La psicología explica por qué algunas personas esperan con ilusión los días de lluvia: suelen dedicar más tiempo a reflexionar sobre sus emociones
Mientras la mayoría echa de menos el sol, hay quien vive los días grises como un respiro
Albert Einstein: "Todos somos muy ignorantes, lo que ocurre es que no todos ignoramos las mismas cosas"
Alfredo Vozmediano, chef: "Para hacer una fideuá de restaurante hay que olvidarse de los fideos con agujeros, para mí son los peores"
Francisco de Goya dejó esta poderosa reflexión: "El sueño de la razón produce monstruos"

Para la mayoría, un día de lluvia es sinónimo de atascos, paraguas que se dan la vuelta y ganas de que salga el sol. Pero hay otro grupo de personas que mira el parte meteorológico con ilusión cuando anuncia nubes. Les gusta el sonido de las gotas en la ventana, el olor a tierra mojada y la excusa perfecta para quedarse en casa con una manta. No es una rareza: la psicología lleva años estudiando por qué el mismo cielo gris que a unos les hunde a otros les sienta de maravilla.
No a todo el mundo le afecta igual el tiempo
Uno de los trabajos más citados sobre este tema es «Come rain or come shine», publicado en 2011 en la revista Emotion de la Asociación Americana de Psicología. Sus autores, encabezados por el investigador Theo Klimstra, cruzaron durante 30 días el estado de ánimo que anotaban los participantes con los datos meteorológicos reales de cada jornada.
El resultado desmontó la idea de que el tiempo nos afecta a todos por igual. Los investigadores identificaron cuatro perfiles: los amantes del verano, que mejoran con el sol y el calor; los que apenas notan cambios; los que odian la lluvia, que tienen un ánimo especialmente malo cuando llueve; y un grupo que funciona justo al revés que el primero, con peor humor cuanto más sol y calor hace. En ese último perfil, que reunía a más de una cuarta parte de los participantes, más horas de lluvia se asociaban con más felicidad y menos miedo y enfado.
Hay además un detalle curioso: el estudio encontró coincidencias entre padres e hijos en algunos de estos perfiles, lo que sugiere que la forma de reaccionar al tiempo podría venir de familia.
Por qué la lluvia invita a mirar hacia dentro
Los psicólogos suelen asociar los días de lluvia con la introspección. Hay menos estímulos fuera, apetece quedarse en casa y el ritmo del día se ralentiza. Para quien disfruta de pensar con calma, escribir, leer o simplemente poner en orden lo que siente, ese ambiente es casi un regalo. Por eso las personas más reflexivas suelen relacionar la lluvia con calma y seguridad, y no con tristeza.
El sonido también ayuda. El repiqueteo constante de las gotas funciona como un ruido de fondo uniforme que tapa otros sonidos más molestos y facilita relajarse o concentrarse. Y luego está el olor: ese aroma a tierra mojada tiene nombre, petricor, un término que acuñaron dos científicos australianos en 1964. Muchas personas lo asocian a recuerdos agradables de la infancia, y ese vínculo emocional pesa más de lo que parece.
Lo que descubrió un experimento en una tienda de Sídney
Hay otro dato que encaja con la idea de que los días grises nos hacen pensar con más detenimiento. El psicólogo Joseph Forgas, de la Universidad de Nueva Gales del Sur (Australia), colocó diez pequeños objetos en el mostrador de un quiosco de Sídney, entre ellos un autobús de juguete y una hucha. Después preguntó a los clientes, al salir, qué recordaban haber visto.
Los que habían entrado en días fríos, lluviosos y ventosos recordaron el triple de objetos que quienes lo hicieron en días soleados. Además, se inventaban menos cosas que no estaban allí. Según Forgas, un ánimo algo más bajo concentra la atención en el entorno y favorece un estilo de pensamiento más cuidadoso, mientras que la alegría tiende a dispersarla. En otras palabras, la lluvia no nos hace más listos, pero sí puede hacernos más atentos.
La otra cara: a la mayoría le pasa factura
Conviene no idealizarlo. Que a algunas personas les siente bien la lluvia no significa que sea lo habitual. Según explicaba la psicóloga Clara Anaya, de Quirónsalud, alrededor del 60 % de la población se siente más triste, con menos energía y con más cambios de humor cuando los días lluviosos se alargan. La falta de luz natural influye en la serotonina y, además, salimos menos y nos relacionamos menos.
Por eso la clave está en las diferencias individuales. A quien la lluvia le invita a parar y escucharse, los días grises le dan un espacio que el resto del año no encuentra. A quien le hunden, le conviene aprovechar cada rato de luz, moverse aunque sea en casa y no aislarse.
Así que, si eres de los que se alegran cuando el cielo se pone gris, no eres un bicho raro. Simplemente perteneces a ese grupo para el que la lluvia no es mal tiempo, sino una invitación a bajar el ritmo y mirar hacia dentro. Y en una vida que va tan deprisa, eso tiene bastante valor.
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