El oficio artesanal que fue vital para la pesca durante la posguerra en España: hoy está al borde de la extinción
Antes de revelar el oficio, es clave conocer el contexto: la posguerra española transformó por completo la economía de los puertos. En un contexto de autarquía, racionamiento y falta de materias primas, la pesca se convirtió en un recurso esencial para abastecer a la población. Sin embargo, la actividad marítima no solo dependía de los marineros y armadores.
Existía un eslabón silencioso que resultaba determinante para que los barcos pudieran faenar con garantías. Ese eslabón estaba conformado por personas que se dedicaban al oficio que nos compete en esta ocasión. Con el paso de las décadas, la mecanización y la caída de la flota han reducido drásticamente el número de profesionales dedicados a esta labor.
¿Qué oficio artesanal fue vital para la pesca durante la posguerra en España?
Los protagonistas de este artículo son los rederos y rederas. Su labor fue clave porque durante la posguerra, aunque no muchos lo sepan, las redes se fabricaban principalmente con fibras naturales como el algodón o el cáñamo.
Eran pesadas, se deterioraban con rapidez y requerían un mantenimiento constante. Cada salida al mar suponía revisar, remendar y reforzar paños enteros que podían haber sufrido daños por rocas, fondos marinos o por el propio peso de las capturas.
El proceso era completamente manual. Las redes se teñían y se sometían a baños con cortezas ricas en taninos para evitar que se pudrieran. Este tratamiento les daba un tono oscuro característico y aumentaba su resistencia frente al agua salada. En aquellos años, la falta de materiales obligaba a reutilizar cualquier fragmento aprovechable. Nada se desperdiciaba.
El oficio era, en muchos puertos, mayoritariamente femenino. Mientras los hombres salían a faenar, las mujeres cosían y reparaban redes en los muelles o en cobertizos abiertos. Con una aguja especial (la lanzadera) y un cuchillo, cerraban mallas con nudos que debían ser exactos. Un error podía suponer la pérdida de parte de la captura en alta mar.
La posguerra no solo marcó la técnica, sino también las condiciones laborales. Se trabajaba al aire libre, bajo el frío o el calor, y los pagos eran modestos.
En ocasiones, la retribución incluía parte de pescado como complemento al salario. Aun así, la actividad permitía sostener economías familiares enteras en localidades costeras.
Del auge a la reducción de talleres: ¿Qué ocurrió con los rederos?
Con la llegada del nylon a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, el panorama cambió. Las fibras sintéticas resultaban más ligeras y resistentes. Las redes ya no necesitaban el mismo tratamiento y duraban más tiempo en el agua. La industrialización permitió fabricar paños completos en factorías especializadas, lo que redujo parte del trabajo artesanal.
En ciudades como Cádiz, donde durante décadas existieron numerosos talleres repleto de rederos, hoy apenas queda alguno en activo.
En uno de los muelles de la ciudad sobrevive una empresa familiar fundada en 1940, heredera de varias generaciones dedicadas al mismo oficio. En sus instalaciones se siguen cosiendo redes destinadas a barcos que faenan tanto en aguas nacionales como en caladeros marroquíes.
A su vez, el descenso de la pesca de arrastre ha reducido los encargos. Si en otras épocas los talleres trabajaban para cientos de embarcaciones, ahora la clientela se limita a unas pocas decenas. Cada red puede alcanzar varios miles de metros y su confección requiere días de trabajo.
La normativa europea también ha introducido exigencias técnicas sobre el tamaño de las mallas, lo que obliga a adaptar cada pieza a parámetros concretos.
En tanto, la reducción de la flota y la competencia exterior han cambiado el equilibrio del sector. Muchos armadores españoles operan en sociedades mixtas con empresas marroquíes. Las redes siguen siendo necesarias, pero el volumen de trabajo ya no es comparable al de décadas anteriores.
Sin relevo generacional: el gran desafío para los rederos en la actualidad
El problema más evidente es la falta de relevo. En algunos puertos apenas quedan una decena de rederos en activo, muchos de ellos cercanos a la jubilación. En localidades como Santa Pola o Dénia, el oficio se mantiene gracias a profesionales que superan ampliamente los 60 o 70 años.
Las jornadas suelen desarrollarse de ocho de la mañana a tres de la tarde, pero el esfuerzo físico es constante. Horas con la espalda inclinada o de pie, concentrando la vista en la malla, pasan factura con el tiempo. Las herramientas siguen siendo básicas y se detallan a continuación:
- Agujas de gran resistencia.
- Navaja para cortar el cordel.
- Pasador.
- Hilo y cordaje especializado.
Algunos ayuntamientos y administraciones autonómicas han impulsado cursos formativos para atraer a jóvenes desempleados. Sin embargo, la experiencia demuestra que no siempre se traduce en continuidad laboral. El aprendizaje requiere meses de práctica para adquirir destreza, y no todos están dispuestos a asumir ese proceso.

A pesar de la mecanización y de los cambios económicos, las redes continúan siendo esenciales para la pesca de arrastre. Cada embarcación necesita material en buen estado para evitar pérdidas y cumplir con la normativa. Mientras exista flota, habrá demanda de reparación y montaje.
El oficio de redero, que fue determinante durante la posguerra, permanece así como un vestigio de una economía basada en el esfuerzo manual y la transmisión familiar del conocimiento. Sin una apuesta clara por la formación y la continuidad, la desaparición de los talleres tradicionales parece cada vez más cercana.