Lilibet, la niña que reinó empujada por la locura de amor del Duque de Windsor por una divorciada
Estaba la joven Isabel en África, en Kenia, de viaje oficial con su marido Felipe de Edimburgo en febrero de 1952, bailando divertida, cuando se recibió la llamada desde el Palacio de Buckingham. Su padre, el Rey Jorge VI –conocido como Bertie en familia– había muerto y era su turno, tenía que subir al trono.
Su coronación –2 de junio de 1953– fue seguida por millones de personas, pero no sólo de Reino Unido, sino de todo el planeta porque su marido se empeñó en que se trataba de un hecho histórico merecedor de ser televisado. Uno de los eventos más importantes, sin duda, del pasado siglo XX.
La ceremonia en la Abadía de Westminster fue seguida por casi 27 millones de personas a través de sus pantallas, más de 11 millones escucharon cómo sucedían los acontecimientos a través de la radio, se acreditaron más de 500 fotógrafos y más de 2.000 periodistas de más de 90 países.
Llegó en una carroza dorada levantada por el taller de Samuel Butler a mediados del siglo XVIII, con sonrisa y con nervios. Ella sabía mientras se dirigía a su coronación que tenía que hacerlo, dotada con esa dignidad y responsabilidad que sólo tiene el hieratismo regio; pero también sabía que ella, amante del campo, los caballos y los perros, de ahí que haya pasado sus últimos momentos en el Castillo de Balmoral, no estaba llamada a ser Reina de la Commonwealth.
Lilibet, como la conocían de manera íntima y familiar, subió al trono porque su tío, el Duque de Windsor, se volvió loco por una divorciada americana llamada Wallis Simpson y despachó el trono inglés con cajas destempladas para dedicarse plenamente al hedonismo y otras intrigas relacionadas con los nazis. Pero eso, eso es para otro momento.
En 1936 su tío David, el hermano de su padre, se puso la corona británica, pero apenas unos meses más tarde, el joven Rey Eduardo VIII renunció al trono por amor y, según los mentideros, por no aguantar la presión de la responsabilidad. David era demasiado libertino y disfrutón como para dejar pasar la vida entre primeros ministros, visitas oficiales y preocupaciones sociales. De hecho, el Rey Jorge V ya tenía feroces críticas para su hijo primogénito por su eterna adolescencia y falta de compromiso con la Corona: “Ojalá jamás se case ni tenga hijos, ojalá nada se interponga entre Bertie, Lilibet y el trono”.
Eduardo VIII dejó de ser Rey, pasó a ser Duque de Windsor y a estar en el exilio de manera permanente. Simpson nunca sería reina, que era, tal como afirman los cronistas ingleses, lo que ella perseguía: “¡Maldito imbécil!”, parece ser que dijo al enterarse de que ni acariciaría el trono. Su esposo murió como alteza real, pero ni Simpson ni sus hijos, si los hubieran tenido, habrían podido gozar de este tratamiento.
El escándalo de la abdicación de Eduardo VIII fue siempre recordado, no sólo porque puso en jaque a la monarquía por amor –o hechizo, según algunos–, sino porque, además, sería la primera piedra de uno de los reinados importantes del mundo británico: el de Isabel II de Inglaterra, la pequeña Lilibet que se convirtió en Reina con sólo 25 años.
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