Comportamientos

La psicología explica que las personas que desayunan fuera todos los días no es por falta de tiempo: buscan un ‘tercer lugar’ propio para mantener la conexión social

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Recreación de una persona desayunando sola en la barra de una cafetería de barrio a primera hora.
  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Hay quienes llegan cada mañana a la misma cafetería, piden lo de siempre sin mirar la carta y saludan por su nombre al camarero y a los clientes de la mesa de al lado, y es que ese rato antes de trabajar se ha convertido en un ritual que no cambian por nada.

Si bien quien desayuna fuera a diario suele justificarlo por falta de tiempo, la sociología y la psicología apuntan a otro motivo: la necesidad de tener un espacio propio entre la casa y el trabajo.

Por qué la cafetería de siempre funciona como tercer lugar, sobre todo para quien teletrabaja

El sociólogo estadounidense Ray Oldenburg acuñó el concepto en su libro The Great Good Place, de 1989. Para Oldenburg, el primer lugar es el hogar y el segundo, el trabajo. El tercero son los espacios públicos e informales a los que la gente acude por gusto, como cafés, bares, plazas, bibliotecas o peluquerías.

El autor describió varias señales que los distinguen. Son lugares neutrales, sin anfitrión ni obligación de quedarse, donde el estatus social apenas importa y la conversación es la actividad principal. Tienen además sus asiduos, un ambiente desenfadado y un aspecto sencillo, sin lujos, que los hace parecidos a un buen hogar.

La cafetería de cada mañana cumple casi todos esos rasgos. Es barata, está abierta temprano y permite estar solo sin estar aislado. Para quien teletrabaja, también marca la frontera que antes ponía el trayecto a la oficina: cuando la misma mesa sirve para desayunar, trabajar y cenar, salir a tomar un café separa los dos mundos.

Así influye el tercer lugar en el estado de ánimo de quien desayuna fuera

Las psicólogas Gillian Sandstrom y Elizabeth Dunn, de la Universidad de la Columbia Británica, lo comprobaron en 2014 con 60 clientes de una cafetería de Vancouver. A la mitad les pidieron que sonrieran, miraran a los ojos y charlaran un momento con el camarero, y a la otra mitad, que pidieran lo más rápido posible. Los primeros salieron con mejor ánimo y más sensación de pertenencia.

Las investigadoras lo explican con los llamados lazos débiles, los vínculos con conocidos que no son amigos ni familia. El camarero que sabe cómo tomas el café o el vecino de mesa de cada día pertenecen a esa categoría, y su peso en el bienestar es mayor de lo que parece.

El estudio, eso sí, es pequeño y midió el ánimo justo después de la visita, no a largo plazo. Tampoco demuestra que todo el que desayuna fuera lo haga por esa razón. Para muchas personas, la comodidad de no fregar platos pesa tanto como la conversación.

Cuánto cuesta desayunar fuera cada día y cuándo compensa el gasto

Un café con tostada de cuatro euros en los días laborables suma unos 80 euros al mes y cerca de 960 al año. Visto así, es un gasto hormiga, una pequeña salida diaria que pasa desapercibida hasta que se mira el total.

Desde el bienestar, en cambio, ese dinero paga también el espacio, el servicio y un momento sin obligaciones, siempre que el rato sirva para leer, ordenar el día o charlar con caras conocidas. Antes de decidir, basta con apuntar durante un mes cuánto se gasta y cuántas de esas mañanas se disfrutan de verdad.

El gasto deja de compensar cuando se convierte en inercia: un café tomado de pie y con prisa, mirando el reloj, o una cifra que al final del mes impide ahorrar o pagar otras facturas. Quien quiera mantener el hábito sin que pese tanto puede reservarlo para dos o tres mañanas a la semana, lo que reduce el gasto a entre 32 y 48 euros al mes.

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