El alegato de Roig (Mercadona): «Hay que levantar la voz»
Juan Roig, dueño de Mercadona, es uno de los líderes empresariales que no se anda por las ramas (es lo que tiene, entre otras cosas, tener pagada la luz a final de mes) y desde un tiempo a esta parte llama al pan, pan y al vino, vino.
En declaraciones a este diario, Roig, cada vez más líder entre sus pares a falta de empuje de los que deberían, ha pedido al empresariado «levantar la voz» frente a los desmanes que el poder político comete a diario contra el sentido común y, sobre todo, la libertad de empresa y el emprendimiento.
El desastre de lo «público» en la gestión de la DANA (antes y después) le sirve a Juan Roig para pedir algo elemental: talento y sentido de la responsabilidad a una clase política bajo mínimos. Los que crean empleo son los empresarios, los que aumentan la riqueza son los empresarios, los que se la juegan son los empresarios. Los políticos mamonean antes y después.
Ello me lleva a incidir de nuevo en un tema que llevo tiempo denunciando en este mismo papel digital. El temor de los empresarios a enfrentarse a unas medidas económicas disparatadas por parte de aquellos que jamás han gestionado una mercería. Tragan y tragan; o lo más se atreven a levantar mínimamente la voz cuando los hechos consumados desde el Gobierno son irreversibles. Ahí tienen al destituido Pallete, que de estar todo el día en Moncloa sacando brillo a los zapatos sanchistas ha sido arrojado por la ventana cuando al leviatán le ha convenido para amarrar su control sobre una empresa privada en la que utiliza dinero público a sabiendas.
Si lo que ha hecho Sánchez en Indra, Telefonica, Correos, Caixa, EFE, RTVE, etc… se hubiera perpetrado en otro país democrático de nuestro entorno, se hubiera encontrado con una respuesta tan contundente como definitiva por parte de los grandes empresarios. Aquí prefieren callar y, en el mejor de los casos para ellos, localizarse en Irlanda o, si pueden, en Estados Unidos.
Por eso, Roig es un ejemplo que, además, se arremangó cuando el diluvio universal se abatió sobre las buenas tierras valencianas y el Estado huyó despavorido cual ratoncito asustado en la persona del primer ministro.
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