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El bar asturiano situado en La Latina que aparece en ‘La Bola Negra’: lleva abierto desde 1959 y triunfa por sus platos tradicionales

bar asturiano Madrid La Bola Negra
Blanca Espada

Madrid está lleno de bares y restaurantes que presumen de ser de los «de toda la vida» pero muchos de ellos apenas unos llevan unos años. Sin embargo hay uno en la calle Tabernillas que puede presumir no sólo de llevar décadas en funcionamiento, sino que además, aparece en la película del momento. En pleno barrio de La Latina es donde encontramos La Copita Asturiana que funciona desde 1959 con el mismo mostrador, la misma fachada y buena parte de la misma gente detrás de la barra. Tiene incluso un pasado anterior si bien ya existía a comienzos del siglo XX, y fue hacia la mitad de ese siglo cuando cambió de dueños y de estética hasta quedar tal y como se conoce ahora.

Es decir, que estamos hablando de un restaurante mítico centrado en la comida asturiana y que bien merece una visita y más actualmente que todo el mundo habla de él ya que fue parte de las localizaciones de La bola negra, la película de los Javis, Javier Ambrossi y Javier Calvo, que representará a España en los próximos premios Óscar. La cinta sigue a varios personajes homosexuales y utiliza Madrid como algo más que un decorado, y una taberna con décadas de historia encajaba mejor que cualquier plató montado para la ocasión. Conviene, eso sí, no quedarse en la anécdota, porque lo interesante es que el bar ya tenía su público mucho antes de que lo descubriera el cine.

El bar asturiano situado en La Latina que aparece en ‘La Bola Negra’

Para entender el local hay que fijarse en la pareja que lo puso en marcha. Pepe y Mari procedían del concejo asturiano de Valdés y se trasladaron a Madrid en plena juventud, ella con dieciséis años y él con veintisiete, una edad a la que la mayoría de la gente apenas se plantea dónde va a vivir. Se instalaron en la capital con una idea sencilla, la de ofrecer en pleno centro la cocina y el trato de su tierra, y lo consiguieron durante décadas. Su historia se parece a la de muchísimos asturianos que montaron casas de comidas y sidrerías en la ciudad a mediados del siglo pasado, aunque pocos han conseguido que su negocio siga en pie más de seis décadas después, y menos aún que continúe en manos de la propia familia.

Una fachada que el Ayuntamiento no deja tocar

Lo primero que llama la atención de este restaurante asturiano es lo poco que ha cambiado. La fachada original cuenta con protección municipal, es decir, que nadie puede reformarla a su antojo por mucho que el barrio se llene de negocios nuevos, y por dentro se conserva un mostrador de estaño que ha visto pasar generaciones de clientes. Esto tiene un mérito especial en La Latina, una zona donde la gentrificación y la turistificación han transformado calles enteras y donde los alquileres obligan a cerrar a muchos negocios veteranos. Frente a eso, La Copita Asturiana aguanta con su clientela de siempre y con los viajeros que llegan buscando algo que no se parezca a lo que han visto en otras capitales europeas, y la mezcla funciona razonablemente bien.

Fabada, fabes y callos entre sus grandes platos

La carta se apoya en los guisos que cualquier asturiano reconocería al instante. La fabada, las fabes con almejas y los callos con garbanzos son los platos que mejor representan la casa, servidos en raciones abundantes de esas que obligan a plantearse si habrá sitio para el postre, y demuestran un manejo cuidadoso de las legumbres, que no siempre se encuentra ni en locales mucho más caros. Quien prefiera algo distinto también encontrará carnes y pescados, aunque la fama del bar descansa sobre todo en esa cocina de cuchara de toda la vida. Es un tipo de comida que no se improvisa, porque exige tiempo, paciencia y una receta que se ha repetido durante años hasta que sale siempre igual, y probablemente ahí está buena parte del secreto de su éxito.

Un negocio que ha sido heredado

Lo más reconfortante de esta historia es que La Copita Asturiana sigue siendo un negocio familiar. Mari todavía se deja caer de vez en cuando por el local, mientras que su hija Olga tomó las riendas en 2018 y divide su jornada entre los fogones y la atención al público. Con ellas trabaja José María, marido de Olga, que dejó su trabajo como economista para sumarse al proyecto de su familia política, una decisión poco habitual en tiempos en los que lo normal es huir de la hostelería. Entre los tres mantienen vivo un bar que, además de su cocina, ofrece en pantalla una pequeña aparición en una escena protagonizada por Carlos González y Lola Dueñas, dos de los actores secundarios más destacados de la película, y que representa todavía hoy un Madrid popular al que Pepe y Mari llegaron hace mucho tiempo.

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