Gastronomía

Bares modernos, esencia intacta

Durante demasiado tiempo el bar vivió de la rutina. Vaso fino, tapa automática, charla al fondo y a correr. No era pecado, era otra liturgia. Hoy la cosa exige algo más que supervivencia. La barra sigue mandando, pero ya no vale con salir del paso. Se compra con criterio, se cocina con intención, se redacta la carta para que el cliente repita y no para que el selfie luzca. Un bar se mide en su segundo día, cuando la novedad se esfuma y queda el oficio desnudo.

España habla apoyada en el mármol y mirando al grifo. Esa lengua no se ha extinguido. Ha afinado el acento. El tapeo abandona la indolencia y le corta la coleta al exceso. Ni laboratorio con bata ni fritanga anestesiada. Producto, técnica y memoria. Menos humo y más punto. Menos discurso y más bocado que justifique la copa siguiente.

En Sevilla, frente a la Maestranza, Malandro enseña cómo se hace sin montar un espectáculo. Ultramarinos que no baja la cabeza, abacería con pulso y una barra que gobierna de verdad. Ibéricos de Jabugo con sabor a dehesa y no a escaparate. Salazones de Barbate con marea en la boca. Laterío elegido con lupa y tortillas al momento que no mienten. La parrilla asoma el presente y el recetario andaluz no pierde su acento. El mollete sigue siendo pan con miga honrada, no plataforma para ocurrencias. La pringá sigue siendo pringá y no una postal filtrada. Modernizar aquí significa trabajar mejor, no disfrazarse.

Madrid aprieta con Bar H Emblemático. Renovar no es derribar, es pensar el día completo. Horario largo, espacio que admite desayuno, tapeo y comida sin coartada. Luz que no engaña. Barra que rota sin empujar y mesas que invitan a quedarse lo justo.

La cocina resuelve en lugar de pontificar. El gesto es claro y útil. Se honra al bar bueno de siempre y solo se toca lo que suma. El resto queda quieto. Ni salvacionismo impostado ni barroquismo de carta. Esa contención separa un negocio serio de un decorado para pasar lista.

Pamplona sostiene la otra pata con Baserriberri, abierto en 2016 bajo la dirección de Iñaki Andradas. El nombre lo dice todo. Caserío y novedad. Producto navarro de cercanía, técnica actual y la curiosidad justa para importar ideas sin perder el suelo. Pintxos que nacen de la barra popular y suben un peldaño sin caer en el truco. Creatividad con oficio, no de feria. Reconocimiento en la Semana del Pincho de Navarra en 2025 con Eguzkimolelu’um. La medalla es noticia, pero lo que cuenta es que el bocado explica de dónde viene y a dónde va. Esa coherencia sostiene una clientela que vuelve sin necesidad de trompeta.

En Logroño, en la Calle del Laurel, La Casita se mantiene en su sitio y acierta. Desde los años ochenta, la familia de Esther López de Turiso Gracia ha pulido una idea sencilla y eficaz. Brocheta de pulpo y langostinos a la plancha. Zapatilla de jamón ibérico que no pide altavoz. Cocina honesta, producto limpio y un servicio que no sobreactúa. El reloj pierde importancia y el vino cae donde debe. La modernidad aquí no es una lámpara ni un hashtag. Es continuidad bien llevada.

Juntas, estas casas dibujan un país que ya no compra humo caro. La tapa deja de caer por inercia. Se piensa y se ejecuta con el punto justo. El tabernero recupera el centro. Recomienda con conocimiento, sabe el origen del salazón, entiende el corte del jamón y clava la textura de la tortilla. La técnica no tapa la cercanía. La respalda. El cliente viaja, compara, exige y, cuando encuentra verdad, se queda.

El bar sigue siendo el lugar donde todo se aclara y mucho se decide. Hoy, además, se come como se debe. No por moda, sino por respeto al oficio y a quien paga. Sevilla, Madrid, Pamplona y Logroño marcan el compás con naturalidad. Evolucionar sin romper. Actualizar sin maquillaje. Cocinar la memoria para que aguante otra ronda y otra conversación. Ese es el terreno de juego. Y ahí gana quien trabaja la barra, no quien posa frente a ella.