Reportaje

El discurso bélico de los líderes europeos choca con una juventud que no quiere ni hacer la mili

El discurso bélico de los líderes europeos choca con una juventud que no quiere ni hacer la mili
Jóvenes participan en un juego táctico en Novosibirsk.
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

“Esto exigirá que estemos preparados para el cambio, para la transformación y, sí, incluso para el sacrificio; no en algún momento del futuro, sino ahora”. Ya ven, el canciller alemán ya lo dijo en la pasada Conferencia de Seguridad de Múnich, pero desde entonces el tono y la agresividad no han hecho más que aumentar. Quieren guerra, desesperadamente, y quieren que se nos contagie a los ciudadanos su fervor guerrero. No sé, quizá me equivoque, pero creo que va a ser que no.

A nadie le cabe duda de que la deliberada sustitución poblacional es el factor central tras el auge de los partidos soberanistas en Europa. Pero en Alemania, donde Alternativa para Alemania (AfD) ha dado la campanada en las recientes elecciones regionales, tienen igual peso otros dos elementos: la crisis energética, que va camino de desmantelar la potente industria alemana, y otro factor muy relacionado con este: el conflicto abierto con Rusia. Si empiezan las bofetadas, quienes se van a llevar las primeras van a ser los alemanes, cuyo entusiasmo ante la idea de morir arrastrándose por la rasputitsa ucraniana es, por decirlo suave, perfectamente descriptible.

Hay que gastar más en armas, nos dicen, fabricar más munición, aumentar los ejércitos, recuperar alguna forma de servicio militar y preparar psicológicamente a la población para una posibilidad que durante ochenta años pareció absurda: otra guerra europea. Pero la palabra clave de todos estos discursos es una que a la nueva generación europea le suena tan arcaica como “enaguas”, a saber, “sacrificio”.

Incluso en plena crisis, los europeos vivimos aún demasiado bien y llevamos demasiado tiempo -un récord histórico- en paz. Da una pereza enorme liarse a tiros, y más en una guerra que, para muchos, ni nos va ni nos viene, y en defensa de gobiernos que apenas disimulan su desprecio por los autóctonos, a quienes rutinariamente califica de racistas, xenófobos y toda la retahíla.

La Bundeswehr publicó este lunes una interesante encuesta. El 94% de los alemanes cree que las Fuerzas Armadas deben defender el país de un ataque, el 79% apoya acudir militarmente en ayuda de un aliado atacado y el 64% quiere más soldados. Ni tan mal, ¿no? Bueno, ¿quién no quiere una defensa fuerte? Otra cosa es cuando se pregunta si usted, en concreto, está dispuesto a desfilar hacia el frente: entre un 23% y un 29% serviría en las Fuerzas Armadas en caso de ataque. Entre los jóvenes de 16 a 29 años, un 34% de los hombres muestra un interés medio o alto por el nuevo servicio militar voluntario; sólo uno de cada cinco contempla ser soldado profesional.

Y pasa en toda Europa. Un estudio del European Council on Foreign Relations realizado en doce países encontró el año pasado mayorías favorables a recuperar el servicio militar obligatorio en Francia, Alemania y Polonia. Otra vez, ni tan mal hasta que empezamos a desglosar datos: los que quieren que vuelva la mili son los boomers, es decir, quienes ya no van a ir a filas. Lo apoyaba el 58% de los mayores de 70 años y sólo el 27% de los europeos entre 18 y 29. Entre estos últimos, el 57% se oponía. En España apenas el 37% del conjunto de los encuestados quería recuperar la mili.

Durante décadas se nos ha repetido machaconamente, desde todos los ángulos, que el patriotismo es nazi, que la masculinidad debe deconstruirse y perder agresividad tóxica y que las fronteras son molestas líneas irrelevantes en un mapa. Ahora diles a quienes les has asegurado que sus fronteras son un mal que vayan a morir por las de Ucrania.

A los jóvenes a los que se pide ahora que “cumplan con su deber patriótico” se les ha enseñado desde la primera infancia a considerar sospechosa cualquier preferencia por los propios; a deconstruir una masculinidad que, llegado el momento de entrar en una trinchera, volverá a ser requerida con bastante urgencia. Han visto transformar sus barrios y ciudades mediante una inmigración masiva sin que nadie creyera especialmente necesario preguntarles qué opinaban de ello.

Y han alcanzado la edad adulta con enormes dificultades para comprar una vivienda, formar una familia o disfrutar de la seguridad material que conocieron sus padres. Y ahora se les pide que maten y mueran por los mismos que les han llevado a esta situación. Esa clase de lealtad no se improvisa con una campaña publicitaria ni aparece al escanear un código QR.

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