Marlaska, Sánchez: dimisión imposible
España tiene esa habilidad cervantina de convertir cada escándalo en costumbre y cada costumbre en olvido. Ahora le ha tocado el turno a la denuncia presunta contra el DAO de la Policía —esa sigla burocrática que suena a despacho con moqueta espesa y teléfono de línea roja— y el país vuelve a hacer lo de siempre: indignarse a plazos, comentar en tertulias y esperar a que la siguiente tormenta mediática tape la anterior. Si uno mira el conjunto de lo publicado, en diarios, radios y confidenciales, la sensación no es de sorpresa, sino de déjà vu institucional.
Porque aquí lo grave no es sólo la denuncia en sí, sino la coreografía que la rodea: comunicados medidos, silencios tácticos, filtraciones interesadas y ese tono grave de Estado que parece decirnos que todo está bajo control mientras, en realidad, nadie sabe muy bien qué se está controlando, señor Marlaska. España, país de autos judiciales y portadas rotativas, vuelve a enfrentarse a su espejo más incómodo: el de las instituciones que predican ejemplaridad y practican opacidad.
Y en medio de este teatro sanchista comparece el que fue proclamado, con entusiasmo de campaña y pancarta morada, como el Gobierno más feminista de la historia. Una frase que hoy suena a cartón piedra, a decorado de serie televisiva, a promesa sobreactuada que se desmorona cuando aparecen denuncias que afectan a estructuras de poder tradicionalmente masculinas y jerárquicas. El feminismo de gobierno, cuando se enfrenta al aparato del Estado, parece diluirse en informes, protocolos y prudencias que ya conocemos demasiado bien.
No se trata —conviene decirlo para que no nos acusen de herejes— de prejuzgar culpabilidades ni de dictar sentencias desde la columna. Para eso están los jueces, que en España van despacio pero implacables con la justicia. Se trata, más bien, de observar la reacción política y mediática de turno, ese termómetro que mide no sólo la gravedad de los hechos, sino la incomodidad que generan. Y lo cierto es que la incomodidad es densa, espesa, casi tangible.
Los medios han ido publicando piezas que dibujan un mosaico inquietante: testimonios que apuntan a dinámicas internas poco transparentes, análisis que cuestionan los mecanismos de control y reportajes que recuerdan otros episodios donde la cadena de mando policial aparecía blindada por la inercia corporativa. Nada concluyente aún, pero sí suficiente para evidenciar que el problema no es un nombre propio, sino una cultura institucional que en ocasiones parece funcionar por inercia, como si el siglo XXI no hubiese terminado de entrar del todo en ciertos despachos.
España, mientras tanto, sigue. Siempre sigue. Este país no frena nunca: asimila el escándalo, lo comenta con sorna de café y lo integra en su memoria selectiva. Dentro de unos días habrá otra crisis, otro nombre propio, otro informe filtrado, y el ciclo volverá a empezar con la misma liturgia. El ciudadano, espectador veterano de este serial, ya conoce los capítulos: denuncia, impacto, debate político, investigación lenta, conclusiones ambiguas y, finalmente, olvido administrativo.
Lo mejor es que nuestro país ha inventado un nuevo género político: la dimisión imposible. Aquí los ministros no dimiten; se enquistan con la serenidad de quien confunde la responsabilidad con la resistencia pasiva. Y en ese arte de la imperturbabilidad institucional destaca, con medalla y despacho, Fernando Grande-Marlaska, el hombre que ha hecho de la continuidad un estilo de gobierno y de la tormenta mediática una simple borrasca pasajera como las que azotan la costa de Barbate, señor ministro.
Y en el tintero, no quiero dejar a Pedro Sánchez, quién ha perfilado esa guardia pretoriana de lealtades largas, biografías entrecruzadas y trayectorias que vienen —dicen— de tiempos de José Luis Rodríguez Zapatero, ex de ex, cargos reciclados en la alquimia del poder que convierte pasado en presente y presente en supervivencia.
España observa, entre el asombro y la resignación, cómo el proyecto personal se extiende con vocación de permanencia: 2027, y luego otras elecciones, y luego otras, como si el calendario democrático fuese una estación de paso y no una meta para este emperador con su propia guardia pretoriana.
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