaba el procés, empieza el proceso. El proceso por el que como siempre ha ocurrido, a excepción de la valiente y heroica respuesta judicial ante el golpe de Estado de 2017, los independentistas van a conquistar aún más derechos de los que tienen. Conseguida la inviolabilidad penal, ahora sólo queda el referéndum. Y con él, para disimular la partición expresa de España y conseguir el beneplácito de la izquierda, se debatirán también otras cuestiones nucleares para el progresismo patrio que distraigan el foco de la claudicación del socialismo en defensa de la nación. Y será así como, «por España y para garantizar su unidad y la convivencia en Cataluña», nos dirán que la república es la panacea que antes fue la amnistía, previamente los indultos, en su momento el Estatut y previamente el traspaso de competencias.

Los partidos independentistas tienen como principal fin la independencia. En un contexto nacional en el que el PSOE era un partido leal a España y jamás les iba a dar los mecanismos legales para conseguirla, en igualdad de condiciones, el nacionalismo conservador podía aliarse circunstancialmente en el Congreso de los Diputados con el constitucionalismo de derechas. Era lo que ocurría en los 90. Rotos todos los puentes de la dignidad y con la izquierda nacional dispuesta a todo con tal de mantenerse en el poder, el independentismo, que antes que ideológico es nacional, no tiene ni un solo incentivo para hacer a Feijóo presidente de la nada.

La única solución que tiene España es la que ofrecía la oportunidad dilapidada del 23 de julio. Un gobierno de derechas, con PP y sin ningún tipo de complejo con Vox si así es necesario, que haga lo posible para evitar la destrucción de España. El 28 de mayo, cuando tuvimos esto claro, nuestras regiones se tiñeron de azul y verde esperanza.

Si queremos que España sobreviva, no nos juguemos su futuro soñando con reconvertir a los que acabarán con ella. Empieza la resistencia.

 

Pilar Rodríguez Losantos es presidenta de la empresa editora de OKDIARIO.