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La verdadera historia de Catalina de Erauso, la monja alférez: de huir de un convento vasco a convertirse en temido soldado de Indias

Aunque no es demasiado conocida ni ha pasado al cine a lo grande, la historia de la monja alférez, Catalina de Erauso, es digna de recordar.

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  • Francisco María
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El convento dominico de San Sebastián el Antiguo olía a cera virgen, a encierro secular y a una disciplina de hierro diseñada para doblegar cualquier voluntad antes de que el mundo exterior pudiera corromperla. En aquel refugio vasco de muros gruesos y campanas puntuales creció Catalina de Erauso, una joven destinada a pronunciar votos perpetuos y a fundir su apellido en la penumbra del coro. Sin embargo, los hábitos monásticos le quedaban extraordinariamente estrechos a un temperamento indomable que no entendía de clausuras ni de destinos impuestos por la familia.

En la primavera de 1603, aprovechando un descuido en la portería y un arrebato de audacia que marcaría el resto de sus días, rompió las cerraduras, cruzó el dintel y desapareció en los montes guipuzcoanos dejando atrás una celda vacía y una leyenda en ciernes.

Se cambió de corte de pelo y de ropa

Cortarse el cabello con unas tijeras robadas, confeccionarse un sayo tosco con restos de tela y transformar su nombre en el de un tal Francisco de Loyola supuso el bautismo de una metamorfosis radical. La huida inicial no era un simple capricho de novicia díscola, sino la toma de posesión de una identidad nueva construida a base de supervivencia y disimulo.

En los caminos polvorientos hacia Valladolid y Bilbao, aprendió a caminar con paso firme, a encajar los hombros y a endurecer la mirada para esquivar cualquier sospecha en las posadas de arrieros. Aquel disfraz masculino dejó de ser una máscara provisional para convertirse en su única piel, el pasaporte indispensable en una sociedad donde las mujeres de su condición apenas tenían más opciones que el matrimonio concertado o el velo conventual.

La flota de Indias

La cornisa cantábrica se antojaba demasiado pequeña y peligrosa para un secreto que amenazaba con descubrirse en cada esquina, así que los barcos que zarpaban hacia el Nuevo Mundo ofrecieron una vía de escape inmejorable. Embarcar como grumete en la flota de Indias exigía temple, resistencia física y una capacidad pasmosa para camuflarse entre la marinería más ruda del siglo XVII.

Cruzar el océano Atlántico en las entrañas oscuras de un galeón, soportando racionamientos de agua putrefacta y temporales furiosos, templó el carácter de aquella antigua monja hasta convertirlo en acero puro. Al pisar suelo americano en Panamá y recorrer después los senderos abruptos del virreinato del Perú, comprendió que la vastitud de aquellos territorios ofrecía un anonimato perfecto para empezar de cero a mandobles.

Comienza la batalla militar

El servicio militar en los ejércitos de la corona española supuso su consagración definitiva en los campos de batalla de Chile, donde la áspera guerra de Arauco enfrentaba a los tercios con las aguerridas milicias mapuches.

Catalina abrazó la violencia con una naturalidad pasmosa, destacando en las refriegas por una temeridad suicida que rozaba la inconsciencia y que pronto le ganó el respeto de sus superiores y el recelo de sus compañeros de armas. Manejaba la espada con una precisión quirúrgica, participaba en duelos por cuestiones de honor con la misma facilidad con la que bebía vino en las tabernas de Lima y acumulaba cicatrices que ocultaba celosamente bajo las camisas de lino.

Su ascenso a alférez llegó como un reconocimiento lógico a una hoja de servicios ensangrentada, jalonada de episodios donde el valor en el combate suplía cualquier duda sobre su verdadera condición biológica.

Llegan los errores

Aquel disfraz perfecto comenzó a resquebrajarse no por la perspicacia de sus sargentos, sino por las pasiones, las deudas de juego y los lances de honor que jalonaban su agitada vida cotidiana. Participó en reyertas callejeras, hirió a rivales en lances nocturnos y acumuló enemigos que juraron venganza sin sospechar nunca que el temido spadachin de mirada fría ocultaba bajo la casaca un secreto de sacristía.

En Concepción, tras una trifulca especialmente violenta donde resultó gravemente herida, un sacerdote acudió a confesarla ante el temor de una muerte inminente. Fue entonces, en el umbral del otro mundo, cuando el alférez descubrió su sexo al religioso, desatando un terremoto administrativo y eclesiástico que obligó a las autoridades virreinales a trasladar el caso hasta la mismísima corte de Madrid.

Regreso a España

El regreso a la península Ibérica se produjo rodeado de una expectación morbosa que convertía a la antigua monja en un personaje de novela picaresca viviente. Lejos de ser condenada a la hoguera por su suplantación de identidad o a la reclusión perpetua por quebrantar los votos, su fama de soldado aguerrido y el respaldo de varios obispos y generales fascinaron al mismísimo rey Felipe IV.

El monarca, tras concederle una audiencia privada donde escuchó de primera mano sus peripecias en el cono sur, le permitió conservar el uso de ropas masculinas e incluso obtuvo del Papa Urbano VIII una dispensa especial para seguir vistiendo como hombre, un privilegio verdaderamente insólito en la Europa de la Contrarreforma.

Conclusión

Los últimos años de su vida itinerante la devolvieron al otro lado del océano, transportando mercancías en caravanas de mulas entre Veracruz y la Ciudad de México bajo el nombre de Antonio de Erauso. Aquella mujer que había desafiado las leyes de su tiempo a golpe de estoque y silencio murió con las botas puestas, integrada por completo en la rudeza del paisaje colonial.