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Si estás a punto de estallar, prueba esto: el ‘efecto de los 90 segundos’ que ayuda a calmarte en tiempo récord

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Las emociones forman parte de nuestra vida desde que nacemos. Desde el primer llanto hasta la risa espontánea, cada sentimiento nos ayuda a interactuar con el mundo. Sin embargo, cuando los niños experimentan emociones intensas como rabia, miedo o tristeza, a menudo los adultos sentimos la urgencia de calmarlos de inmediato. Queremos que dejen de llorar, que no se enfaden tanto o que superen su frustración rápidamente. Pero, ¿y si en lugar de tratar de apagar la emoción, simplemente la dejáramos fluir? Aquí es donde entra en juego el conocido «efecto de los 90 segundos».

La neurocientífica Jill Bolte Taylor descubrió que el componente químico de una emoción sólo dura 90 segundos en el cuerpo. Pasado ese tiempo, la emoción en sí pierde fuerza y únicamente persiste si continuamos alimentándola con nuestros pensamientos. Esto nos da una clave muy importante para la educación emocional de los niños: enseñarles a dejar pasar la tormenta emocional sin aferrarse a ella. De esta forma, estarán desarrollando una habilidad fundamental para la vida: la autorregulación emocional.

Qué es el ‘efecto de los 90 segundos’ y cómo aplicarlo

Las emociones tienen un papel fundamental en la vida de los niños. Son señales que indican necesidades, deseos o alertas ante diferentes situaciones. Cuando un niño se siente triste porque su juguete favorito se ha roto o se enfada porque un amigo no quiere compartir, su cerebro inicia un proceso químico en respuesta a ese sentimiento. La investigación de Taylor reveló que este proceso dura menos de lo que imaginamos. Si permitimos que la emoción siga su curso sin intervenir de inmediato, veremos cómo se disipa en poco tiempo.

Para ayudar a los niños a gestionar sus emociones sin quedarse atrapados en ellas, podemos seguir estas estrategias:

  1. Permitir que la emoción fluya: a menudo, la primera reacción ante el llanto o la rabia de un niño es intentar calmarlo rápidamente. Frases como «No pasa nada», «No llores» o «Cálmate» pueden transmitir el mensaje de que sus sentimientos no son válidos. En lugar de eso, podemos darle espacio para sentir sin interrupciones. Un simple «Veo que estás molesto, está bien sentir así» puede hacer que el niño se sienta comprendido y seguro.
  2. Validar la emoción sin intentar solucionarla de inmediato: los niños necesitan saber que sus sentimientos son importantes. En lugar de minimizar su experiencia, podemos decirles frases como «Parece que estás muy frustrado, te entiendo» o «Debe ser difícil sentir eso». Esto les ayuda a reconocer sus emociones sin juzgarlas.
  3. Esperar los 90 segundos: cuando una emoción es intensa, es fácil dejarnos llevar por la urgencia del momento. Sin embargo, si recordamos que la reacción química en el cerebro solo dura 90 segundos, podemos acompañar al niño sin intervenir demasiado. Durante ese tiempo, podemos animarle a respirar profundamente, mover el cuerpo o simplemente esperar hasta que la intensidad de la emoción disminuya.
  4. Reflexionar después de la emoción: una vez que el momento ha pasado, el niño estará más receptivo para hablar sobre lo ocurrido. Podemos preguntarle qué sintió, qué le ayudó a calmarse y cómo podría manejarlo la próxima vez. Esto fortalece su capacidad de reflexionar sobre sus emociones en lugar de reaccionar impulsivamente.

Uno de los principales beneficios del «efecto de los 90 segundos» es que los niños aprenden que las emociones son pasajeras y que no tienen que actuar de inmediato ante ellas. Al entender que las emociones siguen un ciclo natural, los niños encuentran maneras más sanas de expresarlas y gestionarlas. Asimismo, cuando los acompañamos en sus momentos difíciles en lugar de apresurarnos a resolverlos, fortalecemos la confianza y la seguridad emocional.

Uno de los aspectos más importantes para que los niños desarrollen una buena regulación emocional es ofrecerles un espacio seguro donde puedan expresar sus sentimientos sin miedo al rechazo o la crítica. Si un niño sabe que puede sentir tristeza, enfado o miedo sin ser juzgado, aprenderá que las emociones no son algo peligroso o vergonzoso, sino parte natural de la vida. En este sentido, la crianza basada en la comprensión y la paciencia tiene un impacto positivo a largo plazo. Los niños que crecen en un ambiente donde se les permite sentir y procesar sus emociones de manera saludable desarrollan una mayor autoestima y seguridad en sí mismos.

En definitiva, las emociones son efímeras, pero la manera en que las gestionamos puede dejar huella en la vida de nuestros hijos. El «efecto de los 90 segundos» nos muestra que no necesitamos eliminar las emociones difíciles ni evitarlas. En cambio, podemos acompañar a nuestros hijos mientras las atraviesan, permitiendo que las sientan sin miedo y sin prisas.

Al hacerlo, les damos una de las herramientas más valiosas para su bienestar: la capacidad de autorregularse y afrontar los desafíos emocionales con madurez y equilibrio. Criar niños emocionalmente inteligentes no significa evitar que se frustren o se enfaden, sino enseñarles a comprender que las emociones vienen y van, y que siempre contarán con nosotros para acompañarlos en el proceso.